Benito Quintano Díaz (1861-1936)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elías Fuente · Fuente: Elías Fuente 1942.
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Biografias Paúles¡Pero, hombre, Padre Quintano, con un gabán a cuestas en pleno verano! Y una sonrisa anodina fue la respuesta.
Venga por aquí, que hace mono3 calor y está el ambiente menos enrarecido: se puede respirar. Mire, siéntese aquí. ¡Pobre! Cuénteme…
Y se sentó, pero dejó caer la cabeza, como si no pudiera continuar el esfuerzo para mantenerla tiesa, y no contaba nada.
Lo supe todo por sus compañeros el P. Teodoro Gómez y el H. Borja. Era su odisea desde Valdemoro a Madrid.
Mientras me lo contaron,, llegó el rancho. No coman de ello, les dije, que aunque no está malo, todos tienen que comer en los mismos platos, sin lavar. Luego vendrá de una fonda un individuo con bocadillos y leche, y les compraré lo que quieran, que tengo dinero suficiente; no me lo han quitado, y eso que me acaban de dar el paseo; cosa rara, pero, en fin…
Mas el camarero no vino aquella noche, y yo, inquieto y nervioso. Me volví desconsolado adonde había dejado al buen, P. Quintano, y me lo encontré comiendo un buen plato de paella.
¿Pero no le da asco? Un ¡je!, la sonrisita consabida y adentro otra pella de arroz.
Tenía lugar esta escena en los calabozos hórridos, indignos, vergonzosos, sólo explicables como mazmorras argelinas, de la Dirección General de Seguridad, calle de las Infantas, en la tarde del día 26 de julio de 1936. Al ser echada en aquel mismo día de su residencia de Valdemoro la comunidad de PP. Paúles, los tres aludidos fueron conducidos a Madrid en una camioneta escoltada por milicianos, y sin que en el camino se registrara ningún incidente lamentable, fuera del natural dolor que les hubo de producir el escuchar a otros milicianos, con los cuales se cruzaron en el camino y que iban por el resto de la comunidad, que aquella tarde iba a ser divertida—lo que dejaba en-trever sus aviesas intenciones—fueron entregados ellos a la autoridad y ésta ordenó su reclusión.
Es de notar aquí que el P. Quintano continuaba perteneciendo a la Casita de la calle de Lope de Vega en Madrid, y sólo unos días llevaba en Valdemoro, adonde se había retirado por razones de seguridad para su persona, pues a ello impulsaron los continuos sobresaltos a que estaban sometidos quienes en aquellos días luctuosos vivían en la capital, y que si se hacían duros y sumamente molestos para todos, a los de avanzada edad como el P. Quintano (75 años) les hacían la vida imposible.
El día 28 del mes de julio, el P. Quintano y sus dos compañeros fueron conducidos en coche celular a la cárcel de Ventas, considerada entonces como un mal menor y hasta como un remedio a posibles y probables fatalidades, pues horas antes a uno de los detenidos en los calabozos de la Dirección le, había dicho el mismo Director de Seguridad, en, calidad de amigo, que el único lugar seguro para él, en Madrid, era la cárcel, y que, entre todas, era preferible la de Ventas.
A los dos días, tuvo el consuelo de ver entrar en su «hotel» a los demás de la comunidad de Valdemoro; y decimos con suelo porque ya se les daba por muertos.
Pasó el verano y se echó encima el crudo invierno. El Padre Quintano continuaba en la cárcel, y mientras otros se aterían de frío, él bonitamente se abrigaba con el gabán de marras.
Pero el dichosa gabán se vengó del dueño, por no haberlo dejado descansar: convirtióse en semillero de miseria; por él corrían «los trimotores» y acampaban libremente, sin que ce les ocurriera levantar el vuelo. El pobre anciano se fue quedando sin vista y no había quien le hiciera una caridad tan necesaria y urgente. Mancomunados con el hambre, la pesadumbre y los achaques, los parásitos redujeron, al infeliz a la tercera parte de lo que era en lo físico, al entrar en la cárcel.
El 11 de diciembre de aquel año 1936 le dieron libertad, a las seis de la tarde. Durmió aquella noche en casa de una bue no mujer de antiguo por él conocida, en, la calle Valverde. Reanimado por el cuido, reposo y el buen yantar, a la tarde del día siguiente, 12, con inconsciencia senil, tan vista en aquel entonces, el P. Quintano dijo que se iba a la cárcel, a pedir que la Administración de la misma le devolviera -no sé qué dineros de que se había hecho depositaria. No le dejó marchar solo la buena señora y le acompañó hasta la plaza de Manuel Becerra; que de allá no se atrevió a pasar: a la boca del Metropolitano le estuvo esperando… y el P. Quintana no volvió.
No se eche en olvido que los alrededores de las cárceles, singularmente la de Ventas, estaban infestados de milicianos, quienes lo menos que hacían era desvalijar a los que llevaban algo para los presos, si es que no les daban, «el paseíto». Y el P. Quintano, incauto, les diría incluso lo que le llevaba por allá. De presumir es que le dejarían cobrar y después… se cobraron, y el sórdido interés, en comandita con el odio recon-centrado y el furor diabólico, llevólos una vez más al desprecio de la vida ajena.
Aquí terminan, nuestras noticias. Para acabar la historia compendiada, allá van datos escuetos que recorren el largo vivir. Nació el P. Benito Quintano Díez en Lodoso (Burgos), el 3 de abril de 1861, siendo sus padres Andrés y Jacoba. Estudió latín en la ciudad de Burgos, primero, y en el pueblo de la misma provincia llamado Los Ausines. Profesó de Misionero el 14 de mayo de 1879. Cursó la carrera eclesiástica en Madrid, excepción, hecha del último año de Teología, que lo hizo en Cuba, adonde fue destinado en 1882 en calidad de profesor del Seminario de La Habana. En esta ciudad recibió las Ordenes Menores y el Subdiaconado el 20 de enero de 1884; de Diácono, el 20 de diciembre de dicho año, y de Sacerdote el 4 de abril de 1885. A fines de éste, pasó a la residencia de la Merced, en la misma ciudad, y en 1892, a Santiago de Cuba. Regresó en 1895 a España, falto de salud. Hasta 1902 estuvo en la Casa Central de Chamberí, y, desde este año, siempre en la de la calle de Lope de Vega, de capellán del !leal Noviciado y confesor de Hermanas en otras casas de la capital.
Fueron cualidades relevantes en él la humildad y la sencillez. Era cortito de talento, pero aplicado. A pesar de todo, nunca picó alto; él no dejaba de reconocerlo y aun de decirlo. Fueron profesores suyos en Filosofía el P. Arambarri, y el H. Hojas, de Teología.
Para terminar, diremos una ejemplaridad de la cual fuimos testigo. Salíamos de la cárcel unos cuantos y él hizo no sé qué pregunta inocente e incluso simple a un cohermano; éste, nervioso o despectivo, le contestó de mala manera, y el P. Quintana, creyendo haber cometido una indiscreción y sen-tido por la molestia que parecía haberle causado al interrogado, con mucha naturalidad y espontáneamente se humilló muy mucho y le pidió perdón. Realmente, la falta fue del otro; pero él se apresuró a llevarse el mérito. Le faltaban menos de veinticuatro horas para presentarse ante Dios. Quizá fuera el último toque de perfección para pulimentar el rubí de su alma de mártir.

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