Carácter secular de las Hijas de la Caridad: Primera parte

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: María Ángeles González, H.C. · Año publicación original: 1992.
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«¡Que maravilla! Dios elige y reúne a muchas muchachas de diversos luga­res y provincias para unirlas con el vinculo dc la caridad, para expresar así a los hombres de distintos sitios el amor y el cuidado providente que Él los tiene en todas sus necesida­des…»
(San Vicente a las Hermanas enviadas a Narvona y a Cahors. Septiembre de 1859).

Presentación

Santa Luisa y San Vicente fundaron las Hijas de la Cari­dad como grupo de mujeres cristianas consagradas a Dios en el servicio de los pobres.

Con la publicación de esta obra, pretendemos ofrecer nuestra humilde colaboración para mostrar, y acercarnos más, al sentido profundo de un espíritu que entraña una modalidad peculiar y concreta de seguir a Jesucristo. Asimismo, quere­mos descubrir su importancia y alcance sobre su misión y recursos futuros.

Hay un esfuerzo por llegar a la fuente originante de este estilo de vida, que precisa recurrir a los numerosos escritos y correspondencia de los fundadores. Situarlos, analizarlos desde su contexto, y hacer referencia a dos realidades básicas que constituyen los grandes ejes de fuerza en el nacimiento y orientación de la vida de esta Compañía:

  • En primer lugar, señalar el pauperismo en una sociedad asentada en el despilfarro, el Indiferentismo y la fuerza del poder.
  • En segundo lugar, teniendo en cuenta la evolución de las cofradías y comunidades femeninas dentro del marco de la legislación eclesiástica vigente en el siglo XVII.

Desde aquí podernos conocer cómo se originó esta insti­tución y valorar todo su esfuerzo por mantenerse fiel a aquella originalidad dada por sus fundadores. Se trata, por tanto, de presentar una fuerza viva en la Iglesia de ayer y hoy, de ayudar a buscar por dónde puede ir su futuro de servicio en este mundo de injusticia y pobreza, de testimoniar la presencia de Cristo en este mundo, optando de forma preferencial por las personas más afligidas y desprovistas de todo en nuestra Humanidad.

Como Hija de la Caridad, el sentimiento que me ha impulsado en todo este trabajo ha sido el reconocimiento y gratitud hacia los fundadores y hacia las hermanas que hicieron posible tal acontecimiento eclesial en favor de los deshere­dados.

Ma Ángeles González
Bilbao, septiembre de 1992.

1. El siglo XVII francés

En el siglo XVII Europa vive un tiempo de gran vitalidad, lleno de una fuerza extraordinaria de expresión y creación, donde los múltiples legados medievales, asimilados y conservados profundamen­te, no impedirán la entrada en una nueva época de la Humanidad y de la Historia. No obstante, se hacen notar unos cambios bruscos y violentos que provocarán su «crisis», afectando al hombre en todas sus actividades.1

Para los franceses éste fue el «gran siglo»2. Francia, pese a las tentativas hegemónicas de la otra potencia existente (los Habsburgos o Austrias), se convierte en la primera potencia mundial. Esto tuvo sus consecuencias en los órdenes político, económico, social, cultural y religioso.

1.1.- Aspecto político

Al mismo tiempo que Europa se alejaba de la unidad religiosa católica, lo hacía también de la uni­dad política. Se luchaba por conseguir unos Esta­dos modernos, independientes y soberanos, con sus formas absolutas de poder. Los franceses no iban a la zaga en esta lucha. Intentaban afirmarse fuerte­mente, desde un poder centralizador, monárquico que culminaría en el gobierno absolutista de Luis XIV3.

Para las monarquías europeas recuperar el poder de manos de los señores feudales no fue una tarea fácil: supuso lucha y violencia. Hubo algunos factores muy peculiares que dieron la victoria a los monarcas: la fuerte personalidad de ciertos minis­tros. el cansancio y las dramáticas circunstancias de las guerras, sin olvidar el apoyo interesado de la burguesía.

Francia, que a duras penas había salido de la larga crisis de las guerras de religión4, vivirá, sin embargo. una recuperación del poder central gracias a la hábil y activa política de Enrique IV. Se esfuer­za, no sin dificultad, por establecer la paz, una paz rota en su interior por muchas guerras civiles y en su exterior por la política de enemistad seguida con­tra España y otros países aliados5.

Es un hecho que Enrique IV, a su muerte, había dejado el reino en situación bastante favorable política y económicamente. No obstante, la fragilidad de sus obras, con su pérdida, va haciendo evidente la aparición de numerosas puertas abiertas a la ambi­ción y al desorden. El asesinato del rey permite ocu­par el trono a Luis XIII, de ochos años de edad. Su regencia es llevada a cabo por la reina madre. Catalina de Médicis. Entramos aquí en el régimen de los «ministerios»6. Por su actuación destacan princi­palmente: el cardenal Richelieu (1623-1642) y Maza­rino (1643-1664). A la muerte de Luis XIII es nombrada regente su esposa. Ana de Austria, permane­ciendo en la regencia hasta la mayoría de edad de su hijo Luis XIV. El poder absolutista de este monarca comienza a sus 17 años (1661) y mantiene como única preocupación consolidar y extender el poderío francés en aquellas naciones en que podría ser ame­nazado.

Esta política de guerras proporciona a Francia grandeza. Sin embargo, el poderío de esta conquis­tas va sumiendo al pueblo, sobre todo al campesina­do, en una gran miseria. Sin duda, es este sector de la población quien sufre el golpe, excesivamente duro, de las continuas guerras. Se impone una severa política fiscal que conlleva privilegios y excepcio­nes, favoreciendo a una minoría de grandes señores, a la Iglesia y al Rey7. Si la administración central es eficaz y las instituciones del poder real se fortale­cen, dicha gestión se ve comprometida por las numerosas crisis financieras derivadas de la guerra. La provocación, con el aumento del fisco, es causa de importantes revueltas y sangrientas luchas inter­nas, con un resultado de empobrecimiento para el país.

1.2.- Crisis económica

«Toda la primera mitad de siglo XVII es un perí­odo caracterizado por una fuerte depresión económi­ca»8. Las causas de esta crisis, algunas de tipo general, tienen que ver con las estructuras mismas de la economía existente. Se da un bloqueo, se pro­voca un desequilibrio entre la subsistencia y las necesidades, una atomización rural y una dificultad de intercambio comercial.

1.2.1.- Causas puramente francesas

El peso de la guerra debe ser subrayado como un factor fundamental. Las tropas están mal paga­das e indisciplinadas, traduciéndose este desconten­to por destrucción, miseria y enfermedad. También la guerra genera inflación, aumento de la fiscalidad del Estado y multiplicación de gastos parasitarios creadores de penuria y escasez.9

1.2.2.- Aspectos de esta crisis económica.

Es patente en esta sociedad el predominio de una economía agrícola, donde la técnica de explota­ción es muy rudimentaria y arcaica y no permite producir lo suficiente para el consumo10. Este lento desarrollo viene causado por las malas cose­chas que provocan un decaimiento del capital, y al no haber beneficios, las inversiones se hacen imposi­bles. Toda esta carestía va a aumentar la inestabili­dad económica general y frenar el desenvolvimiento de la misma. Asimismo, nos encontramos con el poder del régimen señorial, de origen feudal, donde nobleza y burguesía son propietarias de la mayor parte de las tierras. Sus arrendatarios son los que explotan a los campesinos, los hacen víctimas del fraude11.

En resumen, este régimen vejatorio e injusto existente trababa el progreso, impedía la formación de capital entre los agricultores, ayudaba a la pro­ducción de malas cosechas y generaba con su técni­ca deficiente hambre y pobreza.

En la rama industrial, hacia finales de siglo, se aprecia una tendencia a la paralización económica. El carácter artesanal de la misma manifiesta una mediocridad en sus técnicas y herramientas. Lo esencial sigue siendo la mano obrera. Este predomi­nio del mundo obrero, de régimen artesanal, bajo la dependencia de los mercaderes controlando la elabo­ración de los productos y beneficiándose con su dis­tribución, no favoreció el progreso en la industriali­zación. Tampoco ayudó a esto el sector más poderoso de la burguesía financiera y comercial, que al actuar como soporte de la monarquía absolutista, no lo hizo como motor de cambio de la vida social, sino que incidió en una inestabilidad económica y finan­ciera. A esta situación se suman las dificultades comerciales, ya que toda la gran actividad bursátil estaba en manos de los holandeses, siendo Amster­dam el centro «mercantil» de depósito monetario del mundo12. Francia, sin embargo, no tiene banca de Estado, son los comerciantes importantes los que realizan el cambio, aprovechándose del momento, prestan su dinero a grandes intereses.

Este período mercantil por su gran actividad generadora de riqueza, sólo beneficia a los sectores más privilegiados, acentúa la inestabilidad provoca­dora de inseguridad, de continuos disturbios, de deficiente desarrollo de las vías de comunicación, y de la dificultad en el comercio interior y exterior. Todo esto lleva a Francia a una gran crisis económi­ca generadora de situaciones insolidarias e inhuma­nas.

1.3.- La cultura barroca

La cultura jugó su papel en esta época. Desde su más rica expresión, apoyó políticas y economías muy concretas. El barroco es tiempo calificado por la búsqueda de movimiento, arte de espectáculo y ostentación. Posee, además, el grito de la libertad, es irracional, rechazando el equilibrio y medida. Conlle­va el gusto por el misterio y lo sobrenatural, lo emo­tivo y lo personal, los encantos de la naturaleza y del folklore. Busca la comunión de las fuerzas profun­das del universo. Se abandona ante esta presencia a la que venera. El barroco, cósmico, panteísta y en prosecución del impulso vital de la naturaleza, se hace: dinámico, tumultuoso, ondulante, enfático, y al mismo tiempo desbordante, lujuriante y prolífico. Sacrifica el orden a la sensación, la eternidad a la intensidad13. Logra expresar la «sensibilidad de tina época atormentada y desgarrada por las gue­rras»14.

Su éxito, desde el Concilio de Trento, es insepa­rable de la evolución de la Iglesia. A la vez que es muy fervoroso, implica un arte de combate y discipli­na. Ello hace que los Papas fuesen de los grandes iniciadores del movimiento. Su centro fue Roma como capital del mundo católico, aunque los más puros y significativos impulsos surgieron en España, siendo la emoción religiosa de la contrarreforma quien empapó la vida cultural y las artes de la época. Esto afectó a los países vecinos, con mayor o menor éxito, según las diferentes modalidades.

La Francia de este siglo tiene su propia época barroca. Se da aquí menos claramente que en Italia, en el mundo Ibérico o Flandes. No obstante, hay grandes figuras que patentizan este gran movimiento15.

Con frecuencia, dos tendencias se mezclan en el primer periodo de siglo: la poderosa corriente barro­ca que choca con una contracorriente hecha de medida, rigor y respeto a las reglas. Es un ideal clá­sico que elaborado lentamente prevalece en Francia incluso a partir de 1660. y que responde a los gustos de una burguesía cada vez más rica e influyente, y al deseo de orden y unidad querido por Luis XIV. Nace, así, una búsqueda de grandeza, acentuada por la acción personal de su monarca que dio pruebas de un gusto ilustrado, seguro, e intentó llevar la litera­tura y las artes al servicio y glorificación de su reina­do. Esta pretensión le despreocupó de los problemas del pueblo llano y sencillo que vivía sumergido en una gran crisis económica.

1.4.- Situación social

La sociedad francesa de esta época está altamente estratificada. Su diferencia de jerarquías es la norma. Las clases superiores, ligadas a la riqueza nobiliaria y propiedad territorial, se sitúan en tres órdenes: noble­za, clero y burguesía. Pertenecer a un orden u otro significaba poseer un estatuto jurídico especial y determinados privilegios en el plano económico-social.

1.4.1.- Los nobles.

Generalmente son poseedores de grandes ren­tas territoriales, predominan en el ejército y mono­polizan los cargos de dirección.

1.4.2.- La burguesía.

En Francia y países análogos, a causa de la inestabilidad económica y como fenómeno general, se manifiesta este estamento social enfocando todas sus actividades de cara a satisfacer las crecientes necesidades del Estado. Si éste tiene que aumentar, cada día más, sus fuentes y recursos para hacer frente, con rapidez. a los gastos provocados por la guerra, necesita procurarse anticipos. El manantial provocador de esta riqueza se encuentra en este sec­tor social de la burguesía, cuya importancia posicio­nal, dentro de la sociedad, tiende a acrecentarse16. Se forma un grupo heterogéneo que va desde el mercader, empresario, gran financiero hasta el arte­sano independiente. Son los grandes acreedores del rey a quien prestan dinero, a crédito o interés, espe­rando la percepción de grandes impuestos. La vena­lidad se convierte en un gran negocio.17

1.4.3.- El clero.

Las altas dignidades de este estamento eclesial están formadas por abades, obispos, priores y bene­ficiados religiosos. Todo ello es una forma de digni­dad o nobleza, con importante fuerza social y políti­ca, reconocida como «la primera» entre las órdenes del reino18. Sus miembros, hijos segundos de las familias nobles o burguesas, no llegan al sacerdocio o vida religiosa por vocación, sino por favoritismo o compraventa de este estado de vida. Es notable la contribución de este sector en el afianzamiento del absolutismo19.

En otro sector de este mismo estamento está el clero de las ciudades y los campos con sus diferen­cias de vida y formación, siendo el clero rural un instrumento ineficaz en el apostolado y que con fre­cuencia presenta una vida de desenfreno y escánda­lo20. Esta situación produce verdadera inquietud en la Iglesia, a pesar de que el Concilio de Trento había echado ya sus bases para la reforma de este clero. Este impulso renovador de la fe suscitó funda­ciones y congregaciones que asumieron, con sereni­dad y en profundidad, la renovación de este sector clerical21.

1.4.4.- Campesinos y obreros.

Estos son los sectores más explotados de la sociedad. Su situación es mala y se ve reforzada por las reglamentaciones del Estado. Para los campesi­nos su vida y existencia es penosa. Disponen de muy poco dinero, viéndose reducidos, con frecuen­cia, a no tener qué comer, ni tampoco con qué vestir­se. La suerte del obrero también es poco halagüeña pues es considerado como instrumento para aumen­tar la producción. Su jornada de trabajo alcanza de 15 a 19 horas, su retribución salarial es insuficiente y está fijada por el Estado a quien no convenía una política de altos salarios, ya que ello incidiría sobre su comercio exterior. Todas estas situaciones provo­can frecuentemente levantamientos populares, revueltas y motines que son severamente reprimidos.

En resumen, en este período hay una desigual­dad de clases que se apoya en los privilegios conce­didos a un grupo de «elegidos a quienes se les reser­van honores, riquezas y poderes en abundancia (…) Frente a ellos una masa sin fin de no privilegiados, una muchedumbre anónima que con frecuencia vive en condiciones económicas durísimas. Obligada siempre a ceder el paso a los otros y sin posibilida­des de hacer oír su voz, porque carece de derechos»22.

1.4.5.- Los vagabundos.

Son aquéllos que no alcanzan ni siquiera el título de clase Las leyes de 1688 y 1700 condena­ban en Francia a galeras a los vagabundos sin domi­cilio23. Testigo de excepción de este grupo de mar­ginados sería San Vicente de Paúl. Conmovido ante este espectáculo escribe: «Los pobres que no saben dónde ir ni qué hacer constituyen mi peso y mi dolor»24. Siempre los signos de los tiempos deberí­an interpelar la conciencia de la sociedad y especial­mente de la Iglesia. Sin embargo, hemos visto cómo los fuertes individualismos que dirigen la política no favorecen a las capas sociales más débiles; por el contrario, conducen a una situación social dividida en clases. Para los cristianos, si se camina junto a esta realidad de guerras, peste y hambre, cabe pre­guntarse cómo no permanecer cómplices o indiferen­tes si no se toman actitudes u opciones que compor­ten la radicalidad del Evangelio. Quizás podrían con­siderarse una forma de respuesta de esta llamada, que se hace evangélica, las nuevas formas de vida religiosa femenina que surgieron en la época y lo mismo la fuerte espiritualidad que va animando y comprometiendo la vida cristiana.

1.5.- Espiritualidad de la época

La reforma protestante fue uno de los grandes acontecimientos del siglo XVI. Si la historia de los Estados europeos, en este siglo, se vio dominada por los problemas religiosos surgidos de la reforma, hacia principios del siglo XVII están lejos de resol­verse. La contrarreforma, con su política deliberada de extirpación del protestantismo, logró éxitos indis­cutibles. No obstante, hacia 1600, en contra de los fines perseguidos, algunos soberanos católicos pare­cen orientarse hacia la tolerancia religiosa25. De hecho, son intentos que nacen de condiciones políti­cas particulares y no comportan en absoluto un movimiento de opinión poderosa, resultando incom­pletos y condenados a lo efémero. Sigue, por tanto, el problema de gran enfrentamiento entre católicos y protestantes, siendo la reconquista católica incom­pleta y los intentos de tolerancia limitados y decep­cionantes. Los protestantes, por su parte, experi­mentan el retroceso en el terreno político desde comienzos de siglo, principalmente, en los años 1627-1629. Se ven acompañados también por un cierto agotamiento en el plano doctrinal y pastoral que opone un frente cada vez más dividido y menos combativo al dinamismo de la reforma católica. Se hizo dificil todo intento por superar las diferencias doctrinales con la iglesia romana. Agravan los pro­blemas, la reacción jansenista, suscitada por algunos católicos que se esfuerzan por conciliar huma­nismo y cristianismo26.

1.5.1.- Renovación católica en Francia.

Francia, empeñada en ser un estado unificado políticamente, se ocupaba de lograr la unidad confe­sional de la nación a base de emplear sus propios medios políticos. A los obispos les quedaba única­mente la tarea de la renovación interna. Sin embar­go, la confusión creada por las guerras civiles y reli­giosas no permitieron recapacitar, durante mucho tiempo, sobre la situación a las jerarquías eclesiásti­cas. Supeditadas como estaban al poder del rey, poco podían reconstruir.27

La renovación de la Iglesia romana, iniciada en el siglo anterior con el concilio de Trento y cuyas primeras consecuencias se intensificaban, produce en el plano de la espiritualidad un verdadero flore­cimiento místico. Así, a los grandes maestros espi­rituales españoles del siglo XVI suceden los france­ses moviéndose dentro de dos grandes ejes espiri­tuales: el Humanismo devoto y la escuela francesa.28

a) Humanismo devoto: San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de Ginebra, se encuentra como gran figura dentro de este movimiento. De honda espiritualidad, expondrá nítidamente sus ideas de piedad personalista («Vie devote»), trabajando con­cienzudamente por introducir a los seglares en esta Escuela de vida interior.

b) Escuela francesa: Dentro de los grandes maestros de esta escuela encontramos a Pierre de Bérulle (1575-1628). Hijo de un consejero, del Parla­mento de París, fue fundador en 1616 de la congre­gación del Oratorio. Se sirvió de dicha fundación para difundir su teocentrismo beruliano, hecho que condujo a una vida espiritual austera y exigente.

Otros hombres pertenecientes a esta gran escuela fueron: Carlos Condren (1588-1641), Juan Jacobo Olier (1608-1657), Juan Eudes (1580-1685), todos ellos discípulos, continuadores y divulgadores de la obra beruliana.

Junto a estas grandes corrientes fluyen otras también. En todas ellas su repercusión es muy importante, pues vivifican las órdenes religiosas, reformándose y multiplicándose. El clero mejora su formación haciendo más eficaz la obra de la Iglesia. Se observa cómo el Evangelio penetra profundamen­te en la cristiandad.

Los cristianos, verdaderos testigos en esta época del intento de vuelta a las fuentes que supone toda renovación conciliar, no separan la fe de la vida. Son hombres lie honda espiritualidad y a su vez de una gran acción. Hay un enorme esfuerzo de presen­cia evangélica dentro de su propio contexto histórico. En esta línea se hacen necesarias medidas más enérgicas que van a hacer resurgir la «misión»29

Francia hace de esta forma pastoral una empresa propia, considera su iglesia país de misiones. Sus resultados, difícilmente cifrables, fueron importan­tes. Se traducen en una piedad más ferviente, unas prácticas cristianas más regulares, en particular la Eucaristía, se opera un «relanzamiento» de la vida cristiana. La misión, que fue un medio de renovación espiritual, supuso también una influencia social y económica. Como testimonio están los archivos notariales de la época, donde se detallan las nume­rosas reconciliaciones, fruto de las nuevas conver­siones al cristianismo de las bienaventuranzas.

Los métodos puestos en práctica en estas mis­mas misiones varían según el lugar y la naturaleza del público y, sobre todo, con la «familia» espiritual a la cual se encomendaban. San Vicente de Paúl30 junto a los lazaristas, miembros de la Congregación de la Misión fundados por él mismo en 1625. lleva a cabo una labor pionera desde esta obra misionera. Su método es sencillo: en la Eucaristía de la mañana se hacía un pequeño comentario a la Palabra, al mediodía se daba la catequesis a los niños, por la noche la catequesis era destinada a los adultos. En los temas doctrinales esenciales se ponía el acento en la penitencia y fines últimos. San Vicente creía en una predicación hecha de este modo, donde el Evangelio es comentado con sencillez. Asimismo, creía en el testimonio de vida. Por ello, prohibió a sus misioneros la controversia con los protestantes, cuya consecuencia, con frecuencia, era cultivar la vanidad. El trabajar humilde y respetuoso sin desafiar a nadie desde el púlpito era más evangélico. Dios no puede bendecir la acción misionera hecha de otra forma. La verdadera apologética radica en la vivencia de las virtudes cristianas y en enseñar a la gente, sencillamente, desde un testimonio compro­metido y verdadero. De hecho, otros misioneros ponían en práctica procedimientos más complejos y eruditos, con los que era difícil llegar a la gente pobre y humilde. San Vicente tomó ésta como su vocación: instruir en la fe y socorrer a aquellas pobres gentes. Toda su vida, sus funciones, debían llevar este sello del espíritu.

En la vida de la Iglesia, en estos momentos, el esfuerzo de renovación fue una realidad. La fuerte espiritualidad vivida y sostenida por estas personas tan evangélicas iba dando sus frutos. La esperanza nacida de la fe cristiana, junto al trabajo hecho desde la Caridad de Cristo, hacen más humana y digna la vida de los pobres.

La vida de las Hijas de la Caridad, desde la fe en Cristo, encarna esta respuesta de servicio a los desheredados de esta sociedad.

  1. Cr. R. MOUSNIER. Los siglos XVI-XVII. El progreso de la civilización europea y la decadencia de Oriente (1492­1715). Historia general de las civilizaciones. IV, Barcelona. Destino. 1976. pág. 168.
  2. Cf. GRAN ENCICLOPEDIA, Historia del mundo. IV. Barcelo­na, Salvat. 1968, pág. 258-280.
  3. Cf. G. MARTINA. Época del absolutismo. La Iglesia de Late­ro a nuestros días. II. Madrid. Cristiandad. 1974. 1718. pag. 17 – 18.
  4. Cf. A. LATREILLE, Historie du catholicisme, II, Paris. Spes, 1963, pag 225-270.
  5. Por el Edicto de Nantes, el 2 de Mayo de 1598, se otorga a los protestantes la libertad de conciencia, la libertad de cul­tos (excepto en París). libre acceso a los cargos públicos, mantenimiento por parte de los hugonotes (calvinistas refor­mados) de un centenar de plazas fuertes por un período de 8 años. Cf: H. JEDIN, Manual de Historia de la Iglesia. V Barcelona, Herder, 1972. pag. 699-707. En 1598. Enrique IV y Felipe 1 firmaron el tratado de Vervias que puso fin a las guerras de religión. Cf. A. PALACIO ATARD. Historia universal. Edad Moderna. III Barcelona. Espasa-Calpe. 1956, pag. 257-269.
  6. El concepto de «ministerio» no responde al actual: en esta circunstancia un hombre asumía todo el poder. Francia tuvo grandes hombres de estado que, gozando de la con­fianza del rey, dirigían toda la política y destinos de la nación.
  7. Cf. P. JACQUART Inmobilisme et catastrofisme». Histoire de la France rurale II. Tours. Seuil. 1975. 201 ss.
  8. R. MANDROU. Francia. en los siglos XVII y XVIII. La histo­ria y sus problemas. Barcelona. Labor. Nueva Clia 1973. pág 33.
  9. Las consecuencias de estos hechos son una inmensa mayo­ría de población mal nutrida, salud mediocre, vida corta y aumento de la mortalidad. Cf. R. MOUSNIER. o.c.. pág 175­178.
  10. Ibid.. pag 170-174.
  11. Puede decirse que la existencia cotidiana del campesinado entre los años 1600-1660 es penosa. a consecuencia de un reparto desigual de la riqueza. Cf. 0. HANOTAUX. Historie du cardinal de Richelieu. La France en 1614. I. Paris. Plon. 191a pag 392-410.
  12. El periodo mercantilista trata de llevar a su apogeo la potencia del Estado y en consecuencia elevar los recursos del mismo. logrando un abastecimiento independiente del extranjero. siendo el principal medio de cambio de la mone­da el metal precioso. Se provoca un nacionalismo económico y una especie de guerra perpetua de dinero entre Estados». M. MOUSNIER. o. c. pág 292-310.
  13. Cf. J. A. MARAVAL. La cultura del barroco. Análisis de una estructura histórica. Barcelona. Ariel. 1981. pág 401-498.
  14. P. CHAUNU, La civilización de la Europa clásica. Barcelona. Juventud 1976 pág 475.
  15. En arquitectura: F. Mansart. L. Leveau, J. 1 lardoui-Mart­sart, C.Penault, J. Lemercier, S. Brosse.

    Pintura: G. de la Tour, S. Vouet. P. de Campaigne. N. de Poussin. C. de Lorena.

    Escultura: Sarracirt. Varin. hermanos Anguier. P. Puget. Gtrardon.

    Literatura: Bossuet. Boileau. Comeille, Racine, Moliere. La Fontaine.

    Ciencia y Filosofía: R. Descartes. (1598.1650). Música: Perrine. Racirte. Moliére. La Fontaine. Ciencia y Filosofía: R. Descartes. (1596-1650) Música: Perfile. Racine. Moliére. La Fontaine. Ciencia y Filosofía: R. Descartes. (1596-1650)

    Música: Perrin, Cambert. Lully, rarneau. Couperin. Citar-penden.

    C. J. DELGADO. Luisa de Marillac. Salamanca. CEME. 1981. pág. 42.

  16. Políticamente la burguesía sigue situada en el pueblo llano.
  17. La burguesía aspira a una «nuevo tipo de nobleza». y para conseguirlo no duda en pagar grandes sumas al Rey. «En Francia la venalidad de los cargos públicos alcanza todo su apogeo converliéndose en un sistema». Cf. MOUSNIER. o.c.. pág 178.
  18. P. BLE. Le clergé de France et a mortarchie. Elude sur es assemblées genérales du ciergé de 1615 á 1666 II. Roma, L’Université Gregorienne. 1959. pág. 4-5.
  19. Ibid., pág 389.
  20. «Deberemos confesar que la multitud de testimonios acerca de los vicios del clero producen verdadera preocupación a las Jerarquías de la Iglesia». D. ROPS. La Iglesia de los tiem­pos clásicos. El gran siglo de las almas. Barcelona. Luis de Carall. 1959. pág 81-82.
  21. Ibid. pág 84 ss.
  22. G. MARTINA. o.c.. pág 19.
  23. Cf. P. GUITON. La societé el les pouvres. L’exemple de la genéralité de Lyon 1534-1798. Paris, Aubter. 1971, pág. 213 ss.
  24. P. COLLET. La vie de Saint Vicent de Paúl I. Nancy. Leseu­re, 1748. pág 473.
  25. Está muy lejos de ser la tolerando una actitud madura. El edicto de Multes es sintomático en este aspecto. Nadie lo considera como un loable esfuerzo de pacificación religiosa. Cf. H. JEDIN, o.c., pág 41.
  26. Este movimiento fundado por el flamenco Cornelius Jansen del círculo de la universidad de Lovaina 1585-1638. (Cf. ORCIBAL. Jonsenius tatholicismen 23. París 1963, pág. 332-343. y H. JED1N. o.c., pág 69-114.). Se incribe en su ori­gen en el marco de a reforma católica. La reflexión de los austeros clengos, sobre el problema de la gracia, teológica­mente teñido de pesimismo agustiniano, es el eje de su doc­trina, recibida de Lovaina y París. En el monasterio de Por-Royal de Chomps reformado, se estableció en todo su rigor la regla de San Bernardo siendo terreno favorable para este movimiento jansenista. Cf. D. H. TUCHLE. Reforma y con­trareforma. Nueva historia de la Iglesia. Hl. Madrid. Cris­tiandad. 1966. pag 251-265.
  27. Ibid., pag 222
  28. Cf. 11 ROPS o.c., pág 65-75 ss.
  29. La misión es una forma temporal y excepcional de apostola­do. Fue primero practicada en el norte de Italia, penetrando en Francia a finales de la Edad Media, dirigida casi exclu­sivamente al público urbano. Su principio responde al esquema siguiente: a petición del obispo, muchos religiosos evangelizarán durante un tiempo más o menos largo un grupo de parroquias. Predican, catequizan, recuerdan las grandes verdades de la fe, exhortan a la confesión, organi­zan ceremonias litúrgicas. Al final de la misión el obispo acude a la población misionada más importante para admi­nistrar el sacramento de la confirmación y presidir una comunión general. Cf. R. TAVENEAN, Le catholicisme dans la France clasique (1610-1715). Regards sur l’histoire. His­toire modere. 1. Paris. S.E.D.E.S.. 1980. pág. 192-195, y Cf. D. ROPS. o.c.. pág 103.
  30. San Vicente nace en Pouy (Landas) en 1581. Realiza sus primeros estudios en 1591 y recibe la tonsura y órdenes menores en Bidache en 1596. Es ordenado de subdiácono y diácono dos años más tarde. En 1600 Mons de Bourdei­lles, obispo de Périgueux, le ordena sacerdote en Cháteau-L’Evéque. Sus estudios teológicos los realizó en Toulouse, completando su bachillerato teológico en Roma. Se licencia en derecho canónico en 1623. Vuelve a París y establece relaciones con el maestro Bérulle. Es capellán de la reina Margarita de Valois. Asiste a Luis XIII en sus últimos momentos y se le nombra consejero de conciencia de la regencia, mientras Mazarino es primer ministro. Para San Vicente el ministro no responde a una política de paz y no duda en pedir su dimisión a la reina Ana de Austria. Sien­do nombrado preceptor de la familia de los Gondi en 1617 acontece la confesión del campesino de Gannes (Olise) y el sermón de Folleville, exhortando a la confesión general. Su vida va girando de forma definitiva junto a los pobres y, lo más grandioso, a la de otras muchas personas. La primera reunión de las Damas de la Caridad acontece a raíz del sermón de la Caridad en Chatillon-les-Dombes. Las carida­des y misiones se establecen en numerosos puntos de Paris y alrededores. Su principal preocupación es socorrer a las zonas pobres de Francia, aquellos lugares devastados por la guerra. Una de las mejores respuestas de colaboración en el servicio a los pobres lo encuentra en Luisa de Mari­Ilac. Ambos son fundadores de tus Hijas de la Caridad, cuyo único fin es este servicio a los pobres.

    San Vicente fue proclamado «patrono de las obras de la Caridad» por el Breve pontificio «Curi Multa» del papa León X111 en 12 de Mayo de 1885.

    Notas tomadas en A. DODIN, San Vicente de Paúl y la Cari­dad. Salamanca. CEME. 1977 y en. J. CALVET, San Vicente de Paúl. Salamanca. CEME. 1979.

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