Argel y el cautiverio de San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: R. Gleices, C.M. · Año publicación original: 1893 · Fuente: Anales españoles.
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Carta del Sr. R. GLEICES, sacerdote de la misión, al Sr. FIAT, Superior general.

Archivos del consulado de Juan Le-Vacher, encontrados en Túnez. —Aras con­sagradas por el Sr. Le-Vacher. — Lugar del cautiverio de San Vicente en Túnez.

REVERENDÍSIMO PADRE:

En el último mes de Agosto fui a Túnez por no haber podido hacer este viaje durante el curso escolar. El resulta­do de mis investigaciones, y sobre las cuales vos mismo os interesáis, me ha parecido providencial. Ahí van algunos pormenores.

Mis deseos eran encontrar los archivos referentes al con­sulado de nuestro hermano de Congregación, el Sr. Le­Vacher. Es verdad que hacía ya dos años se me venía di­ciendo que todos los papeles de aquel tiempo se habían per­dido; pero yo respondía á esto que el autor de los Anales tunecinos, impresos en 1864, consignaba los títulos que el

Le-Vacher tomaba en los actos oficiales; señal, pues, de que él había visto estos papeles en alguna parte.

Me presenté en el palacio de la Residencia en Túnez, autorizado, al cabo de un año, por un permiso del ministro de Negocios Extranjeros. Allí se me dijo que por estar ausen­te el Sr. Residente (o encargado del Gobierno), Sr. Massi­cault, era menester entenderse con el encargado de negocios, que se encontraba en su casa de campo en Marsa. Monseñor Gazaniol, a cuya casa había yo ido, tuvo la cortesía de avisar a dicho señor por teléfono.

Al día siguiente, el archivero, después de haberme casi disuadido de emprender todo trabajo, consintió á fuerza de instancias en enseñarme los archivos, asegurándome que los más antiguos documentos databan del año 1681, mien­tras que el Sr. Le Vacher había ejercido su consulado en Túnez desde el año 1648 al 1666. Recorrí los libros de re­gistro, aunque eran posteriores al tiempo de dicho señor, y a pesar de esto encontré algunas piezas interesantes. Con­cluí mi trabajo a los cuatro días, por lo cual ya tenía resuelto volver a Argel. Sin embargo, en el momento de abandonar definitivamente la sala de los archivos, como faltaba aún media hora para cerrar las oficinas, tuve la idea de abrir de nuevo un mazo de papeles, donde se encontraban dos o tres inventarios de diversas piezas y registros, y topé con uno que hasta entonces no había encontrado. Tenía la data en 1840, y decía en su primera línea:

«1º—Catorce antiguos registros que comienzan en el año 1588».

Sentí como una especie de alegría, y me decía a mí mis­mo: «¡Pues no habrán sido quemados estos antiguos docu­mentos!»; y por la décima vez volví a registrar atentamente todos los armarios.

Llegué al último sin haber encontrado nada. Los bajos de este armario estaban llenos de papeles viejos; mas estos papeles databan solamente desde principios de este siglo, y parecían antiguos sólo por estar húmedos.

En lo alto del armario, gruesos legajos envueltos con cu­biertas rojas no contenían, según mis anteriores investigacio­nes, más que documentos de cuentas. Por otra parte, esta etiqueta estaba puesta al margen: «Negocios de Krumirs»; no era, pues, para dar muchas esperanzas.

Sin embargo, uno de estos legajos llamó esta vez mi atención; le tomé, y era uno que contenía los registros de las actas notariadas (autorizadas por escribano público) del Sr. Le Vacher. En seguida encontré fácilmente los otros vie­jos registros notados en el inventario. Esto se celebró como un acontecimiento en la Residencia.

El archivero, un poco sorprendido (es conveniente decir­lo), me dio las gracias excusándose con que sus ocupaciones ordinarias no le dejaban más que un poco de tiempo para consagrarlo al archivo, y me rogaba le diera algunas indica­ciones para hacer una clasificación. Sobre todo, el encarga­do de negocios, el director del gabinete y el vicecónsul, se mostraron contentos y decían: «Usted acaba de encontrar un tesoro, cuya existencia nosotros ignorábamos.» Trataron entre sí de llamar á un escribiente para hacer inventario de cada uno de los registros y hacerle imprimir.

A contar desde este día, durante otros veinte recorrí hoja por hoja ambos documentos, cada uno de cerca de mil pá­ginas, y que contenían el consulado del Sr. Le-Vacher. Había que descifrar algunos capítulos que algunas veces eran ilegibles, escritos unos en francés, otros en italiano, y co­piaba aquellos que presentaban algún interés particular. Para hacer esto fui ayudado de uno de nuestros seminaristas que pasaba las vacaciones en Túnez.

Transcribí así 160 páginas en folio, las cuales procuraré arreglar, para que se conserven en los archivos de la ca­sa-madre, luego que haya podido copiarlas en limpio, y serán muy útiles para la primera parte de la vida de Juan Le-Vacher. Fáltame aún referir otro encuentro providencial.

La víspera de mi partida de Túnez fui á despedirme del señor cura de la parroquia de Santa Cruz. Tardóse algo en abrirme, y yo me entretenía mirando unas antiguas lápidas de mármol que estaban arrinconadas en el patio de la casa del señor cura. Vi una piedra de altar; y como no viese yo el sepulcro de las reliquias, la tomé en mis manos para mi­rarla con más atención. Considerad cuál sería mi sorpre­sa cuando, al volverla, vi que era una ara consagrada por Juan Le-Vacher, que sirvió en la capilla consular dedicada á San Luis. En efecto, tenía la fecha de 1655; alrededor del sepulcro, que estaba colocado en la parte superior, se en­contraban grabadas estas cuatro letras: S. L. R. F. (Sanctus Ludovicus rex francorum). En este momento se me abrió la puerta, mostré dicha lápida al señor cura y le rogué me permitiera llevármela, lo que me concedió de buen grado.

Esta es la tercera ara que poseemos de nuestro santo her­mano de Congregación. La segunda tiene la misma fecha de 1655, y las letras S. A. (Sanctus Antonius), pues fue de la capilla de San Antonio, y se encontró en el palacio de Su Eminencia el cardenal Lavigerie en Marsa, cerca de Cartago. La primera es la que á vos mismo os regala Su Eminencia, y que habéis hecho colocar en el relicario de la casa-madre. La encontró en Sfax , el ;año 1886, Monseñor Polonnéni, actualmente obispo titular de Ruspe, y tiene esta inscripción : MDCLXXIII Juni 13 a Dno Joanne le Vache consecrata.

He traído además de Túnez el plano del antiguo Fon­douck francés (consulado y residencia de los mercaderes) edificado por el Sr. Le-Vacher, y fotografías de algunos mo­numentos que pueden recordar la memoria de nuestro san­to misionero.

Además de estos trabajos me he ocupado en investigar el lugar donde nuestro santo fundador fue vendido.

Es, en efecto, ésta una cuestión que he intentado dilu­cidar cien veces. ¿Se sabe en qué plaza fue expuesto á la venta San Vicente de Paúl, y dónde se encuentra la hacien­da del renegado convertido por el Santo?

Sobre el primer punto no me queda ya resto de duda. El examen de los lugares y los pormenores que el mismo Santo nos dejó, manifiestan que fue vendido junto a la puerta de la Marina, hoy puerta de Francia.

El Santo, en efecto, dice en la carta en que cuenta su cautividad: «Nos hicieron dar cinco o seis vueltas por la ciu­dad de Túnez con la cadena al cuello; nos volvieron a la barca para que los mercaderes nos viesen comer, y conocie­sen que no eran mortales nuestras heridas. Hecho esto, nos volvieron a la plaza, donde fueron los marcaderes para examinarnos del modo que se hace cuando se compra un caballo  buey».

Trátase, pues, de saber si el bajel en cuestión quedó en la Goleta donde anelaban las grandes naves, a 16 kilómetros de Túnez, o bien si estaba en la bahía, que dista sola­mente unos cuantos centenares de metros de la ciudad. En el primer caso, San Vicente sería expuesto, según yo pien­so, en la plaza de Cartagena, la más cercana en línea recta de la Goleta. Mas del contexto de la carta se deduce que la barca se encontraba muy cerca de la ciudad, puesto que no es probable que los mercaderes tunecinos anduvieran 16 kilometros sólo por ver comer a los esclavos.

Por otra parte, la bahía de Túnez tenía entonces bastan­te profundidad, de modo que las grandes embarcaciones podían venir desde la Goleta a la ciudad. Los ancianos habitantes de este país me han dicho que recuerdan haber visto alguna vez llegar grandes barcos con cargamentos muy pesados. Así, pues, la barca de los piratas se hallaba en el pequeño puerto situado en el lago.

A la entrada del puerto, y fuera de la puerta de la Mari­na, se encuentra un gran espacio de terreno llamado sim­plemente «la plaza», y que sola ella merecía este nombre com­parada con las otras plazas de la ciudad, de las cuales muchas han sido agrandadas y regularizadas, según testifican los ancianos de Túnez.

Este es, sin duda ninguna, el lugar donde fue vuelto San Vicente de Paúl desde la nave. Aquí es donde le hicieron caminar, trotar, levantar pesos y luchar; aquí es, en fin, donde fue vendido.

Esta plaza, comprendida en el barrio europeo, existe aún en gran parte y forma la mitad de la calle de Francia. El centro está un poco más elevado, y serviría perfectamen­te para la erección de una estatua á San Vicente de Paúl.

Más difícil es determinar el lugar del campo donde San Vicente fue dedicado a las faenas agrícolas. Él nos dice sim­plemente que estaba en la montaña, donde el país es extre­madamente caliente y erial. Por otra parte, debía estar bastante lejos de Túnez, puesto que se quería sustraerle a las investigaciones del Cónsul, que venía a rescatar a los escla­vos franceses.

Todo induce a creer que la hacienda del renegado de Niza estaba en el promontorio del cabo Bueno, más allá del golfo de la Goleta. Allí termina la cadena de montañas propiamente dicha que dividen a Túnez de sudoeste a nordeste. El país es desierto, y apenas se encuentran haciendas sino de trecho en trecho bastante separadas. Por otra parte, este terreno se encuentra muy cerca del mar y a una grande distancia de Túnez, y fue fácil al renegado convertido preparar una embarcación y fugarse con su esclavo sin ser descubierto.

Estando aún en Túnez, he visto comenzar los trabajos de la catedral dedicada a San Vicente de Paúl. La edifican en la calle de la Marina, la cual el Santo anduvo con una cadena al cuello, y muy cerca del lugar donde fue puesto en venta. El empresario se ha obligado a terminarla en dos años.

Monseñor Gazaniol, encargado por Su Eminencia el car­denal Lavigerie de esta construcción, desearía ver a los hijos de San Vicente contribuir a la erección de este monumento destinado a glorificar a su Padre en el lugar de sus padecimientos; pero yo no tenía misión vuestra para hablar. Se ha adoptado para este edificio el estilo romano de los mejores tiempos. Encima de la puerta, un gran bajo relieve represen­tará a un lado al cardenal Lavigerie, y al otro a San Vicente presentándole esclavos. He rogado al arquitecto ponga detrás del Santo a los misioneros que él envió á Túnez: Julián Guerin, Juan Le-Vacher y el hermano Francisco Franci­llón. Este pensamiento ha sido acogido.

Soy, Reverendísimo Padre, en el amor de Nuestro Señor y de su inmaculada Madre, vuestro afectísimo y respetuoso hijo. R.Gleices.

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