Aportación del carisma vicenciano a la Misión de la Iglesia (4)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Corpus Juan Delgado, CM · Año publicación original: 2015 · Fuente: Vincencianismo y Vida Consagrada, (XXXIX Semana de Estudios Vicencianos), Editorial CEME, Santa Marta de Tormes, Salamanca, 2015, p. 405-450..
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4.- La salvación de los pobres en el centro de la Misión de la Iglesia.

San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac compartieron la misma experiencia: los pobres son los miembros de Cristo y, por tanto, de la Iglesia. En la Iglesia, Cuerpo de Cristo, los pobres ocupan el lugar más destacado, son nuestros maestros. La salvación de los pobres constituye el centro de la Misión de la Iglesia.

Porque descubre a los pobres como miembros de Jesucristo, Santa Luisa, hija de la Iglesia, no duda en consagrar todas sus energías para servirlos. A las Hijas de la Caridad, Hijas de la Iglesia, les enseña cómo ha de ser el servicio de los pobres, que es la razón de ser de su vida y de su vocación.

Más aún, Santa Luisa entiende que la misión de la Iglesia sobre la tierra consiste en servir a los pobres. Me parece que éste es el sentido de la carta escrita el 18 de julio de 1656 a sor Carcireux. Santa Luisa distingue la misión de la Iglesia militante (servir a los pobres) de la misión de la iglesia triunfante (unión íntima con Dios). Y concluye que corresponde a la Iglesia militante “trabajar en el servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, por amor de Jesús Crucificado”:

Mientras estemos en la Iglesia militante, preciso nos será combatir; si la bondad de Dios nos hace misericordia y llegamos a la Iglesia triunfante, entonces será cuando alcancemos plenamente esa unión íntima con El, que en esta tierra no podemos poseer por completo. Trabajemos, pues, en el servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, por amor de Jesús Crucificado1.

San Vicente de Paúl, distanciándose de las eclesiologías dominantes en su tiempo2, contempla y experimenta a la Iglesia como continuadora de la misión de Jesucristo. Por supuesto, se mantiene dentro de la doctrina eclesiológica enseñada en los manuales3 y no quiere apartarse ni lo más mínimo de lo que la Iglesia enseña4. Pero la originalidad de Vicente de Paúl en su visión de la Iglesia radica en considerarla como una realidad histórica, itinerante, misionera, y al servicio de los pobres, como continuadora de la misión de Cristo que es5.

Por ello, Vicente de Paúl no pondrá el acento en la jerarquía, ni en el adorno exterior o el brillo. Para Vicente, «la Iglesia es ante todo el pobre pueblo que pide ayuda, ese «pueblo bueno» que Vicente había encontrado ya y con quien se había sentido identificado mientras era párroco en Clichy, cerca de París. Al servicio de este pueblo van a entregarse él y los suyos. Hablando de los humildes y de los más pobres, dirá: Nuestros señores y nuestros maestros… ellos nos representan a Jesucristo, abriendo así una nueva perspectiva en la teología del cuerpo místico»6.

La Iglesia no está ni en la seda ni en el oro de los príncipes-obispos o de los abades, sino en la carne y sangre, en los sufrimientos, en las lágrimas del pueblo. El pueblo de Dios está aquí, asociado sin saberlo al misterio de la vida, de los sufrimientos, de la muerte del Hijo de Dios, en la espera de su gloria. Llamado al Consejo de conciencia, Vicente de Paúl se acordará de esta Iglesia cuando se trata de nombrar obispos para el servicio del pueblo de Dios y en primer lugar de los pobres7.

Para Vicente de Paúl, la misión de la Iglesia no es otra que la de continuar la obra de Cristo, hacer lo que Él hizo en la tierra, cooperar con Él en la salvación de los hombres. Esta relación estrecha entre Cristo y la Iglesia queda patente en las expresiones vicencianas utilizadas para referirse a la Iglesia: «Esposa del Salvador»; «esposa de Jesucristo»8; «Viña del Señor»9; «Mies», que requiere obreros10; «Cuerpo místico».

Todos los hombres componen un cuerpo místico; todos somos miembros unos de otros. Nunca se ha oído que un miembro, ni siquiera en los animales, haya sido insensible al dolor de los demás miembros… Es imposible. Todos nuestros miembros están tan unidos y trabados que el mal de uno es mal de los otros. Con mucha más razón, los cristianos, que son miembros de un solo cuerpo y miembros entre sí tienen que padecer juntos. ¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido al hermano sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Esto es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad, es ser peor que las bestias11.

Dentro de este cuerpo que es la Iglesia, los pobres son «los miembros afligidos de nuestro Señor«12.  La evangelización de los pobres es el criterio y el signo verificador de que el Espíritu Santo guía a la Iglesia13.

Los estudiosos no dudan en afirmar que fue Bossuet quien mejor recogió las intuiciones vicencianas sobre la centralidad de los pobres en la Misión de la Iglesia.

Jesucristo ha venido al mundo a restablecer el orden que el orgullo había quebrantado. En el mundo, los ricos ostentan los primeros rangos; en el Reino de Jesucristo, la preeminencia corresponde a los pobres, que son los primeros y verdaderos hijos de la Iglesia. En el mundo, los pobres están sometidos a los ricos y los sirven; en la santa Iglesia, los ricos sólo son admitidos a condición de servir a los pobres. En el mundo, todos los privilegios son para los poderosos y para aquellos que les apoyan; en la Iglesia de Jesucristo, las gracias y las bendiciones son para los pobres, y los ricos no tienen privilegio alguno a no ser por medio de los pobres14.

A los miembros de la Familia Vicenciana nos agrada, por eso, escuchar al Papa Francisco:

El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo ‘se hizo pobre’15.

De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad16.

Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo17.

Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica especialmente con los más pequeños (cf. Mt 25,40). Esto nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra18.

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  1. C. 542.
  2. A. DODIN no duda en afirmar: «¿Qué es lo que caracteriza la presentación de la Iglesia para san Vicente? Que ella es totalmente diferente de la eclesiología de inspiración «romana». Yo pienso aquí en aquella Iglesia que se desprende de los tratados del Cardenal Belarmino, de san Pedro Canisio: una Iglesia jerárquica, estable y vertical. En la cumbre, en la punta de la pirámide, el Papa, luego los obispos, los sacerdotes y en lo bajo, los laicos. Vicente de Paúl no tiene esta visión y no es el único. A. Dodin. Lecciones sobre vicencianismo. Ceme, Salamanca 1978, 66-67.
  3. Cf. SVP VI 265.
  4. Cf. SVP XI 730.
  5. A. Dodin, o.c., 67.
  6. A. Sylvestre. Saint Vincent el L’Eglise: Monsieur Vincent, témoin de l’Evangile. Animation Vincentienne, Toulouse 1990, 126.
  7. San Vicente de Paúl y la Iglesia: ANALES (1974), 75.
  8. Cf. SVP I 557; III 165, 181; XI 451-452.
  9. Cf. SVP V 100, 165, 438; VII 246, 461; VIII 52, 115.
  10. SVP VIII 114; IX 734.
  11. SVP XI 560-561. Cf. SVP XI 233.
  12. SVP I 158.
  13. Cf. SVP XI, 730.
  14. A. Sylvestre, o.c., 7-8.
  15. Francisco. Evangelii Gaudium, o.c., 197.
  16. Id. 186.
  17. Id. 187.
  18. Id. 209.

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