Castidad, pobreza y obediencia de la Hija de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Lloret, C.M., C.M. · Año publicación original: 1980 · Fuente: Ecos de la Compañía.
Tiempo de lectura estimado:
El carisma de los Fundadores consiste en la forma en que fueron invitados especialmente por Jesucristo a identificarse con El y proseguir su misión, o, más exactamente, a dejarle proseguir su propia misión de Verbo encarnado a través de ellos y de sus discípulos. S. Vicente, en su conferencia del 14 de febrero de 1659 —por lo tanto al final de su vida y, por ello, habiendo alcan­zado la plenitud de lo que podría llamarse «su espiritualidad»— dirige a los Misioneros esta expresión sorprendente a primera vista: «Por su misericordia estamos prestos y obligados a practicar las máximas de Nuestro Señor si no son contrarias al Instituto».De hecho, no se puede decir más claramente que no todos los bautizados viven estas máximas en el mismo grado ni de la misma manera. Y es tanto más claro cuanto que esta frase viene corno conclusión de una conferencia sobre el espíritu de nuestra vocación; es evidente que existe para nosotros una mane­ra específica de seguir a Jesucristo más de cerca y no seríamos fieles a lo que el Señor, la Iglesia y los pobres esperan de nosotras si no estuviésemos im­pregnadas de este modo de ver a Jesucristo para imitarle cada vez mejor, en nuestra vida.Nuestra unidad de vida se centra, como ya hemos dicho, en Jesucristo, Manantial y Modelo de toda Caridad, a quien hemos de contemplar y servir con un amor sencillo y humilde en la persona de los pobres. Y a partir de esto es como hay que comprender la castidad, la pobreza y la obediencia de la Hija de la Caridad. Estos «consejos evangélicos», como se les denomina tra­dicionalmente, han de vivirse en función de nuestra vocación propia. Lejos de minimizar sus exigencias al decir esto los situamos en su verdadero lugar y les damos su auténtica significación.

Corno en todos los demás Institutos expresan fundamentalmente un don total al nivel del poseer, del ser y del obrar. Pero este don total va a identificarnos cada vez mejor con Jesús como Evangelizador de los pobres y encontrarle mejor en los pobres en sencillez, humildad y caridad. Estos son los criterios básicos a los que hay que volver sin cesar para enjuiciar las exigencias propias de nuestra vocación y sus modalidades en la Compañía, según el espíritu de la misma. Tal es lo que dicen las Constituciones:

«Para seguir a Jesucristo más de cerca y prolongar su misión, las Hijas de la Caridad eligen vivir total y radicalmente los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia que les permite estar disponibles para el fin de la Compañía: el servicio de Cristo en los pobres».

El compromiso propiamente vicenciano implica esta vida de castidad, pobreza y obediencia y le confiere, a la vez, su matiz particular. Es esto tan cierto que S. Vicente precisa que se exige a las Hermanas desde su ingreso en la Compañía:

«Se podría pensar, dice, por ejemplo, hablando de la pobreza, que sólo las que han hecho los votos están obligadas a practicarla. Pero hay que saber, Hermanas, que estáis todas obligadas, las que han hecho los Votos y las que no los han hecho, porque las que vienen a la Compañía tienen, o deben tener, propósito de servir a Dios y, para esto, es preciso que todas las Hijas de la Caridad estén desprendidas de todo para asemejarse a su Esposo».

—Pero, Señor, no dudamos de que las que han hecho los Votos estén obli­gadas a guardar esta Regla, pero las demás, ¿están también obligadas a ello?

—Sí, Hermanas, ya que se les ha propuesto antes de recibirlas; lo habéis querido y habéis prometido hacerlo. (Conferencias, tomo X).

Esta identificación cada vez mayor con Jesús-Servidor y esta mejor aptitud para servirle en los pobres se recogen explícitamente en las Constituciones como criterios de la castidad, la pobreza y la obediencia de las Hijas de S. Vicente.

Las Hijas de la Caridad viven con gozo y reconocimiento la castidad que libera el corazón y lo ensancha a las dimensiones del Corazón de Cristo, Ma­nantial y Modelo de toda Caridad».

La pobreza del corazón, que es acogida hecha al Espíritu, abre al amor de todos e impulsa a las Hijas de la Caridad a poner al servicio de sus her­manos su persona, talentos, tiempo, trabajo, lo mismo que los bienes mate­riales que consideran como patrimonio de los pobres.»

«La autoridad y la obediencia las llevan a buscar y aceptar humilde y leal­mente la Voluntad de Dios que se manifiesta a la Compañía por el clamor de los pobres, las llamadas de la Iglesia, los signos de los tiempos.»

I.— Castidad de la Hija de la Caridad

Juan Pablo II les habla en idénticos términos:

«La castidad por Cristo y el Evangelio es el signo más profundo de la radical pertenencia a Jesucristo. Y, lejos de ser una alienación de la persona, es una asombrosa promoción de la capacidad y la necesidad de maternidad de toda mujer. Sois madres. Colaboráis a la protección, a la orientación, al desarrollo, a la curación y a la serenidad en el fin de tantas vidas humanas, tanto en el plano físico como en el moral y religioso.

Ved siempre vuestro celibato corno camino de vida para los demás, y re­velad este secreto a las jóvenes que vacilan en emprender el camino que vosotras habéis seguido».

1. La castidad, el signo más profundo de pertenencia a Jesucristo

Hemos dicho con frecuencia que la castidad, pobreza y obediencia no deben considerarse con un enfoque abstracto y moralizante, sino como otras tantas opciones e instrumentos concretos y vivos para identificamos o de­jarnos identificar al máximo con Jesús pobre, con Jesús casto, con Jesús obediente… y S. Vicente siempre vuelve hacia El las miradas en función de nuestra vocación.

Pues bien, la castidad es el signo más profundo de esta pertenencia a Jesucristo, es el centro del don total porque hablar de castidad en términos evangélicos y por lo tanto vicencianos es hablar de esa realidad central que es el Amor, el verdadero amor, un amor tal que sólo puede provenir de lo Alto. El amor, bajo sus diversas formas, ocupa el centro de la vida humana y le da su sentido, su dinamismo… Y aún más lo está en el centro de la vida bautismal, porque Cristo no ha venido a abolir sino a cumplir, el amor resume toda la ley y los profetas, nos dice Jesús. No hay amor, por grande que sea, que se pueda equiparar al Espíritu del Padre y del Hijo, el Amor infinito en persona, y todo amor se refiere a aquél, encontrando en El su fuente y su modelo: «Nosotros hemos creído en el Amor», nos dice S. Juan, y esta palabra define de alguna manera a los verdaderos discípulos de Jesús, a los verdaderos cristianos… Y el Señor nos invita a entregar a este Amor nuestras vidas según nuestro estilo, sirviéndole humilde y sencillamente en la persona de los pobres. Cómo no hemos de sentirnos, como vicencianos, interpelados de una manera especial, como nos dice Juan Pablo II, por ese amor que lleva a Jesús a vivir en medio de los pobres. Jesús nos invita a seguirle por este camino y habla —comprenda quien pueda—, de los que son voluntariamente eunucos por el Reino.

2. La castidad y nuestra plena realización

Es cierto que no hay vida bautismal en plenitud, ni mucho menos vida consagrada, sin renunciamiento, sin ascesis. Pero se trata, ahora y siempre, bajo pena de no comprender nada, de pasar de lo «moral» a lo «teológico». El papel de la ascesis es esencialmente reducir las resistencias de nuestro ser con miras a su unificación y a su vitalidad en Cristo. Es la parte de esfuerzo razonado y voluntario que aportamos al trabajo de Dios en nosotros. No se trata —como Juan Pablo II expresa de otra manera— de mutilarse sino al contrario, de desarrollarse al máximum para servir al Señor y a los pobres. La castidad de una Hija de la Caridad es una castidad de «sierva de los pobres», una castidad vivida en pleno mundo con todo lo que esto supone de convicción, de solidez humana y espiritual y, a la vez de disponibilidad total, sin buscarse nunca a sí mismo.

En otros términos, se trata de una soledad para una plenitud. Exige ser asumida como tal y lleva a una liberación tan total como sea posible para todo lo que el Señor quiera de nosotros. Es el signo de una vida que ha apos­tado totalmente sobre lo Absoluto. No se trata de amar menos sino de amar mejor:

«Pienso, decía la M. Guillemin en una hermosísima expresión, que se podría medir la densidad del amor de una persona consagrada por su capacidad de admiración para aquello a lo que ha renunciado.»

Y añadía:

«La castidad, vivida en la fe y la esperanza, nos libera por la caridad»; encontramos aquí de nuevo la vinculación de la castidad con la calidad y la profundidad de la vida teologal.

La sexualidad, en efecto, traduce el dinamismo total de todo el ser que tiende a realizarse y a darse. Por eso debe «sublimarse», en el mejor sentido de la palabra, yendo al encuentro de un amor que, como ya hemos dicho, no proviene de nosotros, sino que viene de lo Alto. ¿En qué se le reconoce?…

  • Es un amor sin reservas y por eso precisamente no puede vivirse más que en y por Cristo, que, en cierta manera, ama el mismo a través de nuestro corazón.
  • Es un amor sin límites ni fronteras: ninguna miseria es ajena a un corazón vicenciano.
  • Es un amor totalmente abierto, tanto para dar corno para recibir con la misma humildad y la misma sencillez.
  • Es un amor que no tiene otras miras que el Reino que debe advenir en nosotros y en nuestros hermanos.
  • Es un amor que exige la plena puesta en valor de todas nuestras posibilidades en el sentido de la parábola de los talentos… sin olvidarnos de ayudar a los demás a desarrollar las suyas al máximum.

Porque nuestra sexualidad, como la hemos definido, no está por ello me­nos «encarnada». Seguimos siendo, ¡gracias a Dios!, seres humanos que se relacionan con otros seres humanos con todo lo que la sublimación, de que hablábamos hace un instante, comporta a la vez de orientaciones y de exigen­cias propiamente espirituales, pero también de cordialidad y calor humano. Y aquí es, como destaca Juan Pablo II, donde se valorizan vuestras riquezas fe­meninas. Evidentemente, tal cosa no sucede sin problemas, pero vuestra sensi­bilidad y afectividad se convierten, bajo la influencia de Cristo, en un enorme potencial de apertura a los demás y, en especial, de atención a las llamadas de los pobres. El alma «maternal» que el Concilio pedía ya a todo apóstol, no tiene más que enraizarse en vuestro instinto maternal «sublimado». Vuestra delicadeza, vuestro sentido del detalle, vuestro don de intuición -naturales y sobrenaturalizados- constituyen inestimables tesoros para los que no pueden expresarse, y así os convertís en voz de los «sin voz» y los comprendéis sin que tengan necesidad de hablar.

3. Castidad y relaciones humanas

La castidad así comprendida y así vivida no puede menos de favorecer las relaciones humanas… En este punto también hay que evitar la tentación de zafarse ante un auténtico amor: hay «soledades» falsas porque en vez de conducir a una plenitud, son aislamientos que encubren la negativa a salir de sí mismo, abandonos de toda clase, miedo de encontrarse con los demás o, por el contrario, instinto de dominio. De ahí la necesidad de auténticos «encuentros» en el sentido profundo de la palabra. Por otra parte, ¿cómo dejarse influir por el prójimo, en la medida en que es necesario, sin olvido de sí, sin desinterés, sin humildad? Por el contrario, si trabajamos en ello, el encuentro nos llevará a un autoanálisis, adquiriremos nuevos puntos de vista a ejemplo de la samaritana a quien Jesús lleva poco a poco a ver las cosas de manera totalmente distinta.

Se ve así la vinculación que existe entre castidad y misión, entre castidad y servicio. Nos permite vivir la auténtica relación de que hablábamos hace un instante, pero, a su vez, el servicio a los pobres nos lleva a profundizar en nuestro celibato por el Reino, bajo pena de no hacer más que una obra pura­mente humana. Una vez más la negligencia en este punto será la señal de alarma, porque la misión es, y no puede dejar de serlo, un llamamiento constante a salir de nuestro egocentrismo personalmente y en conjunto, para centrarnos en Jesucristo y, en El, en el pobre, en los pobres.

La castidad desemboca así muy naturalmente en una vida fraterna en co­munidad, así como ésta permite vitalizar la castidad para encontrar mejor a Dios en nuestros hermanos. No olvidemos que el encuentro con los demás contribuye al desarrollo personal: soy por mediación del otro… Por otra parte hay signos que no engañan. Un clima acogedor y alegre es uno de ellos y constituye garantía de salud de una comunidad. Y éste también está muy ligado a la castidad. Juan Pablo II ve en ello una interpelación apremiante para las vocaciones. Y la Madre Guillemin escribía que

«La Hermana, vaciada así de ella misma, se llena de Dios y se entrega a los demás; sobreabunda de alegría; la presencia de Dios en ella se revela por esta alegría misteriosa; se convierte en testigo y signo de Dios.»

Repitamos que no se trata de matar el corazón; si se le mata, no se tendrá ya corazón para amar. Pero sólo los corazones pobres, los corazones vírgenes saben amar de verdad porque abordan sin dificultad a Dios y a los otros en Dios.

II.— Pobreza de la Hija de la Caridad

Partamos, una vez más, de las palabras de Juan Pablo II: «No sólo ha­béis de amar a los pobres sino que habéis de querer ser pobres vosotras mismas, de espíritu y efectivamente. S. Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac han dicho más de ello, con su servicio concreto de los pobres —de día y de noche— que con largos tratados sobre la pobreza».

1. Pobreza y servicio

Observarán que, una vez más, el Santo Padre pone inmediatamente la pobreza de las Hijas de la Caridad en relación con el servicio a Cristo en los pobres.

Es el mismo Jesús el que nos muestra el camino. Evangelizador de los pobres es, El mismo, el «Pobre» por excelencia; y tanto S. Vicente como Santa Luisa profesarán —y es bien comprensible— un culto particular a su estado de anonadamiento desde el Portal de Belén hasta el Calvario, pasando por toda una vida en que «no tuvo dónde reposar su cabeza». Pero, ahora tam­bién, pensemos que su estilo de vida traduce una pobreza interior que, en último término, coincide con su total adhesión a los designios del Padre sobre El y sobre la Humanidad. Y no se puede comprobar su amor de preferencia a los pobres y su actitud respecto a ellos sin percibir esta identificación pro­funda.

En seguimiento de Cristo, ¿cómo podríamos servir a los pobres si no somos pobres nosotras mismas?… Es una evidencia que vuelve una y otra vez a los labios de nuestros Fundadores como una verdadera obsesión. Y como nos lo recuerda Juan Pablo II se trata, en primer lugar, de esa pobreza interior que es a la vez humildad, desprendimiento, cordialidad, abandono, búsqueda de Dios y de su Reino con pureza de intención y por encima de todo, disponibili­dad, apertura, saber compartir y no abrumar nunca a los demás.

2. Pobreza efectiva

Entonces la pobreza efectiva cobra todo su significado, nos acomodamos a los pobres, nos hacemos semejantes a ellos y próximas a ellos en el estilo de vida. S. Vicente quería que las Hijas de la Caridad se ganasen la vida con su trabajo; que sus comunidades —y no sólo las personas— irradiasen senci­llez de vida, persuadidas de que sólo tienen derecho a usar lo necesario para vivir y vestirse y que el resto pertenece a los pobres y ha de considerarse como bien suyo. Esta renovación de los Votos debe servir de ocasión para un serio análisis a este respecto, como lo piden con instancia la Asamblea y la Superiora General. Hay que releer atentamente sus consignas y sobre todo servirse de ellas como criterios para revisar efectivamente nuestro comporta­miento interior y exterior:

  • ¿Podemos decir sinceramente que sentimos, que deseamos sentir la mor­dedura real de la pobreza en nuestra vida o nos contentaremos con hermosas consideraciones?
  • ¿Tenemos el valor de revisar nuestro estilo de vida, nuestro nivel de vida, comparándolo con el de la gente más modesta?
  • ¿Procuramos estar más próximas a los pobres, sin nada de rebusca­mientos, y tratamos de vivir de forma que nuestro mensaje resulte más inteligible, más perceptible?
  • ¿Respetamos escrupulosamente la justicia y la equidad ante y sobre todo cuando tenemos responsabilidades que nos lo exigen?
  • ¿Nuestras comunidades son lugares en que se comparte todo, en todos los terrenos y en todos los sentidos de la palabra, sin que la posesión de bienes personales se traduzca en abusos, faltas de delicadeza, hi­pocresía?

Es bien evidente, en electo, que la pobreza —como todo lo demás y, en cierto sentido más que lo demás, en razón del lugar que en nuestra vocación ocupa— ha de ser asumida personal y comunitariamente. Hay que luchar con­tra la rutina y el formalismo, revalorizar el compromiso verdadero, evitar el pensar y el actuar como propietarios. No actuemos como si no tuviésemos que rendir cuentas, no sólo a los responsables y a la comunidad sino a los mismos pobres (y, en definitiva, al Señor), que un día serán nuestros jueces, que lo son ya, interpelándonos con más fuerza aún en esta renovación que sigue a la Asamblea y en el contexto de un mundo tan probado.

III.— Obediencia de la Hija de la Caridad

«Y por último, oís a vuestros dos modelos de vida (S. Vicente y Santa Luisa), nos dice Juan Pablo II, acuciaron para que no dejéis que se desvanezca el espíritu de dependencia ahora que la tendencia actual es reservarse un coto personal donde no se depende de nadie para entregarse mejor a su imagina­ción y su fantasía.

La obediencia religiosa, ya lo sabéis, es quizá el más agudo de los tres clavos de oro con que los imitadores de Jesucristo se unen a El…

¿Es posible contemplar la cruz del Señor Jesús sin configurarse con su misterio de obediencia al Padre?…

Que los Superiores religiosos sean humanos y comprensivos, ¡es su deber! Pero que los súbditos sean por su parte cada vez más adultos y responsables respecto a profundizar y vivir el valor oblativo de la obediencia.»

Estas palabras muestran qué sensibilizado está el Santo Padre a los pro­blemas que, hoy más que nunca, plantea la obediencia, que, sin embargo, es la expresión del don total, deseo de que nuestro querer coincida tan perfec­tamente como sea posible con el querer divino en el marco de nuestra vocación. Además, pronuncia la palabra «misterio» refiriéndose a la obediencia del mis­mo Jesús: no puede, pues, vivirse más que en la fe y en un amor inspirado por la fe.

1. Unidos a la obediencia de Jesucristo

Precisamente comprendemos lo que es la obediencia en profundidad con­templando cómo Jesucristo «entra libremente» en su Pasión. ¿Qué valdría un acto de obediencia si no es expresión de la libertad?, no en el sentido de que se hace lo que se quiere, sino en el sentido de que se quiere lo que se hace, y que se quiere por amor. Por la misma razón, autoridad y obediencia, con espí­ritu evangélico, no forman más que una sola cosa porque no buscan, no deben buscar más que el servicio y el cumplimiento de la Voluntad divina, tal como podemos percibirla a través de los instrumentos con que se expresa normal­mente.

Todo en nosotros, corno en Jesucristo, debe provenir de las profundidades de nuestra relación con el Padre y de sus designios de amor. Y esto nos afecta tanto más directamente cuanto que Jesucristo fue enviado por el Padre a llevar la Buena Nueva a los pobres. El solo, pues, puede enseñarnos cuánto ama al Padre y hacer que nos volvamos como El hacia el Padre. Se puede decir que Jesús no vivió más que de esto: su Misterio Pascual —esa «hora» famosa a la que aspiraba— será el punto culminante de esta dependencia. Entrar verdaderamente en el corazón de Jesucristo es buscar todas las mani­festaciones de su actividad filial hacia nosotros e imitarlas.

El Espíritu cuya unción ha recibido le impulsa constantemente a la Misión que el Padre le ha confiado, y cuando las Hijas de S. Vicente dicen que las apremia, que las impulsa la Caridad de Jesucristo, entran a su vez en esta misma misión y en estas mismas disposiciones: el Espíritu las inviste como siervas en seguimiento de Jesús. Sabemos que uno de los temas preferidos de Santa Luisa era este impulso del Espíritu Santo. No cabe duda de que esto toma una resonancia particular en el marco de la obediencia: discernimiento personal y comunitario de las llamadas del Espíritu, flexibilidad y disponibi­lidad en las manos de Dios, correspondencia a la acción de ese mismo Espí­ritu divino en la vida y el corazón de los pobres, adhesión gozosa a la Voluntad de Dios.

2. Contemplando a los pobres

A través de la obediencia es la razón de ser de la Compañía la que está en juego. Se podría decir que esto es verdad tratándose de cualquiera de los elementos de nuestra vocación desde el instante en que son vistos y vividos en referencia al servicio al Señor en los pobres. Mas, por poco que se reflexione sobre ello, la obediencia aparece como un elemento primordial porque, en definitiva, como ya hemos dicho, traduce nuestro deseo sincero de responder a los llamamientos de Dios. Hemos de recibir y comprobar estos llamamien­tos de Jesucristo en los pobres a la luz de la fe y la obediencia, es el medio más seguro de hacerlo, cuando se comprende bien, es decir, cuando está ins­pirada en una disponibilidad profunda e incondicional, lo que no excluye, como lo da a entender Juan Pablo II, los acuerdos convenientes.

Hay en la obediencia, quiérase o no, un aspecto de «dependencia», reflejo de la dependencia tan total y sin embargo tan libre de Jesucristo con respecto al Padre. Una vez más, no olvidemos que nos unimos a El ahí, en la misión de Evangelizador de los pobres que él. Padre le confió y que debemos vivir esta dependencia como El y con El, con un amor sencillo y auténtico que es la característica esencial del servidor, de la sierva. Sin esto, ¿se podría hablar de «don total», de «don incondicional»… Hay que pensar bien tales términos la víspera de la Renovación y a la luz del espíritu evangélico.

3. Asumir la obediencia

Seguramente que a ustedes como a mí les habrá chocado el calificativo de «adulto» que ha empleado el Santo Padre a propósito de la obediencia. Lo propio de la persona es ser «responsable» en el sentido etimológico: capaz de dar una respuesta… Henos aquí de nuevo ante las convicciones profundas sin las que todo se hunde. La verdadera obediencia es propia de los «fuertes» y no de los débiles. Jesús mismo «se hizo obediente», término que expresa bien su determinación personal.

Los Superiores no deben ser tampoco «máquinas de dar permisos»; las Hermanas deben participar en la búsqueda de las decisiones y en el caminar hacia ellas. Pero no es menos cierto que el deseo de superar el formalismo va acompañado del riesgo de una sed de independencia en la que verdadera­mente no se ve qué puede quedar de una Hija de la Caridad auténtica, ya que de la Compañía recibe la misión que ha de cumplir.

La obediencia de la Hija de la Caridad forma un todo con su sentido de pertenencia a la Compañía que el Señor ha promovido y que la Iglesia ha aprobado para una misión bien determinada. Es muy normal que las Her­manas transmitan las llamadas de los pobres, así como los deseos que pueden experimentar al servirles.

Pero obedecer, para mí, es aceptar servir a los pobres en la Compañía; aún cuando una sugerencia haya partido de la base —como ahora se dice—, sólo adquiere valor de respuesta auténtica cuando se ha ido debidamente «enviado». No se eligen los pobres a los que se va a servir ni la forma de hacerlo. Ahora más que nunca se necesitan personas que posean una persona­lidad bien estructurada. Y tan necesario es reconfortarse, compartir en verda­deras comunidades para entrar en el proyecto comunitario, como lo es, en el mundo en que vivimos, poner sólidas convicciones que permitan «personalizar» la obediencia, en el mejor sentido de la palabra, y vivir su valor oblativo.

El aspecto de dependencia, de que hemos hablado, nos asimila a los pobres y, al mismo tiempo, deja ver que no somos incondicionales de ningún poder, venga de donde venga, si no es del único Absoluto que es para nosotros el Señor: este es nuestro testimonio esencial. Como recuerda Juan Pablo II debemos estar en el mundo sin dejarnos contaminar por el espíritu del mun­do: Si la sal se diluye se va haciendo insípida. Lo que irradia es la pureza del cristal.

No hay nada más que añadir: hagamos esto y viviremos… Sólo la vida atrae y provoca nueva vida.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *