Caridad y voluntariado

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Charles Gielen, C.M. · Año publicación original: 1976 · Fuente: IV Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca..
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Introducción

Hubo una época en la que las voluntarias de la ayuda social realizaban una función sin que se les discutiera. Por otra parte representaban el auténtico voluntariado.

A la hora actual este voluntariado de ayuda social está en entredicho, a veces incluso violentamente criticado, no solamen­te por algunos profesionales de la ayuda social sino incluso por aquéllos que desearían ver sustituida la ayuda a los menestero­sos por una reforma profunda de las estructuras sociales.

Por otra parte, estamos asistiendo a una renovación del vo­luntariado y a su expansión. A la hora actual se encuentran aso­ciaciones de voluntarias tomando iniciativas y entregándose a los aspectos más variados, tanto si se trata de distracciones, de la educación, de la cultura, del arte, de la defensa del medio ambiente, de los animales, qué sé yo…

En las publicaciones del voluntariado que se editan, están inventariadas decenas de asociaciones de voluntarios. Desde ha­ce mucho tiempo existen incluso voluntarios bomberos y re­cientemente los periódicos han hablado de una ciudad donde se ha constituido un grupo de policías voluntarios.

Si en el sector de la ayuda social las antiguas asociaciones están frecuentemente en crisis, constantemente están surgiendo otras nuevas. En efecto, el progreso técnico ha abierto un cam­po enorme a nuevas necesidades destruyendo valores esenciales. La sociedad industrial ha deshumanizado el trabajo: la urbani­zación y la relajación de los lazos familiares han fabricado mi­llones de solitarios y de deprimidos. Las leyes sociales de toda especie no han suprimido la necesidad de organizaciones de vo­luntarios. Incluso ha crecido esta necesidad paralelamente a estos regímenes de protección y de seguridad social desarrollados por el Estado.

En el fondo, el voluntario parece ser la expresión natural de la necesidad que los hombres experimentan de hacerse útiles los unos a los otros. Se encuentra en todas las formas de la sociedad. En un número reciente de la revista francesa «Estu­dios» (número de junio 1973, página 921), se puede leer que «en la sociedad soviética existe todo un sistema de servicio social. Son actividades muy diversas que se pueden ejercer en todos los campos: asistencia, cultura, educación, ideología. El servicio social, teóricamente, no es obligatorio y se realiza sin retribución. Pero sirve de criterio de lealtad política e ideoló­gica y, por otra parte, confiere toda clase de privilegios (entra­das al cine o al teatro, inaccesibles a la masa, bonos de estan­cia gratuita en casas de vacaciones o en campos de explorado­res) y es prácticamente indispensable para hacer carrera. El «servicio social» está en realidad planificado de A a Z y subor­dinado a las directrices venidas desde arriba».

En nuestros países de Occidente el voluntariado, sin duda, es realmente más voluntario puesto que es más libre. Sin em­bargo, también está condicionado por el ambiente y por la evo­lución. En nuestra sociedad está apareciendo un nuevo estilo de voluntariado.

Nuestras «Caridades» que figuran entre las asociaciones de voluntarias más antiguas y más venerables, no han perdido cier­tamente su razón de ser, pero tienen que reconsiderar sus prin­cipios y sus métodos teniendo en cuenta las realidades actuales. Es éste un trabajo de gran amplitud al que nuestras jornadas de reflexión deben contribuir. Para comenzar nuestros inter­cambios, yo quisiera acercarme sucesivamente al voluntariado a partir de cinco de sus características.

  • Una primera manera de definir un voluntario de ayuda so­cial es la de ver en él un miembro de una obra o de una aso­ciación.
  • Un segundo acceso al voluntario de ayuda social es el de­finirlo teniendo en cuenta su carácter gratuito.
  • Una tercera manera de definir este voluntariado de ayuda so­cial es la de ver en él a alguien que lleva a cabo, con carácter benévolo, tareas que son de ordinario complementarias de los servicios profesionales y técnicos.
  • Una cuarta manera de definir este voluntariado es consi­derarlo como un servicio que se presta a la comunidad.
  • Finalmente, para los cristianos, una quinta y última manera de definir el voluntariado es la de ver en él una exigencia y una expresión de la fe.

Este quíntuple análisis nos llevará sin duda a reconsiderar un cierto número de valores. Trataremos de hacerlo con un espíritu constructivo pero con clarividencia. La verdad os li­berará, nos dice el Evangelio.

A partir de la cualidad de miembro de una obra o una Asociación

Una primera manera de definir un voluntario de ayuda so­cial pudiera ser el ver en él un miembro de una obra o de una organización caritativa. Sin duda, la ayuda espontánea es an­terior a la ayuda organizada, y es ejercitada todavía a diario por millones de seres humanos. Pero la ayuda organizada, es —así mismo una realidad. Ya San Vicente, al fundar la Pri­mera «Caridad», hacía notar que «a veces los pobres han su­frido mucho, más bien por la falta de una organización al aliviarles que por la falta de personas caritativas, es decir, por falta de organización.

El anonimato y la complicación creciente de nuestra socie­dad urbanizada, hacen que la organización sea aún más indis­pensable.

Ser voluntario será, pues, esencialmente, ser miembro de una organización de voluntarios. En el terreno de la ayuda so­cial, el abanico de las obras es excesivamente diverso y exten­so. En primer lugar existen las organizaciones de tipo netamen­te caritativo, principalmente las Caridades y las Conferencias de San Vicente de Paúl. Vienen en seguida los organismos espe­cializados para una categoría particular de personas desgracia­das como los ciegos, los epilépticos, etc… Después las organiza­ciones en las que su finalidad no es de tipo propiamente caritativo, pero que sin embargo proponen a sus miembros asegurar­les un servicio de ayuda social, ya se trate de movimientos de Acción Católica, de la Legión de María, de agrupaciones de hogares, o de otros diferentes. Por último existen las organiza­ciones de tipo mutualista, a las que colaboran los asalariados y los voluntarios.

Frecuentemente se puede constatar una gran tendencia a discutir el voluntariado de las obras, sobre todo aquéllas de ca­rácter francamente caritativo, y a hacer responsables de las ta­reas de ayuda social a las comunidades de vida, tanto si se trata de parroquias, como de barrios o de comunidades de ba­se. Estas diferentes comunidades tienen aquí en común que pueden ser consideradas como Iglesias en pequeño, donde se proclama el Evangelio, donde se celebra la Eucaristía, donde la ayuda se vive en todos los aspectos. Cuanto mayor talla huma­na tengan y más naturales sean estas comunidades, la puesta en común se extiende más a diferentes aspectos de la existencia, la ayuda a los necesitados aparece no como un gesto más de condescendencia sino como la expresión de la simple fraterni­dad hacia las personas en dificultades por parte de una comu­nidad de la que ellos son miembros de pleno derecho y a par­tes iguales. Se dirá, sin duda, que ésta es una visión un poco idealista, lo cual es verdad. Pero no olvidemos que hay que aspirar a un ideal, por difícil de realizar que sea.

Además de un cierto paternalismo, se reprocha frecuen­temente a las obras el estar anquilosadas, de conceder demasia­da atención a sus problemas internos y de no atender suficien­temente a las necesidades del momento, de estar más preocu­padas por sus Estatutos que por las realidades y las necesi­dades de la comunidad humana, de tener espíritu de capilla y no de Iglesia, de ser más asociación que movimiento, de es­pantarse ante las reformas y las restructuraciones indispensa­bles de un mundo de transformación. Sin duda, todos estos mo­tivos no son los únicos para justificar el desafecto actual hacia las obras. Otro factor que depende de la evolución de los es­píritus es una cierta reticencia ante todo compromiso.

Esta reticencia no es, sin duda alguna, ajena al nacimiento de un nuevo tipo de voluntariado: los voluntarios ofrecen sus servicios a un centro de ayuda para cometidos bien precisos y en condiciones convenidas de común acuerdo, sin que ello sig­nifique su integración en cualquier obra o en cualquier co­munidad. En algunos países, los centros polivalentes de ayuda, llamando a los voluntarios a este modo, sin tratar en absoluto de agruparlos, conocen un éxito creciente. En los Países Bajos, se crearon en pocos años 135 centros de ayuda social.

Este voluntariado sin integración en ningún grupo está igual­mente en función del ambiente de nuestras grandes ciudades, donde los habitantes no se sienten apenas ligados a las estruc­turas locales ni a ninguna otra. Por otro lado, están sensibiliza­dos ante muchos problemas y necesidades por las grandes téc­nicas de los medios de difusión, prensa, radio y televisión que les movilizan para ciertas campañas o empresas.

Este inventario de las diversas formas de voluntariado está, sin duda, lejos de ser completo. No incluye las organizaciones que agrupan a personas que tienen dificultades, como las frater­nidades de enfermos y minusválidos, porque sus miembros no se consideran ciertamente como voluntarios de la ayuda social, incluso aunque ellos practiquen este último método muy eficaz.

¿Cuáles son las conclusiones, en verdad provisionales, de este inventario? Es que hay una sorprendente variedad de for­mas y sistemas de voluntariado de ayuda social, que responden tanto a los gustos y a las motivaciones de los miembros, como a las necesidades que se quiere remediar, y que la pertenencia a una obra es sólo una aproximación o una definición muy par­cial de este voluntariado.

Las obras pueden, no obstante, ser excelentes instrumentos para suscitar voluntarios, para formarlos, para reforzar su efi­cacia y asegurar su fidelidad. Incluso aunque debiéramos en­caminarnos hacia una disminución de la importancia de las obras en beneficio de las comunidades de vida, parece que en el cuadro de las comunidades, serán precisos equipos respon­sables para los principales sectores de necesidades. Parece que aquí hay una larga tarea a la que podrían adaptarse las anti­guas obras.

Pero un instrumento, si es consciente, es siempre humilde, sabiendo que su sola importancia es servir y que no tiene razón de ser en sí mismo. Así las organizaciones de voluntarios deben ser como las llaves inglesas, constantemente adaptables a la realidad, reglables a voluntad. Y como un instrumento vale cuanto vale el que lo utiliza, hace falta añadir que subrayar la importancia de las obras en relación con el voluntariado, es promover el problema de los responsables. Este es un capí­tulo que yo no puedo acometer. Yo quiero solamente afirmar que en la hora actual, la mejor responsable de una Caridad no es aquélla que consigue impulsar el llamamiento de una treintena de señoras que acepten prudentemente las tareas que ella les asigne. La mejor responsable es la que consigue agru­par las mujeres verdaderamente motivadas y comprometidas, haciendo frente a los verdaderos problemas del lugar. Y esto incluso aunque el grupo así formado sea mucho más restrin­gido, y tanto mejor si es socialmente menos homogéneo e in­cluso que no responda a todos los criterios clásicos. A condi­ción, por supuesto, que se entregue al servicio de los más ne­cesitados y de que irradie una luz sobre el conjunto de la co­munidad, partiendo de motivaciones evangélicas.

Preguntas

  1. El estilo de voluntariado que propone nuestra obra ¿es el de un voluntariado de pasatiempo, es decir, de diversión, o de un voluntariado comprometido? ¿Velamos constantemente pa­ra que la obra tome el ritmo que reclama la causa a la que pretende servir? ¿Nos ocurre que dejamos creer a nuestros miem­bros que son voluntarios de la ayuda social porque cotizan y asisten a nuestras reuniones con mayor o menor asiduidad, o les confrontamos constantemente con la realidad, dispuestos a prever diferentes niveles de comprometidos para no rechazar ninguna buena voluntad?
  2. A la vista del voluntariado no comprometido ¿decimos simplemente que no nos atañe, o estimamos que tenemos un papel de animadores, por ejemplo, por la creación de la incor­poración de voluntarios ocasionales en los centros de ayuda?
  3. ¿Cómo situamos o adaptamos nuestra forma de volun­tariado frente a la toma de conciencia de la importancia de las comunidades de vida? ¿Simple constatación del hecho de que nuestra actuación es, la mayor parte del tiempo, paralela a esas comunidades de vida, o esfuerzo de inserción y de participación en la vida de esas comunidades?
  4. La multiplicidad de formas del voluntariado de caridad plantea el problema de su coordinación indispensable. ¿Estamos preocupados por suscitar esta coordinación donde todavía no existe? Y donde ya existe ¿somos nosotros agentes de armonía? ¿Colaboramos activamente en una pastoral de conjunto en nues­tra diócesis o en nuestro país?
  5. Nuestros responsables y nosotros mismos ¿estamos tan al acecho de los problemas nuevos y antiguos y decididos a aportar soluciones antiguas y nuevas, como preocupados por ver nuestra obra reconocida como meritoria por parte de la autoridad?
  6. Tenemos conciencia de que el voluntariado, como tal, ¿debe organizarse de cara a la opinión y a los poderes públi­cos? ¿Tomamos una parte activa en esta toma de conciencia a nivel nacional y a nivel internacional?

A partir de su carácter gratuito

Una segunda aproximación al voluntario de ayuda social es definirlo partiendo de su carácter gratuito.

Este acceso no deja de ser importante a causa de la evolu­ción constante de las ideas en este campo. Desde un punto de vista, no demasiado antiguo, generosidad y gratuito se implica­ban, se sobreponían.

Ser voluntario quería decir, no solamente no aceptar ningu­na retribución por el trabajo efectuado, lo que frecuentemente significaba que se sostenía de su propio peculio la obra en la que se encuadraba. Se llegaba hasta pensar que las personas asalariadas eran incapaces de realizar ningún acto de auténtica caridad, a tal punto que las religiosas han rechazado durante mucho tiempo el ser indemnizadas por el trabajo que ellas prestasen. Igualmente se pensaba que no era deseable que las personas en beneficio de las cuales se emprendía una acción de ayuda social, participasen de alguna manera en los gastos ocasionados. Esto, se pensaba, hubiera estropeado en cierto mo­do el acto de caridad.

Estas ideas han sido en muchos aspectos desbordadas por la práctica. La asistencia financiera pasa progresivamente de la iniciativa privada al Estado, y el voluntariado de ayuda social se sitúa cada vez menos en el terreno de la asistencia financiera. Indudablemente hay todavía obras de ayuda social que no se desprenden de la costubre de practicar la limosna de manera sistemática. Pero continuando de ese modo tomado a su cargo lo que es obligación del Estado, ellas consagran sus energías a tareas que no solamente han dejado de ser indispensables, sino que frenan la evolución social y en opinión de los expertos, re­trasan las reformas necesarias.

En los países en los que el Estado no asume plenamente todavía estas responsabilidades, es preciso, sin embargo, tomar conciencia de que se va y se debe ir en esta dirección. Por el contrario, las obras que han comprendido que sus tareas se sitúan en lo sucesivo sobre el plan de una ayuda de servicio, ven ensancharse sus campos de acción. En efecto, incluso en los países considerados como desarrollados, un habitante sobre diez está reclamado para una ayuda social así concebida: «Lon­ches necesita diez millones de horas semanales de servicio vo­luntario».

A continuación, la costumbre de hacer contribuir financie­ramente a las personas en dificultad en las obras de las que ellas se benefician, viene a ser normal porque se estima que así se respeta más su dignidad que si se les conserva completamen­te dependientes.

Finalmente, desde el punto de vista actual, se puede seguir siendo voluntario aunque se esté indemnizado. Antiguamente los voluntarios ejercían su voluntariado casi exclusivamente además de, o al lado de, sus ocupaciones habituales, mientras que en nuestros días muchos voluntarios se comprometen «full-time» (todo el día) por un cierto lapso de tiempo. Para ellos la remuneración es una necesidad. Así, no solamente, los volun­tarios que parten para los países en vías de desarrollo cobran una asignación modesta, indispensable para poder comprome­terse, sino que los jóvenes que se enrolan en el cuadro de la C.V.S. inglés (Servicio Voluntario para la Comunidad) reciben alrededor de tres libras por semana como dinero de bolsillo además de pagarles sus gastos. Si esa tal remuneración adqui­riera el valor de los salarios normales o si ese trabajo no im­plicara un mayor compromiso que va más allá de las normas habituales, diferenciándolo así de una profesión o de un medio de trabajo ordinario, entonces no sería cuestión de voluntaria­do. Por la misma razón, nadie dudará en considerar voluntaria a la familia que acoge un niño subnormal o que carece de am­biente familiar, incluso aunque ella acepte el subsidio previsto a estos efectos por la organización que coloca al niño. Por otra parte, a veces hay en el cuadro de las Caridades ciertas volun­tarias que son indemnizadas de los gastos que les ocasionan ciertas prestaciones.

Ante la utilidad creciente del voluntariado de ayuda social, ciertos Estados reconocen, oficialmente el servicio realizado por los voluntarios, por ejemplo, en Bélgica; nombrándoles delega­dos de la Protección de la Juventud y habilitando los oportunos créditos para cubrir ciertos gastos.

¿Qué conclusiones se pueden deducir del conjunto de estos hechos?

Primero, que hay que diferenciar con precisión el donativo de dinero y el don de uno mismo; que dentro del concepto de gratuidad, el don de sí mismo es más importante que el hecho de no estar retribuido —el darse gratuitamente es una cuali­dad del alma que hace que no se trabaje para sí mismo— y que en modo alguno la no retribución pueda hacer del volun­tariado un privilegio de los ricos.

Sin embargo, el carácter integral de gratuito es un valor que hay que conservar por todas partes donde sea posible, lo que por otra parte es el caso del tiempo en la mayor parte de los casos. Este carácter gratuito puede incluso ser obligatorio para los que poseen fortuna. Se está moralmente obligado a hacer rentables los talentos que se han recibido. La gratuidad en el voluntario se manifiesta precisamente en el hecho de desempe­ñar su tarea de todo corazón y completamente en serio.

Preguntas

  1. ¿Es que en el cuadro de las «Caridades» tenemos tal idea de la prestación gratuita que encasilla al volunta­rio en una cierta clase social? ¿Tenemos conciencia de hasta qué punto pone esto en peligro de bloquear nues­tra evolución y de limitar nuestra extensión?
  2. ¿Nos atrevemos a invertir en servicios más que en li­mosnas?
  3. ¿Metemos a los beneficiarios de algunas de nuestras ini­ciativas en las reglas del juego haciéndoles cotizar, o nos repugna todavía cualquier participación financiera de su parte.
  4. ¿Hemos comprendido que el voluntariado tiene gran va­lor para la nación y que es normal el unirnos con otras formas de voluntariado para conseguir así del Estado que tome parte en los gastos de su funcionamiento?

A partir de una colaboración con los profesionales

Ante la tendencia actual a especializarse y ante el deseo de profesionalizar todas las tareas, otra manera de acercarse y de­finir el voluntariado es situándolo en relación con el trabajo profesional. Las comparaciones que de ello resultan no dejan de ser muy delicadas pero son instructivas. Por otra parte, una confrontación entre el voluntariado y el trabajador profesional es indispensable, y será desde una puesta a punto contradictoria pero franca y leal, de donde puede nacer una mejor definición de sus tareas respectivas y, como consecuencia, una colabora­ción más cómoda. Primeramente es preciso constatar que voluntarios y profesionales están llamados a colaborar por la mis­ma fuerza de las cosas en el terreno de la ayuda social. Indu­dablemente hay una porción de organismos donde tanto los que dirigen como los que ejecutan, son voluntarios, habiendo por otra parte organismos que sólo contratan a los profesionales. Pero al lado de estos organismos, bien sea completamente com­puestas de voluntarios o de profesionales, hay organismos mix­tos, bien sea dirigidos por voluntarios que emplean trabajado­res profesionales, bien sea a la inversa, organismos donde la dirección está en manos de profesionales y donde los ejecutan­tes son voluntarios, en todo o en parte. En el momento actual, se concibe difícilmente que una obra de ayuda social pueda to­mar una cierta importancia, sin contar con la colaboración y a veces con un cierto encuadramiento profesional. Por otra par­te, un cierto número de organismos profesionales con determi­nada envergadura llaman igualmente a la colaboración a los vo­luntarios, pero muchos permanecen todavía con reservas.

En su origen, la mayor parte de los organismos de ayuda so­cial son debidos a la iniciativas de voluntarios. Ha sido al des­arrollarse cuando han tenido, naturalmente, que llamar a los pro­fesionales. Las exigencias creciente de la sociedad actual y la ne­cesidad de poder contar con personas disponibles, hacen de for­ma que de un modo progresivo los profesionales hayan tomado el relevo.

La colaboración entre profesionales y voluntarios va a me­nudo de la mano de tensiones y de fricciones. Estas pueden variar según el estado de evolución de sus relaciones. Para em­pezar, es frecuente que los voluntarios no vean suficientemente justificado que haya que llamar a profesionales. ¿No bastan ellos mismos para realizar el trabajo? ¿No hacen bien su tarea? Más tarde, cuando se ha contratado a los profesionales, vienen los conflictos de competencia: los voluntarios no comprenden siem­pre el comportamiento de los profesionales que se acercan a los problemas de una manera más objetiva y que, por miedo de sustituir a las personas en dificultad, dan a veces la impresión de no tomar sus casos con suficientes manos y con suficiente corazón.

Por su parte, los profesionales sufren frecuentemente las dificultades de verse dirigidos por voluntarios y estos últimos no les dejan suficiente libertad de movimientos. Ocurre que pre­sienten su profesión amenazada por los voluntarios, que según su criterio, ocupan su lugar. Diferente por completo es la si­tuación cuando son profesionales los que dirigen el trabajo pues entonces los voluntarios sitúan sus propias tareas en la prolon­gación de las de los profesionales, o la consideran como una especie de antena respecto al trabajo de los profesionales.

Sin embargo; si recorremos ampliamente los campos de ac­ción de los unos y de los otros, están lejos de coincidir. Así, pues, sería completamente inexacto definir el voluntario como un simple colaborador del profesional y menos aún como un profesional de menor precio. El voluntario tiene su identidad que, en el mundo actual y en la mayor parte de las tareas de ayuda social, se comprende difícilmente sin este diálogo cons­tante con el profesional. Por otra parte, este último puede si­tuarse en el interior o en el exterior del organismo voluntario. En algunos casos este profesional será un funcionario del Es­tado, y esta colaboración podrá ser particularmente fructífera si se evita en todo momento el hacer aparecer el voluntariado como una rama de la Administración.

Una reflexión, que no carece de humor, de una jefe de en­fermeras inglesa, aclara bien el carácter a la vez complemen­tario y sin embargo, diferente del trabajo del profesional y del voluntario. El administrador del hospital le pregunta, no sin ironía: «Bien, ¿está usted de acuerdo en admitir estas jóvenes (voluntarias) en sus salas de enfermos? —Me parece, responde ella con una sonrisa, que el ruido de un plato que ellas dejaran caer, seguido de su explosión de risa, hará más bien a la ma­yor parte de nuestros pacientes que el ruido que hacen al pasar las ruedas cauchutadas de nuestros carritos. Me será muy grato tenerlas».

Los servicios prestados a título benévolo, tienen por consi­guiente un valor y un significado propios. Los servicios presta­dos por los benévolos —precisamente por su carácter volunta­rio— hacen resaltar lo que hay de original y de fundamental en la comunidad de amor que debe existir entre los hombres.

Esto no quiere decir que «profesional» quiera necesariamente decir «mercenario»; hay admirables funcionarios al servicio de los otros. Pero frecuentemente nada tiene tanto valor y no es a la postre tan útil como aquello que no ha nacido ni obligatorio ni indispensable. Por ejemplo, las flores. Cuando en alguna par­te, la colaboración entre profesionales y voluntarios se ha hecho habitual y los unos y los otros han aprendido a conocerse y a estimarse, el trabajo de ayuda social gana mucho con este doble atalaje. El profesional encuentra en el voluntario un elemento tonificante que le ayuda a vivir su profesión como compromiso constantemente renovado y no solamente como un trabajo uti­litario. Se beneficia del aflujo constante de una nueva sangre, de nuevas ideas, de iniciativas creadoras. Se encuentra sumer­gido en un clima de espontaneidad y de aportación gratuita. Por su parte el voluntario, al contacto del profesional, aprende a realizar su trabajo con una especie de conciencia profesional, con constancia y regularidad, a considerar los problemas con una mayor objetividad, a razonar no a partir de sus impresio­nes y de sus emociones, sino partiendo de las necesidades y de las posibilidades reales de las personas a las que se ayuda.

Es posible que todavía no hayamos comprendido suficien­temente que la colaboración entre profesionales y voluntarios se impone más y más en el terreno de la ayuda social, y que esta colaboración a la cual el voluntario de la ayuda social no puede evadirse impone un estilo que debe tomarse de ciertos hábitos del mundo profesional. Para empezar, habrá que orientar al in­teresado hacia una forma de voluntariado del que él sea real­mente capaz; una vez definido el trabajo del voluntario, deberá acomodarse a un estilo de objetividad, de discreción, de regu­laridad; deberá aceptar el formarse y a ver su trabajo supervi­sado por una persona competente; en caso de no conformidad flagrante a las normas requeridas, el voluntario debe encontrar­se normal el retirarse para evitar falsear las reglas del juego.

Un organismo social inglés que desde 1919 ha recurrido a los voluntarios, no cuenta entre estos últimos nada más que una pérdida del 15 por 100. Pero selecciona los candidatos vo­luntarios, los forma y los especializa y sobre todo, supervisa el trabajo de estos voluntarios.

Preguntas

  1. Si vivimos en un país en el que el servicio social está ya muy desarrollado ¿tomamos en serio y aceptamos las interpelaciones que nos vienen del mundo profesional, y cómo colaboramos con él?
  2. Si vivimos en un país en el que el servicio social apenas seduce ¿tomamos una actitud de colaboración, com­prendiendo que en esta situación son casi inevitables los choques y las torpezas y que es normal que una profe­sión nueva acabe afirmándose, aunque se oponga a las antiguas estructuras?
  3. Si vivimos en un país donde el servicio social es casi inexistente ¿estamos nosotros entre los que buscan or­ganizarlo y ponerlo en marcha?

A partir de la inserción en una comunidad

A la hora actual, muchos definirían de buena gana el vo­luntariado como un servicio que se presta a la comunidad. Se trata aquí de un nuevo sonido, de un nuevo matiz; el voluntario ya no es sólo el que busca en primer lugar una necesidad par­ticular, sino aquél que busca hacerse útil a la comunidad hu­mana. Esta preocupación se traduce indistintamente por un ser­vicio prestado a un individuo o por un servicio de orden co­lectivo y global. Pero incluso cuando el servicio se presta a un particular deberá conservarse un cierto punto de vista comu­nitario: al individuo no se le ve jamás como un ente bastán­dose enteramente a sí mismo, se le mira como miembro de una comunidad; se le considera plenamente él mismo integrado en una comunidad, aceptado por ella y recíprocamente mostrándo­se solidario, participando activamente y por completo en su vi­da. Más aún, no es extraño que esta óptica comunitaria desem­boque en iniciativas de una cierta amplitud, hasta incluso sobre una acción política.

Numerosos son los ejemplos de voluntariado donde el servi­cio es esencialmente de orden comunitario y político: por ejem­plo, los grupos que militan en la defensa de los diferentes am­bientes, los grupos que luchan para procurar un modo de vivir decoroso a las personas de débiles recursos o a los que se ven rechazados por ser extranjeros.

Los voluntarios del Community Service en Inglaterra tratan de interesar a los estudiantes de Farmacia en un programa de prevención contra los abusos de la droga y a los estudiantes de ingenieros, en uno de los problemas de la circulación.

El voluntario que trabaja en una clínica tiene como objeti­vo el de servir y establecer contacto con los enfermos a título in­dividual, pero su trabajo puede igualmente contribuir a crear un cierto ambiente en la institución hospitalaria donde trabaja y no le desagradaría que su alistamiento contribuyera a la lucha que muchos emprenden para hacer la medicina moderna me­nos impersonal y deshumanizada.

El voluntario que toma la iniciativa de fundar un club para personas de edad no busca simplemente el hacer salir de la soledad a un número más o menos importante de personas ya mayores; se esfuerza en asociarlas a su proyecto, hace a los interesados corresponsables; les hace tomar conciencia de sus deberes respecto de los otros jubilados y no únicamente de los jubilados, sino de la sociedad civil y de la comunidad cristiana. Como consecuencia, esto desemboca incluso en la creación de consejos consultivos de la tercera edad, consejos que pueden influir directamente la política comunal en lo que respecta a los problemas de la tercera edad.

En una conferencia posterior se os hablará de una acción específicamente política y liberadora que debe ser dirigida en beneficio de los más desposeídos, acción a la que no podemos quedar ajenos si verdaderamente nos amamos. Por de pronto, nos contentamos con subrayar que el voluntariado de ayuda social tiene tendencia, en el momento actual a tomar una di­mensión comunitaria.

Por el momento es preciso recalcar que los grandes pro­motores del voluntariado de la caridad no la han definido jamás como una atención exclusiva al individuo. Un San Vicente de Paúl tenía puntos de vista tan de largo alcance, acometía tareas de tal envergadura (por ejemplo, asistiendo a provincias enteras devastadas por la guerra) que sería absurdo atribuirle ideas tan estrechas. No podemos pretender que San Vicente hi­ciera declaraciones sobre la justicia social tal como hoy la con­cebimos nosotros. Pero aunque él vivía en el siglo xvII, escri­bía a uno de sus colaboradores que se diera cuenta de que «al socorrer a los pobres nosotros hacemos justicia y no misericor­dia». Es igualmente agudo leer ciertos textos de Ozanam. En 1836 ya planteaba el problema de la reforma de las estructuras: «los más cristianos, decía él, se equivocan si creen salir del pa­so con tener cuidado de los indigentes; como si no hubiera una clase inmensa, no indigente sino pobre, que no quiere limosnas, sino instituciones». (Ozanam: libro del Centenario Beauchane, pp. 370 a 371).

Para Ozanam, el acercarse a las miserias individuales era, para los jóvenes, un estimulante que debía decidirles a empren­der después una acción más estructural: «una vía preparatoria antes de hacer el bien público». (Ozanam, carta al señor Ernest Falconet, de 21 de julio de 1884. Ed. Lecoffre, tomo 1, p. 123):

Esta amplitud de miras y esta valentía de los fundadores de las obras de caridad han sido seguidas por una parte de sus seguidores. Muchas iniciativas tomadas en beneficio de particu­lares han dado seguidamente nacimiento a más vastos proyec­tos y a reformas institucionales. La caridad bien entendida jue­ga necesariamente un papel de pionera. El voluntario tiene un papel de exploración y debe lanzar las iniciativas.

Pero es preciso confesar que, en una vista de conjunto, las obras de caridad no han ajustado su conducta a la de los fun­dadores. Si, a la hora actual, hay en tantos medios y en tantos países prejuicios tenaces contra todo lo que sea de orden cari­tativo, si muchos piensan que la sola defensa válida de los más desposeídos hay que situarla en el plan político, es, entre otros puntos de vista, porque las obras de caridad, históricamente, han dado frecuentemente pruebas 41e su estrechez de miras. Muy a menudo han creído cumplir su deber ocupándose de al­gunos pobres, de «sus» pobres.

Antiguamente, sin duda, el sentido comunitario estaba me­nos desarrollado; había una concepción mezquina de la justicia reduciéndola a una de sus formas, la justicia conmutativa, la que define los deberes de los individuos de los unos en relación con los otros; no se conocía, o no se reconocía apenas los de­beres de la justicia social, la que nos une al conjunto de la co­munidad. Había una concepción estática de la sociedad y se imputaba con facilidad a la Providencia un orden, o más bien un desorden social. No se veía, o no se quería ver, que es a los hombres a los que corresponde humanizar este orden. La mis­ma caridad era presentada como una bondad de corazón y el acercarse al desgraciado se hacía bajo el signo de una benevo­lencia sentimental.

Es bueno volver a decir todo esto, no para criticar a nues­tros predecesores sino para tomar conciencia de que un volun­tario de ayuda social al que le falta la dimensión comunitaria, arriesga no sólo el resolver pocos problemas sociales y políticos, los voluntarios de ayuda social deben demostrar que, lejos de frenar la promoción social de los menesterosos, quieren colabo­rar en ella eficazmente. Cuando llegan a contactar, por ejemplo, con la realidad de los tugurios con alquileres escandalosamente altos, deben tener el valor de denunciar este escándalo, incluso aunque entre los propietarios de estos cuchitriles se encuentren algunas personas de sus relaciones, incluso miembros de una organización de ayuda social. Concretamente, ante los abusos de las ventas a crédito, no pueden contentarse con pagar algu­nas facturas, deben tomar contacto con los organismos públi­cos y privados que se ocupan del crédito, para que se tomen medidas que impidan la explotación de los indefensos. A partir del momento en que es posible detener al bandido, no basta ayudar a la víctima como hizo el buen samaritano. Y no se ar­gumente que es la policía la que debe detener al bandido, que es el Estado el que debe tomar todas las iniciativas necesarias. No, nosotros somos el Estado, y en el contexto social actual, los grupos de presión de toda clase, adquieren una fuerza cre­ciente. ¿Sería admisible que una Asociación como la nuestra, que quiere ayudar a los más desposeídos no considere el recu­rrir a lo que se ha convertido en medio normal para hacer valer un derecho? A nosotros nos corresponde demostrar que no hay solución de continuidad entre la acción caritativa y la ac­ción social y política. Y no olvidemos que ya Pío xii afirmaba que la política era la forma suprema de la caridad.

No obstante, nosotros estimamos que una interpretación de­masiado exclusivamente colectiva y comunitaria del problema de los más necesitados sería un empobrecimiento de la caridad. El desarrollo de las instituciones y la socialización progresiva de la sociedad hacen que la atención al individuo sea más ne­cesaria que nunca.

El hombre tiene tanta necesidad de amor como de justicia y ninguna ley ni ninguna institución pueden crear por ellas mis­mas el amor. El amor es algo esencialmente voluntario, libre y personal y es preciso ahora más que nunca voluntarios para practicar, cerca de los desposeídos de toda clase, una atención intensamente personal.

Entre tanto, esta atención tendrá una dimensión y unas con­sonancias comunitarias. No se inspirará en motivaciones mera­mente individualistas. El voluntario no actúa únicamente por­que tiene corazón, sino que, mienbro de la comunidad, se sien­te solidario de los otros miembros de esta comunidad. No pier­de de vista que, si puede ser normal y deseable el concentrar su acción sobre tal miembro o sobre tal familia de la comuni­dad, que necesita más particularmente su atención, la solución de su problema jamás se encuentra únicamente en su mutua relación. Nunca olvidará que si el amor fraterno es una especie de sacramento y que si descubre efectivamente a Cristo en su hermano desgraciado, Cristo no ha dado de ninguna manera a entender que bastaba encontrarlo en uno sólo o en algunos de sus pequeños o de sus menores y abandonar los otros a su suerte.

Preguntas

  1. ¿Cuáles son las motivaciones que proponemos ordina­riamente a nuestros miembros?
  2. ¿Acudimos a la comparación de las que se sitúan en la cumbre de la escala social, en favor de los desgracia­dos y de los desfavorecidos o apelamos al sentido de la responsabilidad de nuestros miembros, les hablamos del sentido cívico, del sentido social y de la caridad evangé­lica exigiendo una participación auténtica?
  3. ¿Llegamos a dirigir de frente, equilibrándolas, una pre­sencia a las personas en dificultad y una atención a los grupos y a las colectividades?
  4. ¿Qué relaciones mantenemos con los organismos que lu­chan contra las causas de las diferentes formas de su­frimiento y de miseria? ¿Nos asociamos a ellos para al­zar la voz y para hacer presión sobre los procedimien­tos oficiales? ¿Somos la voz de aquéllos que no tienen voz?

A partir de la Fe

Una última manera fundamental para los cristianos, de de­finir el voluntariado, es la de ver en él una exigencia y una ex­presión de la fe. Visto desde este ángulo, el voluntariado de ayuda social se profesa y se vive como un compromiso de or­den religioso, una manera de vivir el ideal de caridad cristiana. Y esto más particularmente en una de sus mayores exigencias: la atención a los desheredados.

Debemos reconocer que, en nuestro tiempo, el cristiano que quiera hacer profesión de este ideal de caridad se encuentra un poco incómodo y mal a gusto. Sólo la palabra «caridad», que es, sin embargo, la palabra precisa para designar el amor sin­cero y auténtico, animado por la fe, nos coloca a veces en si­tuación incómoda. En un cierto contexto guarda el tufillo de una devoción individualista, de una compasión blandengue, re­fugio de aquéllos que quieren hacer algo sin comprometerse y sin llegar al final de sus obligaciones de cristiano

En la relación de vuestro encuentro de Roma en 1971, leo en la página 21 unas líneas lúcidas que arrojan una clara luz sobre esta realidad. Se trata de «la dimensión religiosa de la que las motivaciones (la caridad), los medios (el interés perso­nal), el objetivo (la salvación eterna) parecían bastar para rea­lizar nuestro compromiso al servicio del pobre».

Esta dimensión religiosa, concebida de manera estrecha e incompleta, ha dado a la Caridad una estatura truncada. Para muchos, es preciso decirlo, no era el estimulante que empujaba a buscar los verdaderos remedios y las soluciones duraderas, sino el sedante que tranquilizaba la conciencia. Ante una tal «caridad» los jóvenes no pueden ver que la fe da una superio­ridad en amor y ellos se interrogan sobre la realidad y la efica­cia de esta caridad de la que los cristianos dicen tener el patri­monio. Obras que se llaman cristianas pero que ostentan un estilo de mediocridad, son para ellos un objeto de escándalo o de irrisión. Para ellos la fe no es primeramente las creencias y las prácticas religiosas, es fundamentalmente el amor vivido, es decir, la construcción de una ciudad más humana. No creen en un Dios paga-deudas ni en una caridad-aspirina.

Esta interpelación que nos llega de un mundo de jóvenes y de un mundo secularizado nos es saludable. Nos hace com­prender que la reforma de nuestros espíritus y de nuestros co­razones es más urgente que la de nuestros reglamentos.

Algunos, llegando muy lejos en su crítica, votan por la su­presión de las obras confesionales. Los cristianos, dicen, deben estar presentes en el mundo, y, mezclándose a los que no com­parten sus convicciones, encuadrarse en organismos neutros y pluralistas.

Desde luego parece que hay que evitar el presentar, de una partes las obras neutras y pluralistas, y de otra parte las obras de carácter confesional, como si se excluyeran las unas a las otras. Pueden coexistir y complementarse en la realidad de cris­tianos comprometidos en grupos pluralistas y de cristianos en­cuadrados en grupos confesionales, teniendo los unos y los otros una misión propia en estas dos situaciones diferentes. Y esto según las circunstancias, la mentalidad y la evolución de los espíritus.

Pero no se puede olvidar que el ejercicio de la caridad es misión esencial de la Iglesia, misión a la que no puede renun­ciar, no menos que a la predicación del Evangelio; además no se puede olvidar que en una civilización de masas, el testimo­nio individual no consigue llegar a imponerse, y que las perso­nas animadas de un mismo ideal tienen necesidad de unirse para poder ponerlo en marcha.

Las obras de ayuda social confesionales y cristianas tienen todavía razón de ser. Pero así como el hábito no hace al monje, la etiqueta no califica a una obra. Una obra haría mejor en no llevar el nombre de cristiana si no lo es en realidad. No basta asociar religión y ayuda, ni proclamar que la atención a los más necesitados es una función religiosa; no basta afirmar que la fe inspira un amor de caridad superior al amor simplemente hu­mano, ni invitar a la oración y a la práctica de los sacramen­tos con vistas a estimular esta caridad. Estas pretensiones y es­tas directrices permanecen inoperantes si no van al par con un esfuerzo humilde y leal de practicar una caridad integralmente evangélica.

Ahora bien, el evangelio es terriblemente exigente. En el pensamiento de Cristo la Caridad es ni más ni menos que una participación en la generosidad de Dios. Siendo auténtica, ella tomará la apariencia de la locura; en cuanto aparece condicio­nada, razonable, deja de ser ella misma. Por ejemplo, cesa de ser lo que Cisto quiere que sea, en cuanto renuncia a crear ver­daderas comunidades humanas y se rebaja a prestar algunos servicios.

Crear una comunidad quiere decir hacer causa común con los que se ama, tomar sus intereses con el mismo calor que si se tratara de nuestros propios intereses. Esto va muy lejos por­que si nosotros estuviéramos en dificultades, esperaríamos sin duda una ayuda pero igualmente una liberación. Crear una co­munidad quiere decir compartir, pero no se comparte sin acep­tar el empobrecerse. La caridad-servicio debe ceder el paso a la caridad-unión, y la ayuda social debe ser el aliciente de una cierta comunidad de vida. Esta es la gran lección del Evangelio y éste es un programa terriblemente difícil para los miembros de una obra que se llama obra de caridad. Así que no basta hacer algunos retoques a nuestros reglamentos. Así como la Iglesia no debe solamente cambiar su Derecho Canónico sino que necesita una renovación carismática, nosotros también te­nemos necesidad de una inspiración del Espíritu.

Una fe auténtica es el verdadero resorte de la caridad, los santos lo han demostrado suficientemente. No es la oración an­tes y después de las reuniones, ni la ceremonia religiosa acom­pañando la recepción de nuevos miembros, lo que garantiza la autenticidad cristiana de nuestras «Caridades». Es el esfuerzo leal, llevado a cabo en común, para conformar nuestro trabajo de caridad con las exigencias del Evangelio.

Preguntas

  1. ¿No nos ocurre que apagamos el Espíritu por miedo a tocar las estructuras?
  2. ¿Animamos a nuestros miembros a formar parte de or­ganismos oficiales de ayuda social? ¿Reconocemos como válidas las prestaciones efectuadas en tal organismo?
  3. ¿Qué hacemos para que nuestros responsables lleguen a ser capaces de participar en la animación espiritual de los grupos donde todavía hay un capellán, y para asu­mir enteramente esta animación espiritual allí donde no hay un sacerdote que asista a las reuniones?
  4. ¿Nos atrevemos a proponer las exigencias evangélicas en su integridad, incluso si esto llevara consigo el des­pido de algunos miembros?
  5. ¿Entienden nuestras «Caridades» que la caridad-unión es la base de la caridad-servicio?

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