Catequesis misionera en la fiesta de San Francisco Javier (guía)

Francisco Javier Fernández ChentoCatequesisLeave a Comment

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Autor: Felipe Manuel Nieto Fernández, C.M. · Fuente: MISEVI.
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san-francisco-javierAnotaciones previas:

Esta quiere ser una guía para trabajar la catequesis. Es compleja la diversidad de personas a las que puede llegar. Por mucho que la catequesis la simplifiquemos hemos tendido a hacerla destinataria de los jóvenes de 18 años. Esto no quita que nos preocupemos de adaptarla a otras edades.

Sugerimos la lectura previa de esta guía y la adaptación posterior de la “catequesis”. Con los más pequeños lo mismo solo alcanzamos a trabajar el testimonio o el compromiso de cómo amar a los misioneros. Con los más mayores quizás tengamos que trabajar el tema de fondo que viene en esta guía. Lo importante al final es cubrir los objetivos de este día y de la actividad.

Objetivos:

  • Profundizar en la vocación laical misionera
  • Conocer mejor Misevi y celebrar su día
  • Celebrar el patrón de la Misiones
  • Sensibilizar para que ayudemos a los misioneros laicos de Misevi

Introducción:

Antes de subir al cielo, Cristo nos encomendó una tarea, la misión: “id al mundo entero y proclamad el Evangelio”. Esta es la mayor expresión del seguimiento de Jesús, el continuar su obra, es decir, dar a conocer el amor del Padre, proclamar las bienaventuranzas, pasar por la vida haciendo el bien, hacer que llegue a nosotros el Reino de Dios.

Lo que realmente se nos pide es que seamos “otro Cristo” en nuestro pueblo. “Es Cristo quien vive en mí”, que vivamos para el Padre y para los demás, que vivamos en oración, que tengamos entrañas de misericordia, que escojamos el último lugar, que “perdamos la vida” amando a los demás.

Id donde se escuche un clamor, donde se sienta una soledad, donde se sufra una injusticia, donde haya un demonio que expulsar, donde haya un servicio que prestar o una cárcel que abrir o una paz que construir. Tened siempre los pies y el corazón disponible para acudir a la llamada del dolor y del amor.

La vivencia de los valores evangélicos es condición indispensable para dar razón de la propia fe. Nos encontramos en el momento de vivir los valores del Evangelio que supone asumirlos e interiorizarlos como punto de referencia para hacer posible la tarea de evangelización. La fe cristiana es una experiencia comunitaria; la fe en Cristo es inseparable del sentido de pertenencia a la Iglesia, signo visible de su obra Salvadora en y para el mundo.

La dimensión social de la persona y la sensibilidad que sienten los jóvenes hacia el grupo posibilita el desarrollo de esta dimensión de la fe, pero el sentido de la Iglesia no se improvisa y el sentido de pertenencia no se sintoniza al azar, si no que es fruto de un proceso evolutivo que ha ido integrando en la persona la necesidad del reino entre los hombres y que impulsa a un compromiso evangelizador que puede llevar hasta el testimonio de la entrega de la propia vida.

Tema de fondo sobre la Evangelización:

En esta parte vamos a profundizar en la misión de Jesús, él es el enviado del Padre, el encargado de llevar a su plenitud el proyecto de Dios. Se presentó como el “profeta evangelizador” del Reino con la tarea de reunir a todos los hijos de Dios dispersos (Jn 11, 52) y hacer una llamada universal para regresar al proyecto original de Dios sobre la creación estableciendo la alianza definitiva entre Dios y el ser humano. Su misión la continúan los Apóstoles y la Iglesia toma el relevo de ellos para hacernos a todos “cómplices” de la evangelización.

1. “Reunir a los hijos de Dios” (Jn 11, 52)

Jesús prácticamente comenzó su misión juntando en torno suyo a unos doce con los que vivió como en una familia desde un estilo poco habitual; se dedicó a enseñarles una manera distinta de vivir, alternativa a la forma con la que la gente  estaba acostumbrada a hacerlo: Se hacen amigos (Mt 23, 8); comparten lo poco que les dan; les propone ser iguales entre ellos, nunca uno más que otro (Mt 20, 26-27); les dice que el mayor tiene que ser el que sirva (Mt 20, 27); luchan por una meta: ser uno (Jn 17, 20-21); y la regla, la única regla, el amor (Jn 15, 12)

El gesto más significativo de este estilo de vida, que no escoge “cabecillas” que dirijan la muchedumbre que camina sin “pastor” (Jn 6), es el milagro de los panes, que bien se podía llamar el milagro de la desmasificación de la gente. Él no une a la gente para masificarla (cosificarla); la junta para después reunirla en pequeños grupos donde les propone compartir la poca comida que surge de uno que es capaz de dar lo que tiene para él (Jn 6).

Es que Jesús viene a reunir a “los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 52). No vino sólo a contarnos que había muchas cosas que cambiar en la relación que se tenía con Dios, sino que también da las pautas para cambiar la relación con los hombres, con todos los hombres que se vuelven hermanos en el momento que bajas la cabeza después de dirigirte al Padre.

Más aún, si te diriges al Padre te exige que te juntes con otro, y si té juntas con otros en nombre de Jesús, ahí está Él, y el Padre y el Espíritu haciendo comunidad (Mt 18, 20). No podemos ir por libre, si somos cristianos tenemos que formar la misma unidad que la parra; nosotros somos los sarmientos y Jesús la cepa (Jn 15, 1ss).

La verdad es que tampoco le costó mucho a Jesús inventar esa nueva forma de relacionarse. No le costó tanto si tenemos en cuenta la “mentalidad” de pueblo, en el buen sentido de la palabra, que tenía Israel.

Dios ya los tenía preparados desde que los elige como pueblo, desde que los llama a reunirse para sacarlos de la esclavitud de Egipto. Después de la liberación los va formando poco a poco en la “mentalidad” de pueblo: Les da una ley para que se ordenen, una tierra para que la habiten y trabajen, un rey para que los dirija y gobierne… Pero sobre todo les regaló dos cosas importantes, las que los consolidará como grupo: Una Alianza y una Promesa.

La Alianza es la garantía de que Dios siempre va a estar de parte del Pueblo, que no va a dejar que se disgreguen. Eso sí, deja libertad para que puedan obedecer los compromisos y la amen, una libertad con la que poder elegir otras cosas, pero eso sí, por él no va a dejar de ser.

La Promesa es el comienzo de la esperanza. Una esperanza que se va cumpliendo por etapas y que cada vez es más grande: Primero tierra y descendencia, luego libertad, un poco después una nación consolidada y más tarde, vistas las dificultades, los problemas, los olvidos, las rupturas, lo difícil que es formar un gran grupo que camina haciendo la voluntad de Dios, la última promesa, la del Hijo que vendrá a reunir a los dispersos y a enseñar como todos podemos formar una familia por encima de las razas, el sexo y las culturas que camina hacia Dios.

Por eso cuando Jesús dice que viene a reunir lo disperso le entendieron todos. Cuando llama a doce, representando a las tribus de Israel, comprendieron el gesto, aunque la lección la tuviesen mal aprendida y obligará a Jesús a devolverles la “mentalidad” de pueblo que quería Dios, su Padre, ya desde el principio de la creación.

2. Una llamada universal

Como ya dijimos, Jesús es el único que de forma total supo integrar la triple dimensión de la vocación de todo hombre, por eso él puede comenzar su predicación llamándonos a la conversión: “Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: “Convertios, porque el Reino de los Cielos ha llegado” (Mt 4, 17)… Su llamada es a una disposición elemental para poder entender el Reino como una forma nueva de transformación de la sociedad como tarea (vocación) de todo el que quiera seguirle… Pero, ¿tiene esta llamada el mismo sentido universal que la del principio del libro del Génesis? Vamos a tratar de demostrar que sí.

Hay que advertir que la clave está en la palabra conversión, que en nuestro lenguaje cotidiano tiene cierto sabor teológico, es decir, que significaría vuelta a Dios, un acto por el cual el hombre se vuelve hacia Dios e inicia una vida nueva. Pero en el original griego el verbo que se usa (metanoeo) no tiene esta significación pues viene a decir sencillamente cambiar de opinión y reflexionar, arrepentirse de lo que esta haciendo uno y tiene mucho que ver con el reconocimiento de algo pasado, pero hasta aquí no hay referencia a Dios.

Por tanto, traducir este verbo por convertirse es dar un paso que al menos no lo da el evangelista, porque si éste hubiese querido expresar el cambio provocado por Dios tenía otra palabra para ello, el verbo “epistrefein”.

Todo esto no es un juego de intelectuales sino un esfuerzo serio de entender mejor lo que quiso decir Jesús y en este sentido en castellano literalmente sería “Cambiad de actitud mental porque el Reino de los Cielos ha llegado”. Y precisamente en nuestra lengua tenemos una palabra que traduce este contenido: “enmendarse” que respeta la no referencia a Dios del “metanoeo” griego. En tal caso la predicación primera de Jesús tiene más fuerza, tiene más garra, pero sobre todo es más universal la llamada (invitación).

Convertirse tiene cierto aire teológico; uno se vuelve hacia Dios y, entonces, por respeto a Dios, se porta bien con los hombres. En cambio, enmendarse, no dice relación a Dios, sino que significa “cambiar de actitud mental”, es decir, que yo tengo una actitud y tomo otra distinta; de una actitud, por la cual me porto con el prójimo y con el mundo como me da la gana, paso a otra por la que me porto bien con ambos. Y esto es muchísimo más fuerte, pues sin necesidad de recurrir a Dios, el mismo hecho de que “todos somos personas” ya me obliga a comprender que no puedo comportarme mal con la tierra y con el hombre. Pues, según el evangelio de Mateo, este “enmendaos” es condición para el Reino de Dios; sin esto no hay posibilidad de que llegue el Reinado de Dios “que está cerca”. Más aún, a este cambio de actitud mental está llamado todo el mundo.

La llamada es al cambio para poder enterarse de que se inaugura el Reinado de Dios, que por cierto también fue mal interpretado por algunos. Para muchos de sus  oyentes, especialmente para algunos grupos sociales muy mesiánicos, tenía cierto sabor político y externo veterotestamentario. Pero no se trata de un cambio exterior como cuando se dice: “ahora viene el Mesías, cambia el régimen, quita a los dirigentes corrompidos y pone a otros que sean buenos, toma las riendas y dirige el cotarro”. Todas ellas son acciones exteriores al hombre, pero lo que pide Jesús, a lo que llama es a un cambio interior: es propósito de portarse con justicia, de no contribuir personalmente a la injusticia que existe en el mundo.

Inmediatamente después de este imperativo de Jesús, coloca Mateo la llamada a sus discípulos. Reúne un grupo en torno a él porque va a explicar que es lo originario y lo original: que el hombre tiene que transformar el mundo, vivir como hermanos (comunidad) y portarse como hijos de Dios. Será a partir del capítulo 5 donde siente las bases de la alternativa cristiana, el plan trazado para el hombre desde el principio por el mismo Dios, una sociedad montada en unos valores contraculturales que deberían devolver al ser humano su sentido último. Es todo el Sermón de la Montaña, y lo dijo para todos; al Reinado de Dios no están llamados unos pocos, sino que es vocación de todo el que escuche sus palabras y quiera seguirle.

3. La misión de la comunidad apostólica

Los discípulos descubrieron con la muerte y resurrección de Cristo que el Reino de Dios estaba vinculado estrechamente a Jesús, el Hijo de Dios, y al Espíritu Santo. De ahí les vino el coraje para anunciar el Evangelio con sentido de ultimidad, como última oportunidad, ante la inminencia del final escatológico, de abrazar el Evangelio. Pero el final no llegaba y con paciencia ante la dilatación de los últimos días, la Iglesia primitiva fue abriendo su acción misionera a todos los pueblos de la tierra.

Poco a poco fue perfilando su misión. Por una parte, entiende que están llamados a formar estilos de vida alternativos de acuerdo con el proyecto primigenio de Dios; esto lo reflejan en los sumarios de la comunidad (He 2, 43-47; 4, 32-35; 5, 12-16). Por otra, ven que deben atender a las comunidades que nacen y seguir suscitando otras nuevas por todos los confines de la tierra. De aquí nacen dos cuestiones muy importantes que vamos a detallar.

3.1. La novedad de los contenidos de la evangelización

Los contenidos de la evangelización, la Buena Nueva que transmitían estaba condensada en el Sermón del Monte (Mt 5ss y Lc 6ss) la carta magna, casi la constitución de la nueva sociedad que proponía Jesús. Vamos a reparar un momento en las actitudes de Jesús al pronunciar este discurso por su vital importancia:

  • Jesús sube al monte. Dios se pone en contacto con el hombre, con la historia humana y el símbolo que se escoge es “el monte” que es lo más alto que hay en la superficie de la Tierra. Dios no está en ninguna parte, pero decimos que está en lo alto.
  • Se sienta. Significa estabilidad, Jesús se queda sentado porque ese es el sitio para unir el papel de Moisés con el papel de Dios en su persona. Él es el hombre-Dios, el que va a pronunciar esta nueva Alianza y por eso va ser su Alianza.
  • Sus discípulos, los que han hecho una opción por él, se acercan. Todos los que opten por Jesús de aquí en adelante pueden hacerlo, se acabaron los intermediarios.
  • Se puso a enseñarles. Enseñar no es lo mismo que informar, hay una diferencia esencial. Informar es dar a conocer algo que uno no conocía y enseñar es hacer conocer algo que uno no conocía pero que, además, tiene que ser aplicado a la vida del discípulo. Se enseña una manera de vivir.
  • Algo ha cambiado en el estilo de la propuesta de las bienaventuranzas. No hay imperativos, ni recriminaciones negativas, ni siquiera un poquitín de imposición. Al proclamarlas parece más una invitación, como si Jesús preguntase mirad, ¿quién quiere entusiasmarse con esta idea? Porque estos tiene la promesa de la felicidad.
  • De las ocho bienaventuranzas, la primera y la última, que están en presente (ya, cumplido), son como el marco que acoge a las otras seis, donde el verbo está en futuro. Un esquema puede ser:
    • POBRES (1ª), opción personal que puede crear una comunidad que…
    • Suprima las situaciones negativas:
      • De los que sufren (2ª)
      • De los sometidos (3ª)
      • Resumidas estas situaciones en el hambre y sed de justicia (4ª)
    • Hacia dentro, la comunidad tendrá unas disposiciones primordiales.
      • Prestar ayuda (5ª)
      • Limpieza de corazón (6ª)
      • Que se resumen en el trabajo por la paz (7ª)
    • Las consecuencias son la persecución. Perseguidos por profesar una escala de valores distinta, por denunciar la injusticia.

Son casi las misma de Lucas, sólo que en lugar del trabajo por la paz de Mateo él coloca el sufrimiento, o sea, lo que se consigue sin el esfuerzo por la armonía entre todos.

3.2. La comunidad alternativa como sociedad de contrate

Este propuesta es un reto a la sociedad sobre todo cuando se abraza desde una opción personal. No es misión de la Iglesia implantar, a base de estar enfrentados con el mundo, un nuevo sistema social, pero sí lo es servir de contraste permanente para indicar que las cosas no van por el camino del poder, la dominación y la gloria a costa de muchos hombres y mujeres, hermanos nuestros, que sustentan la injusticia con su hambre.

Es chocante decir que la iglesia tiene que ser una sociedad de contraste, incluso puede provocar el rechazo. Para muchos no es un concepto bíblico, pero en su sentido semántico está en la Biblia de cabo a rabo. Decir que no está es grave, pero más fuerte es constatar que ya no tenemos ojos para ver que se nos ha escurrido de las manos.

Para recuperarlo y demostrar su presencia tendríamos que reeditar, releer y quemar todos los panfletos que se han escrito sobre Israel “Pueblo de Dios”. Como hemos visto, dos son los fundamentos que hacen de Israel un pueblo santo: el primero de ellos es el amor elector de Dios que lo convirtió, de entre las naciones, en pueblo de su propiedad. Pero la santidad de Israel depende también de si vive el orden social que Dios les ha regalado: “Guarda pues, los mandamientos, preceptos y normas que yo te mando poner en práctica” (Dt 7, 11) y que lo sitúa en fuerte contraste con el ordenamiento social de todos los pueblos restantes.

Que Dios eligió y santificó a su pueblo para convertirlo en una sociedad de contraste entre las naciones restantes es también el trasfondo evidente de toda la actuación de Jesús. Él comienza -y en su misión está-, a  reunir a Israel y apunta al verdadero y escatológico Israel, en el que se vive el orden social del Reino de Dios.

Debe quedar claro que Jesús nunca llamó a un cambio político o revolucionario de la sociedad judía, pero la conversión que exige como consecuencia de su mensaje del Reino de Dios, quiere poner en marcha en el Pueblo de Dios un movimiento frente al que las revoluciones de cualquier tipo son bagatelas. Por ejemplo, la renuncia a la violencia y a la dominación exigen una opción personal y un grupo que lo lleve a la práctica, y esto conduce inevitablemente al contraste si es que se llega a hacer.

Pero, ¿cuándo perdió la Iglesia esta idea y praxis de contraste? Desde que se abandonó la idea de “las iglesias misión” (aunque en algunos lugares se está reeditando este concepto), la resistencia y la negativa son practicadas, a lo sumo, de forma puntual. Más aún, los cristianos de Europa no son conscientes de que la Iglesia como totalidad tiene que representar otro tipo alternativo de sociedad.

El que quiera pruebas que repase el NT: Ef 5, 8; Tit 3, 3-6; 2 Cr  5, 17; Col 2, 8-14 (Estas listas no son de individuos concretos sino la realidad de dos formas sociales distintas). En todos los textos esta la carga del contraste bajo el esquema del antes y ahora que utilizó Jesús en el Sermón del monte.

En todo este asunto, lo malo es el reduccionismo, el dejar para la renovación interior o el equipamiento moral cristiano individual la riqueza del contraste: “Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestras mentes” (Rom 12, 2).

La renovación de la mente tiene que ver con el cambio escatológico que ha llevado a cabo una Nueva Creación en medio del mundo, allí donde se extiende la Iglesia como ámbito de la soberanía de Cristo, y no olvidemos que todos los bautizados estamos dentro de este reinado. Más aún, esta nueva creación afecta no sólo al Espíritu de la Iglesia, sino también a su cuerpo, a su figura, término que debemos traducir hoy necesariamente por sus “estructuras”.

Quizás sea más decisivo el hecho de que nuestra sociedad actual se aproxima cada vez más a su autodestrucción definitiva y, al parecer, carece de fuerza suficiente para poner en tela de juicio y abandonar la construcción de una sociedad que se basa principalmente en la dominación y en la desconfianza.

Esta situación paradójica debería coaccionar al fin a los cristianos a mostrar al mundo que, con Dios, es posible otra forma completamente distinta de sociedad. Las palabras no son capaces, sin embargo, de demostrar la plausibilidad de esa otra forma de sociedad; sólo la praxis puede lograrlo.

Sugerencias para interiorizar y dialogar estos contenidos: (Para grupos adultos o de profesores)

Han sido muchas ideas en poco tiempo. Hemos cubierto miles de años de historia y no podemos permitirnos el lujo de no recapitular, de buscar la síntesis de los fundamentos de la misión de la Iglesia. Sobre ellos se asienta la tarea evangelizadora de nuestros días y esto repercute directamente en la carismática misión dentro de la Iglesia a la que está llamada la Asociación. Por eso dialogamos abiertamente sobre:

  • Evangelizar es llevar la Buena Noticia a los Hombres.
  • Así lo hizo Jesús, que siguiendo los designios del Padre, trae la salvación a los hombres.
  • Pero no sólo al Pueblo escogido, sino a todo hombre va dirigido el imperativo “enmendaos”.
  • Enmendarse en una exigencia personal, una actitud de cambio interior para aceptar a Jesús y entrar en la transformación del mundo.
  • Esta transformación exige entrar en una dinámica nueva, en una forma distinta de organizarse, pues exige formar comunidad.
  • Esto lo inaugura Jesús cuando llama a que vivan con él a doce hombres y comienza con ellos su proyecto.
  • Este proyecto (el Reino) lo explica programáticamente en el Sermón de la Montaña.
  • La clave de éste es transformar el mundo, renovar la humanidad con una manera distinta de relacionarse y actuar.
  • Esto lleva a la creación de comunidades de contraste.
  • Las comunidades dan pie a la Iglesia y esta se organiza en una triple tarea:
    • ANUNCIO KERIGMÁTICO: (Acción misionera). Suscitar la conversión inicial, la adhesión global a Jesucristo y a su mensaje de salvación.
    • LABOR CATEQUÉTICA: Socializar (iniciar) la fe, capacitar básicamente a quien ha aceptado el evangelio para entender, celebrar y vivir la Buena Nueva del Reino.
    • ACCIÓN PASTORAL: La Iglesia realiza con los fieles de la comunidad una acción de crecimiento a través de la liturgia, el ministerio de la palabra y la acción caritativa y promocional.

Profundización desde el carisma:

La Iglesia es esencialmente misionera y todos los que pertenecemos a ella participamos de esa vocación evangelizadora. Pero la evangelización es una vocación que se concreta en el tiempo presente y se realiza desde la singularidad carismática de cada uno, es decir, nuestra Asociación participa de la misión evangelizadora de toda la iglesia pero desde su vocación de servicio a los más pobres. Ahora nos preguntamos: ¿Cómo cumplir en nuestra sociedad con la misión de extender el evangelio, la Buena Noticia del Reino de Dios? ¿Cuáles van a ser las mediaciones, los acentos, las estrategias, las tácticas…? ¿Cómo alcanzar al hombre y a la mujer de nuestro tiempo con el dardo de las Palabras llenas de vida? ¿Tiene la Iglesia capacidad para seguir llamando a la comunión, a la vuelta del mundo al proyecto originario de la creación de Dios Padre?

1. Una nueva situación

No lo podemos negar, estamos asistiendo al progresivo desmonte del “cristianismo” o, como prefieren otros contarlo, se respirar un ambiente postcristiano. Se llegó al techo, a identificar sociedad y cristianismo y a intentar conservar esa situación. Después de muchos avatares de la historia política y del pensamiento comenzamos a tocar fondo; surgen las mil formas de increencia.

En el fútbol dicen que la mejor defensa es un ataque y que se duerme o trata de conservar lo que tiene pierde. Algo así a pasado en el católico, que decidido a conservar se ha dejado ganar la partida por:

  • Cierta postura global sobre la existencia marcada por el factor de la increencia de mil raíces, rostros, motivaciones.
  • Excesiva exaltación de los ideales humanistas y valores fundamentales que han hecho posible no tener que hablar de Dios.
  • Tendencia al narcisismo que traduce la emancipación en perfiles marcadamente inmanentes e individualistas.
  • Cierta “fiebre religiosa” para llenar el vacío espiritual y el tedio de la vida de nuestra sociedad.
  • Florecimiento de sectas que se aprovechan de la desorientación de los “buscadores de sentido” y de seguridad.

La condición postcristiana  es el sujeto actual al que predicar el evangelio, ese primerísimo “Enmendaos para el Reino”, porque ya no se trata de “conservar” sino de reevangelizar, de volver al primer anuncio. Pastoralmente se crean serios problemas pues las situaciones de arranque de los destinatarios de la misión son plurales y diversas: unos bautizados en la infancia, pero que no han tenido posteriormente ningún contacto con la Iglesia; otros iniciados a la fe puntualmente para recibir algún sacramento; y, cada vez más, no bautizados que se acercan a la Iglesia atraídos por Jesús y su mensaje.

2. Un nuevo proyecto

Para esta nueva situación se necesitan proyectos nuevos. Así surgió la idea de la Nueva Evangelización, que surgió de una afortunada expresión de Juan Pablo II. En un discurso a la Asamblea General del CELAM reunida en Haití en 1983 el Papa dijo: “La conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro como obispos, junto con vuestros presbíteros y fieles; compromiso no de reevangelización pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión”

En el mismo discurso señala los puntos esenciales para caminar hacia este nuevo proyecto: “Mirada de fidelidad a vuestro pasado de fe. Mirada hacia los desafíos del presente y a los esfuerzos que se realizan. Mirada hacia el futuro para ver cómo consolidar la obra iniciada”.

No podemos detenernos en los documentos que dieron origen a esta idea y los que posteriormente la desarrollaron, pero si resaltaremos que Juan Pablo II supo recoger el relevo de Pablo II en el tema de la evangelización, pues unió la misión evangelizadora de la Iglesia con el horizonte de la civilización del amor, dándole operatividad con el “deber de la solidaridad”, es decir, adelantando que si somos solidarios podemos construir esa nueva realidad que anuncia el evangelio.

Prácticamente todos los documentos posteriores del magisterio de Juan Pablo II hacen referencia a esta Nueva Evangelización, pero donde lo hace con amplitud es en la exhortación apostólica Christifideles laici (nº 34) y en la Sollicitudo rei socialis.

Pero ¿qué es la Nueva Evangelización? Es un proyecto, es decir, la orientación de la misión y acción de la Iglesia en el mundo actual. Es el primer plan de pastoral de conjunto para todo la Iglesia. Y sus puntos esenciales son:

  • La Evangelización supone anunciar la persona de Jesús y su proyecto para llevar a los hombres a adherirse a él de corazón y seguirle (EN 23).
  • Esto obliga a la extensión geográfica, pero también a llevarlo a la cultura dominante y transformarla (CfL 34; EN 19-20).

Esto se concreta en tres objetivos fundamentales del proyecto de Nueva Evangelización:

  1. Anuncio del Evangelio y promoción de la fe en Cristo evangelizador. Frente al secularismo de nuestra cultura hay que presentar y vivir la fe como adhesión a Cristo y a su proyecto evangelizador, superando la tentación de una fe meramente racional o afectiva que no se traduce en un proyecto de vida evangélico.
  2. Promoción de una cultura de solidaridad, comprometida con el hombre. Frente a una cultura centrada en el acaparamiento del tener y del poder, trabajar para ir suscitando fraternidad y solidaridad al servicio del desarrollo integral del hombre.
  3. Construcción de un nuevo modelo de Iglesia evangelizadora y solidaria con comunidades cristianas renovadas en su interioridad, solidarias con las víctimas de la sociedad, fraternas y misioneras. Esto exige un proceso de evangelización interna, una tarea introvertida no ausente de problemas personales, pero donde la Asociación puede colaborar creando espacios de diálogo confiado y abierto hacia la búsqueda del consenso manteniendo la fidelidad a Cristo evangelizador.

Los tres objetivos son inseparables y se cualifican mutuamente, siendo precisamente esa interrelación la que garantiza esa nueva etapa evangelizadora de la Iglesia.

3. Ámbitos estratégicos

Esta nueva evangelización, como proyecto global, abarca toda la vida de la Iglesia y, de alguna manera, debe orientar todos los aspectos de la misión; pero hay algunos ámbitos estratégicos que tanto el Papa, como los episcopados de todos los países y muchos superiores mayores de congregaciones religiosas, como nuestro Padre General,  van señalando con insistencia.

La Iglesia entera, embarcada en este proyecto revolucionario y nuevo, se juega la credibilidad, el futuro y la verdad de la Nueva Evangelización, sino comienza, con urgencia, a “reparar” (con todo el doble sentido de la palabra: fijarse en lo que va mal y arreglar lo roto) en estos tres asuntos:

  • LOS POBRES, es decir, aquellas personas y grupos que son las víctimas de nuestra sociedad: los pobres económica, cultural y humanamente; aquellos a los que no se les respeta su dignidad humana ni su vida y aquellos a los que se les cierra el paso a la transcendencia.
  • LA CULTURA, es decir, la impregnación de evangelio de los ambientes y estructuras.
  • LOS JÓVENES, que son el futuro del mundo y de la misma cultura a la que estamos llamados a evangelizar.

Este proyecto está necesitado de personas que lo lleven adelante; sin hombres y mujeres entregados y dispuestos el proyecto se quedaría sólo en buenos deseos.

De aquí se deriva obligatoriamente otra exigencia, la urgente necesidad de promover personas en comunidad con una profunda interioridad apostólica y en constante actitud de formarse para sintonizar y responder adecuadamente a los interrogantes y retos de los tiempos.

Sugerencias para interiorizar y dialogar:

El proyecto de la Nueva Evangelización no está cerrado en su elaboración sino abierto aún a las más ricas aportaciones. Para todos los que formamos la Iglesia es un reto y, en concreto, para la Asociación toda una invitación a la participación activa y creativa. El carisma vicenciano, expresado de mil formas a través de las distintas ramas de la familia que formamos, está demostrando su capacidad de atención a los retos de la sociedad recreando siempre apuestas evangelizadoras tocadas por la creatividad, la imaginación y, sobre todo, el atrevimiento y la audacia.

La respuesta de la Asociación a la Nueva Evangelización tiene repercusiones tanto en su dimensión introvertida (hacia dentro) y como en la extrovertida (hacia fuera).  Para profundizar en este asunto sería conveniente leer la Conferencia sobre la dimensión misionera de JMV de España (“Abriendo la puerta del tercer milenio” p. 231 y ss). Allí se dan pistas para concretar todo lo que hemos tratado. Después de leerla ¿nos atrevemos a plantearnos los siguientes retos?:

  • ¿Vamos a ser capaces de recuperar el sentido más genuino de nuestra “misión” según la inspiración fundamental de nuestro carisma inculturándola en el mundo de hoy?
  • ¿Tendremos el coraje de optar por los pobres de una manera radical como lugar social preferente para vivir nuestra misión?
  • ¿Lograremos que la vida comunitaria laical ofrezca al mundo un modelo distinto de vida, fundado en los valores evangélicos?
  • ¿Alcanzaremos por fin, en los países más secularizados, un modelo de vida (Comunidad y apostolado) que responda a las urgencias pastorales reales de la Iglesia?

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