Carácter secular de las Hijas de la Caridad: Segunda parte

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: María Ángeles González, H.C. · Año publicación original: 1992.
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2. Las Hijas De La Caridad, Seglares Consagradas Al Servicio De Los Pobres

San Vicente y Santa Luisa de Marillac1 son las dos vidas claves que hicieron posible el naci­miento de las Hijas de la Caridad. Este aconteci­miento, regalo del Espíritu a la Iglesia, nos pide situarnos en el contexto de ciertas organizaciones, llamadas «cofradías».

2.1.- Precedentes de la Compañía de las Hijas de la Caridad

2.1.1.- Origen de las Cofradías.

En los primeros siglos del cristianismo nos encontramos con ciertas asociaciones piadosas que presentan rasgos parecidos a nuestras «cofradías» modernas. Fue con San Bonifacio (673-754), cuando las cofradías toman su propia fisonomía de unión espiritual y caritativa. Este apóstol de Alemania, con el fin de asegurar a estos esfuerzos apostólicos un resultado más cierto y duradero, liga esta unión de las «hermandades» no sólo con los obispos del terri­torio a que pertenecen sino también con los monas­terios más próximos. Gracias a esta poderosa influencia de San Bonifacio, la idea de asociación espiritual se impone y propaga. Sobre el número y vida de las cofradías las pruebas que poseemos, hasta el siglo XII, son muy escasas: sin embargo, permiten afirmar la existencia de algunas cofradías en Francia. Alemania, Italia y Dinamarca. En Fran­cia nos encontramos con la cofradía «Día de la Asun­ción de la Virgen». Tiene sus reuniones en Notre Dame de Paris y es, se cree, del comienzo del siglo XI. La cofradía de Notre-Dame de Saint Frod, dada a conocer por una carta con fecha de 1171, es sin duda mucho más antigua.

Sólo cuando las cofradías logran independencia de los monasterios, aunque reconociendo que esto favorece su expansión y desarrollo, se forman las «cofradías» propiamente dichas. Las Beguinas reco­gen con exactitud este hecho en todas sus dimensio­nes. Es muy importante para ellas la vida religiosa. Dicha valoración no impide la opción por una vida semi-religiosa en medio del mundo2.

2.1.2.- Actividades de las cofradías.

La caridad y la piedad son dos notas principales donde se han desplegado toda la actividad de las cofradías.

a) La Caridad: las actividades eran guiadas a la práctica de toda buena obra y según las circunstan­cias al servicio de los pobres, enfermos, hospitaliza­dos, etc…, reservándose un amplio espacio de tiem­po para la oración. Hasta la obra realizada por San Vicente de Paúl, las cofradías son el medio por el cual la Iglesia fue cumpliendo su misión de caridad en el mundo. Ellas iban solucionando cualquier miseria suscitada en su entorno.

Las cofradías dedicadas a los enfermos fueron numerosas. Los Hermanos de la Orden del Espíritu Santo, fundados hacia mediados de siglo por un burgués de Montpellier, extienden a casi toda Euro­pa su actividad benéfica y suscitan un amplio movi­miento de caridad. A su vez dieron nacimiento, el 27 de Julio de 1204, a la archicofradía del Santo Espíri­tu, alcanzando pronto una gran expansión. Hay dos cofradías que se señalan mas particularmente por la permanencia junto al enfermo: la Compañía de la Misericordia, fundada en Florencia en 1244 y la aso­ciación de la Santa Cruz con hospitales en Italia y en Francia3. Para la ayuda a los moribundos fue un jesuita del colegio de Limoges quien funda la cofra­día de Notre-Dame de Agonisants. Es aprobada por el obispo Francois de Lafayette.

b) Ayuda a los pobres: muchas cofradías de Ita­lia prescriben a sus miembros la ayuda a cualquier persona que estuviera en necesidad: pobres deshon­rados, nobles caídos en pobreza. En esta línea res­ponde la cofradía fundada por San Bernardin de Fal­tre en Vicence. En Francia este cuidado a los pobres responde a la gran preocupación de las cofradías nacidas de la aprobación dada por el Concilio de Nantes4. Así, en Marsella, una cofradía fundada en 1212 invita a sus miembros a que entreguen cier­ta cantidad de sus bienes a los pobres.

He citado enfermos y pobres, no sería posible entrar aquí en detalle de todas las actividades realizadas por las cofradías, cuyos esfuerzos abarcan también la atención a los peregrinos, presos, difun­tos. etc. Ejemplo de estas últimas se conocen las Caridades Normandas, fundadas en el siglo XIII, para asegurar a los difuntos una conveniente sepultura.

2.1.3.- Vida de piedad, vida interior.

Las cofradías son asociaciones piadosas, «reli­giosas». En ellas, el cuidado de una vida cristiana más ferviente no está jamás ausente de la finalidad que persiguen. Se puede concluir que las cofradías son instuidoras de la gran espiritualidad popular durante siglos y, al mismo tiempo, su mejor medio de expansión. Ésta es la principal y esencial idea que las hizo nacer. Una vez constituidas se propagan a todas las gentes de la sociedad, abarcando cada aspecto, cada edad, cada tiempo, cada condición de la vida, etc. Asumiendo solas o casi solas, en nom­bre de la Iglesia, la organización de la caridad. Esta­ban por todas partes, allí donde el hombre gime, sufre o muere. Pertenecen a un grupo de personas que tienen en gran dignidad salvaguardar un ideal que garantice la vida moral. Sin interrupción, ellas recuerdan a sus miembros sus deberes religiosos, se adaptan a la vida popular en todas sus condiciones, introduciéndose en cualquier suerte de vivir, y logran una atmósfera religiosa de fe y de caridad. Educadoras del alma popular, las cofradías hicieron una labor muy importante en la propagación de las devociones. Proporcionaron al culto un gran esplen­dor y poesía. Se puede asegurar que las cofradías constituyeron la mejor forma de vida religiosa inser­tada en el apostolado laico. Es verosímil que ellas puedan tomar un papel de primer plano en la vida espiritual. Aún hoy, las cofradías existentes y flore­cientes no dejan de jugar un papel espiritual muy real, porque los valores espirituales no tienen nada perdido en su valía y fecundidad. En nuestro tiem­po, es preciso reconocer a las personas «religiosas» que, atraídas por otras formas de asociación u otras formas de apostolado. viven de este espíritu propa­gado en la Iglesia por las innumerables cofradías.

2.2.- Origen del voluntariado de la Caridad

Las Hijas de la Caridad, en su origen (siglo XVII), están estrechamente ligadas a las Damas de la Caridad, llamadas más sencillamente «Caridades». San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac son los animadores y coordinadores de las Cofradías de la Caridad5. Los reglamentos que establecen para las mismas tienen todo el sabor de alguien que no impone ni teoría, ni sistema, ni método rígido. Se asienta sobre la vida real, rezumando sentido común, adaptándose a las distintas circunstancia y necesidades. Esto exige de todos los miembros de la Asociación compromiso, fidelidad y preparación. Se llega a los detalles más mínimos para que los pobres sean atendidos con ternura, cordialidad y educa­ción. Sobre todo, los reglamentos son una elemental catequesis para que las asociaciones sean cada vez más cristianas y estén siempre en una constante y verdadera conversión a Cristo, en la persona de los abandonados.

2.2.1.- Comienzos de las Cofradías de la Caridad.

El domingo 26 de Agosto de 1617, en un pue­blecito francés, llamado Chátillon les Dombes, su párroco, Vicente de Paúl, es avisado, momentos antes de la Eucaristía, de la extrema necesidad en que se encuentra una familia de dicha parroquia. En la homilía, hace una llamada urgente a sus feligre­ses a quienes urge para socorrer dicha necesidad. Son muchas las personas impactadas por esta llamada y acuden con víveres y otros socorros para los enfermos. Resultó una gran ayuda, llevándose a cabo con tanta generosidad como improvisación. Ello hizo exclamar a San Vicente: «He aquí una gran caridad, pero está mal organizada… Si, es preciso ayudar pero también hay que organizar este ímpetu para que dure. Es necesario formar a estas mujeres hacia una caridad eficaz y primordial«.

2.2.2.- Miembros de la Cofradía de la Cari­dad. Su organización.

Las personas que componen el voluntariado son: mujeres laicas, mujeres viudas o casadas, muchachas jóvenes. Todas ellas continuaban suje­tas a sus obligaciones familiares. La dirección de las mismas es ejercida por el párroco, rector de la Cari­dad. Él vela por el bien y el avance de asociación y ejerce «la dirección con la superiora y dos asisten­tas, llamadas oficialas«. No se puso ninguna Caridad bajo la dirección de San Vicente. Sólo, por excep­ción, presidió la caridad del Hótel-Dieu. Su papel se limita a lanzar la Cofradía, a redactar su reglamento, a influir su espíritu de caridad y a visitarla periódica­mente. Con frecuencia delegará en Santa Luisa de Marillac o en un misionero (lazarista) las visitas. El objetivo es mantener siempre el celo de los miembros y corregir eventuales desviaciones. Siempre se hace ayudar en estos menesteres de organización por per­sonas responsables y amantes de los pobres.

Cierto vínculo jurídico une a sus miembros, adaptándose cada cofradía al reglamento redactado por San Vicente, quien lo expresaba en estos térmi­nos: «Como es de temer que empezada esta buena obra se extinga al poco tiempo si los miembros no tienen entre sí una unión o vínculo que les sostenga, estarán dispuestos a formar un conjunto que pueda erigirse en cofradía«.

2.2.3.- Autoridad de los ordinarios.

Una vez concedida la erección, en el régimen interno las cofradías quedan sujetas al control y a la visita canónica de los obispos. Este principio general tiene como fin reforzar la autoridad de los ordinarios frente a los institutos religiosos y poder de los laicos. La elección del rector y oficialas es tarea que compete a sus miembros, bajo la presencia del vica­rio general. El ordinario confirma después esta elec­ción y sólo si su conducta dejase que desear podrá deponerles. Reciben los estatutos tras previo examen del ordinario, único con capacidad suficiente para confirmarlos. Ahora bien, hasta que la Santa Sede no los sancione, podrán ser retocados por el ordina­rio. Respecto a los bienes, que son administrados libremente, el ordinario ejerce supervisión intervi­niendo en caso de despilfarro y, aunque los rectores de las cofradías pueden aceptar legados y limosnas, deben estar de acuerdo con el sentir del ordinario. Este velará por el cumplimiento de la voluntad de los donantes. Podrá visitar, incluso, aquellas cofradías dirigidas por los regulares en lo tocante a la admi­nistración y cumplimiento del compromiso, en parti­cular, cuando estos donativos atañen al culto públi­co. Sus reuniones son celebradas con libertad. El ordinario, no obstante, se reserva el derecho de asis­tir en persona o ser sustituido por un delegado siem­pre que no vote ni introduzca novedades. También las actividades externas estaban sometidas a dicho ordinario, aunque fuera una orden religiosa la que dirija esas cofradías. El papel de los ordinarios no es absorber las obras sino controlar su administración. La autonomía de que puede gozar una cofradía y la jurisdicción que sobre ella se ejerza depende necesa­riamente de la naturaleza de esa asociación, de lazo jurídico que une a sus miembros, el cual supone una autoridad suficientemente consolidada. Su extensión concierne, asimismo, a privilegios bastan­te minuciosos determinados en cada caso, cuales son: los privilegios exclusivos de erigir las categorías de cofradías bajo la vigilancia del ordinario, los privi­legios de orden jurídico, los privilegios de ciertas prácticas espirituales a las que el ordinario no puede poner veto ni dar voto deliberativo en las reuniones de los miembros, ni ejecutar acto alguno de jurisdicción en la iglesia o capilla propias, salvo el derecho a
inspeccionar el empleo de las limosnas y legados que se ofrecen al culto. Esta era la situación canónica reconocida.

Si se compara la legislación vigente para las cofradías a comienzos del siglo XII con el tipo de caridades puesto en marcha por San Vicente, se comprueba, pues, una diferencia de inspiración. Las caridades vicencianas se conciben asentadas sobre la base parroquial y están sujetas a la jurisdicción del ordinario y del párroco. Se distinguen de las cofradías tradicionales por una señalada y primor­dial orientación hacia las obras de caridad, alejándo­se del tipo clásico de cofradía piadosa adherida a un altar o una capilla, provista de indulgencias, con prácticas espirituales y hasta indumentaria propia, privilegios de orden de procedencia, del que fluyen frecuentes litigios ante las congregaciones romanas.

2.2.4.- Expansión y crecimiento.

El ejemplo de aquella primera caridad (1617) arrastra pronto al establecimiento de asociaciones parecidas en las tierras que dependen de la casa de los Gondi: Villepreux, Joigny y Montmirail. En 1618 Folleville, Paillart, Serévillers. París tendrá su prime­ra cofradía de Caridad, establecida en su parroquia de Saint Sauveur, en 1630. Al año siguiente, Santa Luisa de Marillac funda y organiza en Saint-Nicolás de Chardonet, con la aprobación del cura y la cola­boración de algunas Damas, la segunda cofradía de París. Muy pronto «casi todas las parroquias de la ciudad y de los arrabales tendrán la suya«. El ritmo trepidante y creciente que alcanzan en su mul­tiplicación y desarrollo, no responde a una moda más o menos atrayente sino que es fruto de un con­vencimiento nacido de que ninguna miseria puede ser ajena al cristianismo. Esta institución vicencia­na, desde este sentido evangélico, desbordó muy pronto las fronteras francesas. En 1651 se establece en Polonia, después en Italia, en España se fundó mucho más tarde (1915).

El 17 de Abril de 1626 se firmó el contrato de fundación de la Congregación de la Misión, y el 24 de Abril de 1626 es aprobada por el arzobispo de Paris, Juan Francisco de Gondi. Este contrato concedía a San Vicente y a sus sacerdotes poder erigir en todas sus diócesis las Cofradías de la Caridad. La aprobación de las Cofradías hecha por el arzobispo de París fue confirmada por el papa Urbano VIII tras reiteradas gestiones efectuadas a la curia pontificia.

Se emplazó, así, un voluntariado social organi­zado que ha continuado su camino hasta nuestros días. Es verdaderamente extraordinario que una organización fundada en el año 1617 aumente aún en nuestro tiempo. Hoy día cuenta con más de 200.000 miembros, mujeres cristianas esparcidas por 40 países, intentando vivir el «proyecto» que San Vicente confiara a las mujeres de L’unilion.

«Procuren, con licencia del ordinario, fundar donde quiera que ejerzan el ministerio catequístico, las denominadas Cofradías de la Caridad para asistir a los enfermos, pobres…«. La iglesia parroquial reci­birá con ello «la ayuda del elemento femenino laico«. San Vicente se dio cuenta de que una fuerza eficaz, para remedio de las miserias, estaba sin explotar. El mundo buscaba una asistencia. San Vicente le dio este apoyo por medio de la mujer. Este voluntariado debería estar siempre en constan­te evolución conservando su autonomía y flexibili­dad. Ello les permitirá continuar siendo lo que debe ser: un elemento motor que dinamite la sociedad desde la tuerza de la fe en Cristo.

2.2.5.- Fin que persiguen.

San Vicente de Paúl fundó una organización de voluntariado comprometido y totalmente gratuito. Su única intención era ayudar, servir a los pobres, luchar por mejorar sus inadmisibles condiciones de vida y dar testimonio entre ellos del amor de Dios. Partiendo de las necesidades del pueblo, intentaban responder mediante acciones y servicios eficaces al problema de los niños abandonados, enfermos desahuciados, forzados en galeras, refugiados, etc… Fue posible superar algunas formas de pobreza y denun­ciar miserias e injusticias a los poderes públicos, gracias a la presencia de San Vicente en el Consejo de Conciencia de la Reina regente.

Las caridades de San Vicente de Paúl se presen­taban a sí mismas realizando una acción social con un sentido de caridad, entendida como promoción. Pretenden impulsar a los pobres hacia su propia liberación y, a sus miembros, a participar en la lucha contra toda clase de pobrezas. Buscan que los pobres participen en su promoción e interpelan a la sociedad para que tome una postura activa ante estos problemas que atañen a los más desfavoreci­dos.

Podemos quedarnos en la imagen siniestra y folklórica de la señora de alta alcurnia, que distrae su ocio haciendo deporte caritativo. «La Dama de la Caridad», cliché falseado por falta de información y por prejuicios mal intencionados, un espejo distor­sionado por los tópicos de siempre. La realidad es muy otra. Se trata de un inmenso grupo de cristia­nas que, fieles a la intuición de San Vicente, conti­núan, también hoy, inmersas en un compromiso de justicia y en una acción sobre aquellos mecanismos estructurales generadores de marginación y explota­ción. Sabernos muy bien que todavía hoy existen, en nuestros países y por todo el mundo, multitud de angustias, de miserias, de pobreza, de opresión, de desventajas respecto a los recursos, trabajo, educa­ción, cultura, salud y participación en la vida social y política. Este grupo de seglares voluntarios que sienten fuertemente la llamada evangélica, deben reinventar el papel humanizador en esta sociedad cada vez más tecnológica, organizada, administrati­va, y anónima, haciendo que el Reino de Dios tenga su fuerza en el mundo.

Para San Vicente de Paúl «el amor es inventivo hasta el infinito«. Constató las necesidades de los pobres y forjó numerosas variantes de una verdade­ra acción social. Así, las Cofradías de la Caridad constituyeron una transición entre las Cofradías Clásicas y las Hijas de la Caridad, cuyo carisma especificaba mejor la plena dedicación de por vida al servicio de los desheredados. Los pobres necesitaban mayor estabilidad en el compromiso. No era suficien­te un servicio ocasional, temporal o esporádico. Se requiere una vocación más firme, persistente e inacabable, que proporcione «un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transfor­mado, ni ofrecido a Dios, sin el espíritu de las Biena­venturanzas.»

2.3.- Las Hijas de la Caridad en sus comienzos

Para 1631 los párrocos, en colaboración con las Damas, habían establecido Cofradías de la Caridad en casi todas las parroquias de París y sus alrededo­res. Sin embargo, una modificación secundaria apa­rentemente, muy considerable en realidad, iba a lle­gar a París como forma de acción de caridad. Si las primeras asociaciones en los pueblos eran mujeres acostumbradas al trabajo desde la niñez, en París se iban introduciendo las Damas «de una burguesía parlamentaria, de virtudes sólidas y cuya fe sabía actuar«.

Pero, el ir asumiendo las caridades mujeres de procedencia burguesa y noble, por su condición social y dado que en sus familias tenían personal a su servicio, les resultaba muy difícil realizar tareas humildes y a veces repugnantes impuestas por el cuidado de los pobres. No estaban dispuestas estas personas, por su condición y estado, a cumplir personalmente los servicios que necesitaban los pobres. Se sentían reclamadas por sus hogares y por prejui­cios sociales. Por ello, este sagrado servicio corrió el riesgo de ser deteriorado. Sólo una opción libre de estas obligaciones, dispuesta a dar lo mejor de sus vidas en cada momento y a perpetuidad, podía llevar adelante esta tarea de honrar a Jesucristo en la per­sona de los pobres. A esto se sumaba la tendencia de las cofradías de Caridad a formar grupitos inde­pendientes, preocupados por distinguirse, ser impor­tantes, lejos de la intención de San Vicente y de la solidaridad con el resto de la cofradías que poseían menos medios para desempeñar el compromiso de servicio. San Vicente iba viendo necesario que jóvenes y mujeres del pueblo, atraídas por el servicio a los pobres, estuvieran listas para cumplir las tareas más humildes: preparar la comida del pobre, llevár­sela, tener los cuidados que exigen los enfermos, cuidar de la limpieza de sus buhardillas… El mismo relatará de qué forma las primeras buenas campesi­nas respondieron de forma directa y adecuada a un verdadero servicio a los necesitados: «Algunas Damas de París -escribe- han conseguido a través de los señores curas el establecimiento de dicha Cofra­día de la Caridad en las parroquias… pero ya que las Damas que componen las cofradías son en su mayo­ría de una condición tal que no les permite realizar las más bajas y humildes funciones que conviene hacer, como llevar el puchero por la ciudad, hacer las sangrías, poner lavativas, hacer las camas, curar las llagas, velar a los enfermos que están solos y a punto de morir, tomarán para estos menesteres algunas campesinas bondadosas a quien Dios habrá concedido el deseo de asistir a los pobres enfermos, las cuales se dedican a todos estos pequeños servicios, tras haber sido preparadas para ello por una virtuosa viuda que se llama Luisa de Marillac, y han sido mantenidas, mientras se han hospedado en casa de dicha señora, por la asistencia de algunas virtuosas viudas y de otras personas caritativas, que han contribuido con sus limosnas de manera que desde hace trece o catorce años subsiste esta obra«.

2.3.1- Primeras Hijas de la Caridad.

La Compañía de las Hijas de la Caridad nació oficialmente en 1633, aunque se reconoció desde 1630 en la persona de una pobre aldeana de Sures­nes (Francia) a la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos. El fundador había llegado a una conclusión: Sólo con los pobres podrán salvarse los pobres. Unas muchachas campesinas se dedicaban al servicio de los enfermos como auxilia­res de las Damas de la Caridad. San Vicente distin­gue en ellas a las sirvientas que los pobres necesi­tan. Tal es el caso de Margarita Naseau a quien el mismo santo considera la primera Hija de la Cari­dad: «Es la primera Hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás… Dios la quería de esta manera, para que fuese ella la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres, enfermos de la Cari­dad de París… Todo el mundo la quería porque no había nada que no fuese digno de amar en ella…«. Ocurrió en el curso de una misión dada por Vicente de Paúl: el santo sacerdote habló de un pro­yecto en el que pensaba, y cuya finalidad era propor­cionar a los enfermos los cuidados que necesitaban. Margarita Naseau, que había aprendido a leer y a escribir sola en medio de su trabajo de cuidar vacas, supo trasmitir estos conocimientos a otras chicas de los pueblos vecinos. Impulsada por el proyecto oído a San Vicente llega a París en el mes de Febrero de 1630 con su vocación de servicio, y se presenta per­sonalmente al mismo San Vicente para que la pusie­ra al servicio de los pobres enfermos.

Su vida de Caridad la rubricó con su sangre: muere víctima de su entrega junto a una apestada a la que había cuidado.

Margarita Naseau no hizo reglamentos. Sigue a San Vicente, podemos decir de ella que fue un regla­mento vivo, el prototipo de lo que debe ser una sier­va de los pobres. «Mostró el camino a los demás. Fue la primera Hija de la Caridad que entró en funciona­miento al servicio de los pobres«. San Vicente habla de Margarita con visible admiración. Lo que de ella nos dice hace vislumbrar la calidad extraordi­naria de su personalidad humana y sobrenatural. Autodidacta, con decidida vocación de servicio, sabe renunciar a «su» proyecto personal para entregarse a un proyecto de servicio, ajeno al aplauso, egoísmo, no bien visto y hasta despreciado, sólo visible a los de corazón limpio y sencillo. No buscó la gloria y dig­nidad personal, sino que hizo aflorar la de aquellos desheredados por una sociedad preocupada por sí misma, su lujo, su confort, olvidadiza e indiferente ante el sufrimiento que ella misma ha creado.

2.3.2.- Primeras comunidades de Hijas de la Caridad.

Otras jóvenes también habían oído hablar de la necesidad de «servir» a los pobres enfermos de Parísy de la disposición de hacerlo gratuitamente. Esto hizo que se presentaran a Santa Luisa de Marillac en el transcurso de las visitas realizadas a las Cofra­días, algunas «buenas chicas» que se alojaban, bien en las casas de las Damas de la Caridad, o bien en los conventos. No todas lograban superar las dificul­tades, y, desanimadas por la dureza del servicio, abandonaban este estilo de vida.

Una necesidad de organización menos fragmen­taria se hizo sentir. No existía cofradía general algu­na, que agrupase a todas las caridades bajo una autoridad única. La división de las diócesis y de las parroquias, en las que estaban enclavadas, provocaba dicha situación. Para ello, las necesidades de la cari­dad requerían una constitución más orgánica, centra­lizada y jerárquica, que rebasase el nivel parroquial e incluso diocesano, que conservase a su vez la unidad constitutiva, espiritual y metodología. La unión de todas las jóvenes en comunidad, bajo la dirección de la señorita Le Gras, ofrecía unas ventajas incontesta­bles. Es «el 29 de Noviembre de 1633, cuando cuatro de estas buenas chicas se colocan bajo la dirección de dicha señorita, en su pequeña casa situada cerca de la iglesia de Saint Nicolas de Char­clonnet«. Había nacido una obra, era la Compañía de las Hijas de la Caridad. Sólo diez años después de su comienzo, la nueva compañía o cofradía, pediría autorización oficial, civil y eclesiástica, para que algu­nas «siervas de la caridad» se pusieran a ayudar a las Damas de la Caridad en el servicio de los pobres enfermos. Esto no se creyó necesario en 1633.

La primera comunidad, congregada bajo ladirección y en la casa de una viuda de 42 años, responde a un grupo de jóvenes cristianas reunidas «para vivir con un ideal común«. Las noticias que poseemos de los tres primeros años nos permi­ten resumir la situación del siguiente modo: las pri­meras servidoras de los pobres, diseminadas por diversas parroquias, son por completo miembros de las cofradías de las Damas. Son como una sección especial en el cuadro esbozado para las mismas, sujetas del todo a la jurisdicción de los ordinarios y de los párrocos, y por la misma razón que las damas dependen, para todas sus actividades, de la directiva de la Caridad. No tienen regla de vida, no tienen una manera de vestir que caracterice su «estado» en la Iglesia, no tienen votos de ninguna clase las cofradí­as les aseguraban el sustento y el alojamiento. Santa Luisa de Marillac está al lado de ellas, alentando su trabajo y San Vicente, por su parte, las provee de una dirección espiritual idéntica a las de los demás miembros de las Cofradías de la Caridad. Nin­gún acto jurídicamente cualificado sancionó el acontecimiento del 29 de Noviembre de 1633, y ningún decreto de erección confirió a San Vicente autoridad especial. Oficialmente, las Hijas de la Caridad per­manecen en el marco de las Caridades parisinas. Hasta 1646, la jerarquía no la reconocerá como obra nueva, ni les concederá personalidad jurídica propia. La fundación de San Nicolás de Chardonnet señaló una primera gran etapa en el proceso de diferencia­ción de estas Hijas de la Caridad. Durante este lapso de tiempo (1633-1646) se dibujan algunos rasgos jurídicos nuevos: existe una pequeña comunidad, aunque poco perfilada aún, seminario, casa de retiro y «residencia», al mismo tiempo, se forma una men­talidad propia, costumbres, prácticas espirituales. Las jóvenes auxiliares voluntarias de 1633, que ya forman un grupo, tienden a fundirse en una fami­lia espiritual, y adquieren poco a poco un espíritu propio. Esta comunidad, que figura aún entre las denominadas «cofradías», se desarrollara en una línea que diverge cada vez un poco más de éstas. Se aprecia una desviación hacia un tipo de cofradía mucho más orgánica en la que brotarán posibilida­des de futura expansión. Jurídicamente inferior a las caridades, supera a éstas en solidez desde el punto de vista de sus contextura interna. Si se quiere caracterizar la comunidad vicenciana de esta época (1633-1646), se calificaría de «persona jurídica privada», (asociación que resultaba del mero estar los miembros unidos entre sí), con independencia de toda intervención eclesiástica. Según aquellos auto­res que critican esta fórmula, podemos hablar de «persona colectiva» cuya existencia es un hecho sinmás.

2.3.3.- Formación y espiritualidad.

Este primer tiempo de experiencia pone de manifiesto la necesidad del servicio realizado por estas muchachas. Dedicadas por entero a las obras de la caridad, en un marco bastante amplio de la vida, tiene sus dificultades y lagunas. Una vocación de este género presupone un tipo de preparación. San Vicente y Santa Luisa hace tiempo que conside­ran esta necesidad de formación y apoyo espiritual para poder «lanzarlas» a las «calles» (28). En adelante, todas las Hijas de la Caridad pasarán una tempo­rada de prueba en la casa bajo la dirección de Santa Luisa y San Vicente de Paúl, posteriormente, se rein­tegran en las diversas cofradías. Con cierta frecuen­cia, deberán volver a la Casa para asistir a las confe­rencias dadas por San Vicente, hacer retiro, pedir consejo, etc.

En todas las comunidades, a partir de 1633, después de la celebración de la eucaristía, y antes de comenzar la jornada de trabajo, se acostumbraba a dejar un tiempo para recordar las principales ver­dades de fe, en forma de pequeño catecismo y apren­der a leer, ejercicio que se repetía por la tarde. San Vicente animaba y exhortaba todo esto. Dirá a Santa Luisa: «Dios mío, ¡cuánto deseo que sus Hijas se ejerciten en aprender a leer!«. Es, también, un deseo que aprendan aquellos conocimientos que eran necesarios para el cuidado de los enfermos. Se esta­blece el tener un conocimiento profesional, forma­ción rudimentaria al principio, comprendiendo las nociones de una enfermera del siglo XVII: sangrías, lavativas, cataplasma, es decir, aquello que constitu­ye la práctica ordinaria de la época. En todo esto había un principio importante recordado por San Vicente: toda instrucción no era para la propia satis­facción y utilidad particular, sino para ser más capa­ces de servir y enseñar bien a los pobres en aquellos lugares donde estuvieran insertadas.

San Vicente, desde su profunda fe y sentido práctico, sugiere un estilo de vida en el que se equili­bren la intensa actividad y la vida contemplativa. Este tipo de vida aflora del contacto con la miseria que urge remediar.

En el aspecto jurídico, hemos visto cómo la cofradía de las Hijas de la Caridad conserva un pare­cido con la clásica cofradía. Sin embargo, se iba car­gando de una espiritualidad demasiado rica para inte­grarla en una vida cuyo marco resultaba ya estrecho. El aumento de vitalidad reclama otros espacios. Por ello, San Vicente, desde que estas jóvenes se reúnen en una comunidad, comienza a confeccionar un pro­grama de vida espiritual. Formará a estas jóvenes personalmente en una vida espiritual más profunda. Cuidará de desechar todas las regulaciones que caracterizan la piedad del claustro (ayunos prolonga­dos, disciplinas. dote, oficio de coro, etc.) y, como contrapartida, introducirá progresivamente un con­junto de prácticas que desarrollará una mística cen­trada en el amor a Cristo, encarnado en el pobre que sufre. Tampoco hacen votos, su fidelidad descansa sobre la promesa implícita que toda Hija de la Caridad hace cuando ingresa en la comunidad, «si observáis vuestros reglamentos podéis alcanzar la santidad sin ser carmelitas«. Estas palabras, dichas por San Vicente a las Hijas de la Caridad, nacen del convencimiento de que la perfección cris­tiana no constituye patrimonio exclusivo del claus­tro. Ello siempre que la vida activa se apoye en la virtud arraigada de la Caridad divina. Es curioso observar las numerosas citas encontradas en los escritos de San Vicente: manifiestan los prejuicios existentes en torno a la perfección fuera del claus­tro, y a su vez la insistencia de los fundadores en el ser cristiano vivido en un «estado» de caridad en el mundo, sin ser del mundo. Lo que sí está claro es que un estilo de vida tan libre como el de las Hijas de la Caridad requería una sólida disciplina interior, vivida y exigida en cada comunidad. Este estricto cumplimiento sólo es preferible cuando el servicio de los pobres no se haga necesario. El dejar a Dios por Dios de San Vicente permite sospechar la pro­fundidad y novedad de contenido espiritual que iba calando en esta cofradía de Caridad.

2.3.4.- Primeros reglamentos y su oficialidad.

Es comprensible la preocupación destinada a salvaguardar esta vida de constante servicio. Hay, sin embargo, un dato importante que hace nacer la regla de vida de las Hijas de la Caridad: su vida de cada día al lado de los marginados. Esta pauta de conducta perdurará a través de los siglos, se puedeconstatar que no se presenta como norma estática, sino dinámica, ordenada a realizar un trabajo a la manera de las virtuosas campesinas. Aquello que configurará siempre a las Hijas de la Caridad será el espíritu que las anima: una mentalidad cristiana bebida en las mismas fuentes evangélicas y no la letra de unos reglamentos, porque su único regla­mento de vida es Jesucristo, en El tienen que tener puesta su mirada constantemente. Santa Luisa lo indica en sus cartas: «Tenemos que tener continua­mente delante a nuestro modelo, que es la vida ejemplar de Jesucristo, a cuya imitación estamos llamados no sólo corno cristianos, sino como elegidos de Dios para servirle en la persona de los pobres«.

Los seis primeros años, las Hijas de la Caridad, viven sin reglamentos escritos. San Vicente se con­tenta con dar reglamentos adaptados a cada una de las obras en que trabajan las Hijas de la Caridad. Es éste un periodo de experimentación y elaboración de reglamentos, de costumbres que cristalizan y se trasmiten cuando la práctica ha manifestado su con­creción. En una carta que San Vicente envía a Santa Luisa sobre el tema, expresa lo siguiente: «Acabo de leer el empleo del día que me ha enviado usted. Lo que me hacía pensar de distinta manera es que, mi pensamiento no distinga bien los empleos de las her­manas con las jóvenes. Vea usted cómo me parecería bien: las de Chapelle y las del Hótel-Dieu pueden seguir el reglamento tal y como está. Las de las parroquias están bastante bien especificados. Al final, añada usted para el empleo de los niños expó­sitos, unas líneas con lo que le parezca a propósito. En el de los forzados, lo que es propio para las queestán destinadas con ellos. Para eso hay que saber exactamente lo que hacen y ponerlo. Haga usted el de los niños y mándemelo. Lo veré esta misma noche«.

La riqueza de pluralidad queda manifiesta y fundamentada en la diferencia de las personas a quienes hay que servir. Este es el único motivo que posibilita y posibilitará los cambios y modificaciones. Esta realidad permitirá, no sólo en los comienzos sino hoy, responder a los signos de los tiempos como respuesta a la llamada surgida de las distintas pobrezas. La pluralidad está surcada por una idea clave, muy querida por San Vicente y que mantiene la unidad de espíritu: «Hacer vuestros servicios en espíritu de humildad, sencillez y caridad… y para honrar la santa vida de Nuestro Señor… vuestro principal negocio, y lo que Dios os pide particular­mente es que tengáis mucho cuidado de venir todos los meses a la Casa para hablar a la Hermana sir­viente … darle cuenta de la práctica de vuestro reglamento también es conveniente decir las gra­cias que Dios os ha hecho…«.

El año 1645 marca otro hito o jalón en la his­toria de los reglamentos. Las Hijas de la Caridad se iban extendiendo por las distintas diócesis, incluso alcanzaban otros países y era preciso mantener el espíritu de los comienzos cuyo fin de servicio debía ser claro en todos los miembros de la comunidad. San Vicente, en dos conferencias, manifiesta esa preocupación hablando de la importancia de tener por escrito unos reglamentos. En una de dichas conferencias Santa Luisa, siguiendo con el método de diálogo, dice a las Hijas de la Caridad: «Hace tiempo que la Compañía desea y pide que su manera de vivir se redacte en forma de reglamento».

Un segundo paso va a verse realizado, aunque no completamente, en vida de San Vicente: es su aprobación eclesiástica. Hacia el mes de Agosto, el fundador escribe a Santa Luisa sometiéndole a su consideración el proyecto de petición para su apro­bación. A él va unido un ejemplar de reglamento. La contestación por parte de Santa Luisa contiene algu­nas observaciones que San Vicente tiene en cuenta. Por estas mismas fechas es cuando el propio San Vicente escribe al arzobispo de París adjuntándole el reglamento que forma parte de la petición de apro­bación. En ella, le suplica humildemente su bene­plácito erigiendo en cofradía a la Compañía de las Hijas de la Caridad (38). Lo que caracteriza este nuevo reglamento, ahora documento oficial, es el ir procediendo de unas sencillas estructuras:

  • Fin de la Compañía (Honrar la Caridad de Nuestro Señor Jesucristo en la persona de los pobres).
  • Sus miembros (Viudas y jóvenes).
  • Su gobierno (Elección de persona responsable y de las entonces llamadas «ofícialas»).
  • Duración de los mandatos.
  • Funciones de estos cargo.
  • Obligaciones de sus miembros.
  • Condiciones de admisión.

A esta petición contesta el arzobispo coadjutor Juan Francisco Pablo de Gondi, cardenal de Retz, con un documento de fecha 20 de Noviembre de 1646, en donde se halla la «erección de la Compañía de las Hijas de la Caridad». Dice: «por las presentes hemos eregido y erigimos la unión de dichas jóvenes y viudas de esta diócesis y cofradía, con carácter particular, bajo la denominación de servido­ras caritativas de los pobres…«. El 30 de Mayo de 1647 San Vicente comunica a su cofradía el texto del decreto y resume su contenido: «Vosotras no for­mabais hasta ahora un cuerpo aparte del de las Damas de la Caridad. En este momento, hijas mías, Dios quiere que forméis un cuerpo distinto, el cual, sin separarse por ello totalmente del de las Damas, no deja de tener sus actos y funciones particulares… Dios quiere uniros, hoy más estrechamente, mediante la aprobación de Monseñor«. Esta súplica, concebida en un estilo breve y directo, se propone obtener para las Hijas de la Caridad una doble garantía: la permanencia de una dirección capaz de mantener el espíritu originario y unidad de la Compañía ya que el derecho de las cofradías no lo aseguraba. Un segundo objetivo: cierta limitación de la jurisdicción de los obispos, particularmente del de París, en ventaja del director de la cofradía. Fue el cardenal de Retz, en 1655, quien firmó en Roma el segundo decreto de erección de la Compañía y la nueva aprobación de un reglamento retocado final­mente por San Vicente. Este decreto indica la natu­raleza del instituto: «Por las presentes hemos eregido y eregimos de nuevo la unión de dichas jóvenes y viudas de nuestra diócesis en cofradía o asociación particular bajo la denominación de caritativas servi­doras de los pobres…«. El comentario al decreto de aprobación, hecho a la lectura pública de los documentos venidos de Roma, es poco explícito por parte de San Vicente: «Hermanas mías, se juzga necesario dejaros el nombre de Asociación o Cofra­día, y el mismo señor arzobispo lo mandó así, no fuera que si os diera el nombre de Congregación hubiera quienes quisieran en el futuro cambiar la Casa en claustro y hacerse religiosas… Jamás deis vuestro consentimiento a cambio alguno en este sentido… Y decid que este nombre de Cofradía o Aso­ciación se os dio para que seáis constantes en per­manecer en el espíritu originario que Dios asignó a vuestra congregación desde su nacimiento«.

2.3.5.-Aprobación pontificia de las Hijas de la Caridad.

La aprobación episcopal de un instituto, que ya está establecido en varias diócesis, no le confiere nada más que una personalidad jurídica incompleta. Esta primera etapa de la evolución jurídica pide un perfeccionamiento que responde a la situación fac­tual que se ha creado y garantice definitivamente su expansión y unidad. Es en Septiembre de 1659 cuando se le anuncia a P. Jolly, superior de la casa central de los PP. Paúles en Roma, el próximo envío de documentos necesarios para una eventual apro­bación pontificia. He aquí el pasaje principal de esta carta de San Vicente: «Le enviaré el reglamento de las Hijas de la Caridad y la aprobación que el señor Cardenal de Retz ha hecho de ella en Roma, una copia de la patente y de un registro por el parlamen­to para ver cómo conviene preparar la aprobación. Acabamos de destinar a cuatro Hijas de la Caridad, unas para Narbona, otra para Cahors, y dentro de pocos días para la nación de Polonia. El mejor medio de dirigir todo esto es por la atribución de la autoridad de Su Santidad«. La carta y documentos cuyo envío anunciaba San Vicente al P. Jolly, con vistas a la aprobación pontificia, no obtuvieron los resultados deseados. La Compañía, en 1668, sigue viviendo aún conforme al régimen de 1655. Se vuelve a redactar una nueva súplica dirigida a la persona del cardenal Luis de Vendóme, legado a latere del papa Clemente IX. La Santa Sede se mos­tró más cercana, más accesible y, quién sabe, quizá más favorable a las comunidades de mujeres sin claustro. En el objetivo de esta última súplica, de solicitud de aprobación, se vuelve a insistir en el deseo de que el instituto se aprobado y confirmado por la Santa Sede junto con sus reglamentos y esta­tutos, y de que se ponga bajo la protección de la misma. El 8 de Junio de 1688 firmaba el cardenal de Vendóme la aprobación de la Compañía y de su estatutos en virtud de las facultades que contení­an las cartas de legación. Algunos aspectos de dicha aprobación merecen ser señalados aquí: «incumbe al legado proteger a las comunidades de piadosas mujeres. Las Hijas de la Caridad, quienes con la aprobación del cardenal de Retz se compro­metieron a unirse y a vivir en comunidad, solicitan la aprobación del cardenal legado debido a que adquieren una solidez mayor y se mantiene tanto más firmemente todo aquello que consigue el vigoro­so apoyo apostólico… Movidos por estos ruegos y gozando de la correspondiente facultad, gracias a la carta de la Santa Sede que no estamos obligados a insertar, aprobarnos y confirmarnos por el tenor de la presente esta congregación o comunidad, asimis­mo, todos sus reglamentos que el propio fundador y dicho cardenal promulgaron y con la autoridad apostólica de que disfrutamos, siempre que sean justos, las Hijas de la Caridad se verán reforzadas con inviolable fuerza apostólica«.

  1. Corría el año 1591, época agitada y turbulenta en la his­toria de Francia, cuando nace Luisa de Marillac. Su familia procedía de Auvernia. Su padre, Luis de Marillac, siguió la carrera de las armas, donde no llegó a alcanzar la talla de sus hermanos (Miguel y Juan Luis), que fueron personajes destacados de la vida política francesa.

    Sus primeros años de vida son duros y tristes. No conoce vida de familia, ignora quién es su madre. Esta experiencia marcará toda su vida. Desea ser religiosa y por falta de salud se le orienta hacia el matrimonio, que contrae con Antonio Le Grass (1612), secretario de la reina María de Médicis. Esta situación la llena de dudas, escrúpulos y remordimientos. Entrevé el proyecto de aquello que tiene que ser su vida de servicio a los pobres, liberándose de todo egoísmo personal, hecho que acontece en 1625, con la muerte de su esposo y encuentro con San Vicente de Paúl, bajo cuya dirección realiza su vocación de servicio.

    En 1629 sale de gira misionera con plena responsabilidad de la marcha de las cofradías de la caridad. Conocidas, posteriormente, con el nombre de Hijas de la Caridad. Santa Luisa es el «alma« de las caridades. Exhorta, anima y revisa cómo se desarrollan. Ve asimismo a los pobres en su hambre, su abandono. Ayudándoles, a su vez, compro­mete a otras personas para que les visiten y atiendan. En sus andanzas, Santa Luisa llegó a la conclusión: las Cofradías de la Caridad no podrán subsistir si no poseen a su cuidado personas entregadas de por vida y del todo a su vocación.

    Cuando Santa Luisa se encontraba a una muchacha dis­puesta a servir a los pobres, la ponía a trabajar en dicha Obra de Caridad, sin descuidar su formación espiritual y técnicas de cuidado a los enfermos. Fue el 29 de Noviembre de 1633 cuando las Cofradías de la Caridad se organizan en comunidad. Así nacía la Compañía de las Hijas de la Caridad. En 1639 aparece la fundación de las Hijas de la Caridad en el hospital de Angers.

    Como la miseria no tiene fronteras, ni de espacio, ni de tiempo, hace que por todas partes se reclame a estas sier­vas de los pobres. París, concretamente, era un hervidero de pobres y las Hijas de la Caridad, sostenidas por San Vicente y Santa Luisa, multiplican su respuesta: se ocupan de los enfermos en sus domicilios, de los niños abandona­dos, galeotes, ancianos, enfermos mentales. Santa Luisa, con mirarla lúcida, en todo este servicio, guía y acompaña. Ya en 1660, a su muerte, había en Francia más de 50 casas, arraigando incluso en Polonia.

    El 10 de Febrero de 1960, el papa Juan XXIII, por el decre­to «Omnibus Mater», proclama a Santa Luisa «patrona de todos aquellos que se dedican a las obras sociales cristia­nas».

    Notas tomadas de: J. CALVET. Luisa de Marillac, Salaman­ca. CEME, 1977. J. I. DIRVIN. Santa Luisa de Marillac. Salamanca. CEME. 1980.

  2. Las primeras Beguinas deben ser buscadas en la región oriental de Bélgica (antigua diócesis de Lieja). Es aquí donde se encuentran las primeras pistas de este movimiento (1170 y 1200). Nacen del fuerte estímulo religioso y místico que sentían las mujeres de época, notablemente influenciado por factores sociales y democráticos. A pesar del número creciente de monasterios femeninos (en el Ducado de Bra­vante y en la diócesis de Lieja), las vocaciones eran tan numerosas que muchas jóvenes y viudas no encontraban puesto dentro de los mismos, por lo que se alojaban en los alrededores. Esta posición creó sus problemas, sobre todo en el terreno económico. Dada la situación, la jerarquía lanzó sus medidas para contener estas aspiraciones de las mujeres. Abandonadas a su suerte (1170), comienzan a formarse asociaciones autónomas fuera de los monasterios, sin reglas, sin afiliarse a una orden de monjes. Continuarán «practicando», a su modo, en medio de la gente. En las horas libres se retiraban a sus pequeñas moradas para atender las oraciones, sir seguir una reglamentación monástica o de reclusión. De hecho, casi todas las beauinas se formaron en la vecindad de un hospital o de una leprosería. Se trataba, en la primera mitad del siglo XIII, de una asociación de personas pías. No inutentaban formar ninguna orden, en el sentido jurídico de aquel tiempo, ni tampoco una tercera orden regular o secular a la sombra de la familia franciscana. Estas mujeres constituían una Compañía, un Instituto, con el fin de recluirse o guardarse de las dificultades y obstáculos del mundo feudal. Desde este ser liberadas, podían hacer el bien, ofreciendo lealmente a Dios todo su corazón en la práctica de la vida cristiana. Entre ellas se encontraban muchachas, viudas, personas casa­das. Todas pertenecientes a cualquier clase social, incluida la nobleza. Practicaban una vida común, con relación a su estado, basada en una vida de oración. Estaban reguladas por sobrias constituciones. Al entrar en el Instituto hacían profesión de castidad y obediencia para toda la vida. Respecto a la pobreza se les aconsejaba prever a sus necesidades, pobre y moderadamente, sirviendo fielmente al Señor. Así se les conoce en la Iglesia. Cr. PELLICIA Y ROCA. Dizio­nario Degli Instituto di perfezcione. VI. Roma. Paoline, 1974. pág. 1169.
  3. L. LOYE. Historie de L’eglise de Beraçon. 111. Beraçon. Cerf: 1902. pág. 365-371.
  4. Hacia 885. MANSI. 18. pág. 170
  5. Los documentos de la Santa Sede de la época delatan cierta fructuación sobre la terminología cofradía» apareciendo:«congregatio-sodalitium», «confraternitatis piarnio». El término es bastante impreciso. Denota, como hemos visto, una asociación de fieles erigida en virtud de la autori­dad eclesiástica para un fin especial de piedad y caridad cristiana.

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