Bergson y el Padre Pouget (I)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jacques Chevalier .
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P. PougétCuántos hombres admirables a los que nunca llegaremos a conocer!» Sí, hombres que, en cuanto al espíritu, estuvie­ron a la altura de Blas Pascal, al que sobrepasaban en santidad. Signo de grandeza en ellos el poner tanto cuidado en borrar sus huellas, en permanecer en la os­curidad, como en otros no reparar en medios para brillar y encaramarse a los primeros puestos. Sabre­mos algún día que lo que se agita en la superficie no era lo mejor y que la hez se creyó la élite. Los genios y los santos auténticos serán tan sólo las más de las veces conocidos por Dios.

A M. Jean Guitton, después de Jacques Chevalier, fue dada esta gloria envidiable de resucitar a uno de estos hombres con el que tuvo trato habitual: un an­ciano desconocido de todos que ni siquiera podría imaginar que quedase la menor huella de su paso por este mundo, un pobre lazarista a quien ninguna cien­cia, ni la filosofía, ni la exégesis eran extrañas, cono­cedor del hebreo y del griego, dotado de una memoria casi monstruosa, hasta el punto de que, privado de la vista, encontraba en el interior de sí la mayor parte de los textos de que tenía necesidad, las referencias, la página misma y la nota al pie de la página. Antes de que Dios le hubiese puesto a prueba, no dejándole otra claridad que esa luz interior que deslumbraba los ojos ciegos del viejo Tobías, sus superiores le habían impedido la enseñanza. De ningún modo puede con­siderársele modernista; pero este religioso, obediente hasta la muerte, sabía lo que significaba permanecer, en el amor de la Iglesia, en la sumisión más filial, una criatura noble y libre. Ni una sola queja, ni aun un resquicio de murmuración aparece en las palabras re­cogidas por sus discípulos.

Estos Diálogos con el padre Pouget, que acaba de publicar en Grasset, pueden ser comprendidos y gus­tados por los lectores que ignoran el Retrato del padre Pouget, aparecido en 1941 en Gallimard. Pero ¡cuán­to deseo que remonten a este Retrato! Recuerdo bien la ganancia de este libro, en los días más negros de la ocupación.

Por entonces, una taza de buen café, una rebanada de pan blanco tenían un sabor penetrante, inde­cible. Cada cosa había recobrado su valor exacto, era Lima maravilla absoluta. Pero ¡y un buen libro! ¡Y un verdadero libro! Apenas podemos imaginarlo hoy, en medio de las enormes oleadas de papel impreso que nos sumergen cada mañana, con toda esa espuma de aberraciones y de crímenes en la que consumimos nuestros esfuerzos, nosotros precisamente que somos del oficio y que tratamos de mantener las narices y la boca por encima de la inmundicia; sí, apenas po­demos imaginar lo que significó para nosotros, en 1941, este Retrato del padre Pouget, este libro que entraba tan ligero como una paloma en la casa en que teníamos frío e incluso un poco de hambre, este libro que era alguien. Yo no conocía ni su nombre ni siquie­ra el de su introductor. Este desconocido nos llegaba del otro mundo, para devolvernos la confianza en el espíritu humano, iluminado por la Gracia. Este santo genial nos descubría repentinamente el reverso de la inmunda historia hitleriana, que vivíamos hasta la náusea…

Jean Guitton ha traído desde el umbral de la muer­te a este viejo lazarista ciego. Lo conduce hasta su antigua celda de la calle de Sévres, donde penetramos con ellos; y oímos hablar a este muerto que vivió toda su larga vida fuera del mundo, a cubierto de set polí­tica, de sus teatros y de set gloria, que él dominaba; y sin rechazarlo, ni aun condenarlo, lo sometía a crí­tica.

Este gran sabio nos recuerda a cada instante que lo que estamos obligados a creer, nosotros, los católi­cos, puede resumirse en pocas palabras, ya que todo lo demás es conjetura. Este santo obedecía con los ojos abiertos, no obstante su ceguera, sometido en todo a la Iglesia, a la que amaba con una pasión lúcida, aunque hubiese sufrido por ella y por ella hubiese recibido quebranto. Es ahora quizá cuando comienza su verdadera misión. El padre Pouget es un santo para nos­otros. Y no parece obra del azar que otro de sus pri­meros discípulos, que iba, como Jean Guitton, a sen­tarse a sus pies en la celda de la calle de Sévres, se llamase Emmanuel Mounier, llevado hasta él con mu­chos más de la mano de Jacques Chevalier.

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