Anunciar la buena noticia de la salvación siguiendo las huellas de San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Emeric Amyot d'Inville, C.M. · Traductor: Bernardo García, C.M.. .
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Misioneros, una de nuestras primeras responsabilidades consiste en tratar de fortalecer la fe de las gentes, a menudo desorientadas, poco creyentes, tentadas por las sectas, o, a veces, increyentes y en busca de fe. Se trata pues de anunciar la buena nueva de Jesucristo, muerto y resucitado, por nuestra salvación. Dicho en otros términos, se trata del kerigma, anunciado por la Iglesia, desde el día de Pentecostés, y, de ahí, presentar la fe de manera global, para que nuestros contemporáneos comprendan mejor su fe, y vivan en coherencia con ella. Este anuncio de la fe, en la misión popular, a partir de su centro, Cristo muerto y resucitado para nuestra salvación, será el tema de hoy. Mañana veremos otro aspecto: la moral y la conversión de vida.

La reflexión que les propongo partirá de la experiencia de san Vicente para quien este aspecto fue absolutamente central en su ministerio misionero. Deseo que la experiencia y la enseñanza de nuestro fundador nos ayuden a reflexionar hoy sobre una dimensión de la misión popular que no es siempre evidente, pero, a mi manera de ver, debería ser siempre fundamental. Seguidamente, el equipo misionero de Irlanda nos propondrá une reflexión sobre el anuncio de la fe en el contexto cultural y social de su país.

l. Una situación de ignorancia religiosa

San Vicente, como lo hemos visto un día de estos, quedó impresionado por la profunda ignorancia en la fe de las pobres gentes del campo, abandonados por la Iglesia, hasta el punto que creía que su salvación eterna estaba en peligro. «La ignorancia del pobre pueblo, una ignorancia casi increíble» (XI, 387) dijo a sus misioneros. «No saben cuantos dioses hay, ni cuantas personas en Dios» (XI, 588-589) escribía. Los relatos de misiones detallan con profusión esta ignorancia profunda: «Preguntarles si había un sólo Dios, escribía Etienne Blatirón de Córcega, o si había varios, y cuál de las tres divinas personas se había hecho hombre por nosotros, era hablarles en árabe» (IV, 386). Se podrían multiplicar los ejemplos, ya que los relatos de misiones abundan en descripciones de la situación lamentable de la gente del campo, bautizados por la Iglesia Católica, pero sin conocer ni vivir de la fe. Por eso, sobre todo en ciertas regiones, muchos se pasan al protestantismo, «por no haber oído hablar de Dios, según dicen, en la iglesia de los católicos», deplora San Vicente (I, 427).

¿Por qué esta ignorancia religiosa es grave? San Vicente da la respuesta siguiente a sus misioneros : «¿Cómo puede creer, esperar y amar un alma que no conoce a Dios ni sabe lo que Dios ha hecho por su amor? ¿Y como podrá salvarse sin fe, sin esperanza y sin amor? (XI, 387-388). Hay pues que anunciar a Cristo Salvador.

2. Anunciar la buena nueva de la salvación

Para san Vicente el medio para remediar esta situación fueron las misiones populares: «Por eso, Dios, dice San Vicente a sus cohermanos … quiso en su gran misericordia, poner remedio a esto por los misioneros, mandándoles hacia estos pobres para que se salven«. Mas adelante continua diciendo: «Pues bien, Dios, dice san Vicente a sus cohermanos, ha querido, por su gran misericordia, poner remedio a esto por medio de los misioneros, enviándolos para poner a esas pobres gentes en disposición de salvarse. Y un poco más adelante, continúa: ¡Oh Salvador!… Tú has suscitado una Compañía para esto: la has enviado a los pobres, y quieres que ella te dé a conocer a ellos como único verdadero Dios, y a Jesucristo como enviado tuyo al mundo, para que por este medio, alcancen la vida eterna (XI, 388). La salvación viene por medio del conocimiento del único verdadero Dios y de su Hijo Jesucristo, el Salvador. Este es el centro de la fe, centro de la catequesis misionera, a fin de que creyendo y viviendo esto, quienes le acogen tengan vida nueva, la vida eterna.

Ya se sabe que, San Vicente propuso como objetivo a sus misioneros en las Reglas Comunes el recorrer, a ejemplo de nuestro Cristo mismo y de los apóstoles, los pueblos y las aldeas y repartir en ellos a los humildes el pan de la palabra divina con la predicación y la catequesis (R.C. 2). La predicación, citada en primer lugar, trataba temas de orden moral para remediar cantidad de desórdenes en la vida personal, familiar y social de las gentes, a menudo alejada del ideal evangélico. El catecismo, por su parte, tiene como objeto la transmisión de la fe. Es este último el que nos interesa aquí, pues es lo mas importante a los ojos de San Vicente, quien escribía en 1638: «se advierte que todo el fruto viene de allí (del catecismo)» (I, 441). Porque por este medio se fortifica y construye la fe de las gentes.

El catecismo tiene concretamente como objeto el anuncio de los principales misterios de la fe (Trinidad, Encarnación, Eucaristía), así como los mandamientos de Dios, el credo y el pater. Los misioneros tenían que explicarlos de la manera mas sencilla posible, poniéndose a la altura de estas personas humildes y sin formación intelectual. Desgraciadamente, solo tenemos un escrito de las catequesis que daba San Vicente. Se trata de una catequesis sobre la Trinidad, dada a los pobres del «Nombre de Jesús», durante el verano de 1653: (X, 200-205). Es maravillosa. En ella, están reproducidos los pacientes diálogos de San Vicente con todos ellos, y las sencillas y elocuentes ilustraciones que escogía, para comunicar su mensaje.

Una lectura superficial de san Vicente podría llevarnos a creer que, por el «catecismo» él y los misioneros, se contentaban en hacer un adoctrinamiento religioso, haciendo aprender de memoria, más o menos bien, las principales verdades abstractas, a personas incapaces de recibir el mensaje de salvación. No es imposible que los misioneros tuvieran esa tendencia, o que insistieran demasiado sobre el miedo, las amenazas del infierno si no se sometían, como eran corriente esa exageración en esa época.

Sin embargo, la intención profunda de San Vicente, y su práctica muy probablemente, eran muy distintas. Para él, se trata de anunciar la buena nueva, como lo hizo poner en el escudo de la Congregación: «me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres«. Es una vida nueva, un amor que libera, venido de Cristo, y que tenemos que vivir con Dios y con el prójimo. Es el fuego del amor de Dios y del prójimo, que nos viene directamente de Jesús, y que tenemos que comunicar. Tenemos que inflamar el mundo, decía a sus misioneros: «Nuestra vocación, por tanto, consiste en ir, no a una parroquia, ni a una diócesis, sino por toda la tierra; ¿para qué?. Para abrazar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para infamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo consuma todo? Mis queridos hermanos, pensemos en esto, pensemos un poco en ello, si os parece. Es cierto que yo he sido enviado, no solo para amar a Dios, sino también, para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo. He de amar a mi prójimo como imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que a su vez los hombres amen a su Creador, que les conoce y reconoce como hermanos, que los ha salvado, para que, con una caridad mutua también ellos se amen entre sí por amor de Dios, que los ha amado hasta el punto de entregar por ellos a la muerte a su único Hijo» (XI, 553-554). He aquí el objetivo de la misión. Esta comienza por la proclamación de la buena nueva del amor de Dios en Jesucristo.

3. El evangelizador tiene que haber hecho, él mismo, una experiencia de salvación en Jesucristo

Pues bien…¿cómo podría yo llevar este fuego divino, si no arde en mi, misionero? Es imposible. Sería un guía ciego guiando a otros ciegos. Por eso, San Vicente declara : «Pues bien, si es cierto que hemos sido llamados a llevar a nuestro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios, si hemos de inflamar con él a todas las naciones, si tenemos la vocación de ir a encender este fuego divino por toda la tierra, si esto es así, ¡cuánto he de arder yo mismo con este fuego divino!…No se puede dar lo que no se tiene (XI, 554).

Efectivamente, San Vicente, cuando anuncia la buena nueva de la salvación en Jesucristo, cuando habla de su amor y de la caridad que viene de Dios, y que se extiende hasta el prójimo, habla con conocimiento de causa. Sabemos que experimentó la salvación que da Jesucristo, desde una situación de fracaso personal y de angustia espiritual. Su vida, en un momento dado, se transformó, y se abrió a Dios y al prójimo en una entrega total. Es lo que podemos llamar su conversión. Ya conocemos este acontecimiento. Recordemos, sobre todo, que durante muchos años, su vida estuvo centrada sobre sí mismo. Buscó bienes materiales y éxito social, corrió tras los beneficios eclesiásticos y las ventajas personales que le venían por frecuentar a los grandes de este mundo. No encontró nada más que vacío y desilusión, de tal manera que buscó un director espiritual, el Señor de Berulle, para salir de esta situación. Este período terminará con una larga y dolorosa crisis espiritual en la que dudará de los fundamentos mismos de su fe: una noche de la fe que duró cerca de cuatro años, cuando se encontraba en casa de los Gondi. Todos los actos de mortificación y de caridad pudieron alejar sus dudas. Abelly cuenta que escribió un acto de fe en un papel que aplicaba sobre su corazón como remedio específico al mal que padecía, y haciendo una confesión general de todos los pensamientos contrarios a la fe, hizo un pacto con Nuestro Señor que cada vez que pusiera la mano sobre su corazón y sobre este papel, trató de renunciar a la tentación, incluso sin pronunciar palabra ninguna (Abelly I, 167). Poco tiempo antes del acontecimiento de Folleville, según parece, San Vicente hizo el voto de consagrar toda su vida por amor del Señor a servir a los pobres. Fue entonces, cuenta Abelly, «cuando todas las insinuaciones del espíritu del mal se disiparon y desaparecieron; su corazón, que había estado durante tanto tiempo oprimido, encontró en una libertad serena; y su alma plena de inmensa luz, como dijo en ciertas ocasiones, le parecía ver las verdades de la fe con una luz especial (Abelly I, 167).

San Vicente tuvo aquí una profunda experiencia de la presencia de Jesucristo y de la salvación que él trae, experiencia que transformó su vida y que le acompañaría siempre. Pasó de las tinieblas a la luz, de la opresión a la libertad, de la angustia de la duda a la alegría y a la luz de la fe. Pasó de una vida centrada en sí mismo, a una vida entregada totalmente a Dios y a los pobres. En adelante, tendrá un conocimiento por su propia experiencia, y no sólo porque se lo han enseñado, que Cristo es el salvador, y que está presente en su vida cotidiana hasta la vida eterna. Cristo es ahora una presencia de amor y de vida. Puede proclamarlo con fuerza y potencia. Seria bueno que cada uno de nosotros nos planteáramos la siguiente cuestión: ¿Cual es mi experiencia personal de la salvación en Jesucristo a partir de la cual puedo decir que él está vivo, y que es fuente de vida y de amor?¿ Le anuncio porque me lo han dicho, o por experiencia personal?

4. Transmitir la inteligencia de la fe

En adelante, san Vicente arde en fuego divino que le empuja hacia los pobres. Puede ir a inflamar los corazones. Puede ir a anunciar a Jesucristo; sabrá encontrar las palabras, en esos diálogos sencillos con la gente, palabras que tocarán los corazones y los incendiarán de fe y de amor. No tenemos los textos de las catequesis de san Vicente sobre Cristo, pero cuando se dirige a los misioneros, llega a abrir su corazón para estimular su fe y su amor al Señor, como en la conferencia del 30 de mayo de 1659 :»Miremos al Hijo de Dios; ¡que corazón tan caritativo! ¡que llama de amor! Jesús mío, dínos, por favor, qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tormentos que has recibido. ¡Oh Salvador! ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién, ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste para exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una manera tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros, por su ejemplo y su palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención (XI, 555).

A partir de esta experiencia personal de Jesucristo, podrá desarrollar toda una catequesis viva sobre Dios, y Jesucristo salvador, como también sobre otros aspectos de la fe, para permitir su comprensión, con palabras sencillas y en diálogos familiares. Recordemos que, por medio del catecismo, el misionero explicaba los principales misterios de la fe (la Trinidad, la Encarnación, y la Eucaristía). como también los mandamientos de Dios, el credo y el pater. El misionero daba una visión de conjunto de los aspectos fundamentales de la fe, de la que presentaba una amplia síntesis para alimentar los espíritus tanto como para llegar a los corazones. Los misioneros, decía San Vicente, lo harán mucho mejor si permanecen a la escucha de Dios quien inspirará sus palabras:

«tienen que elevarse a Dios , cuando les hablen, para recibir de él lo que tengan que decirles. Pues Dios es una fuente inagotable de sabiduría, de luz y de amor; en él es donde hemos de buscar lo que les digamos a los demás (XI, 332-333).

Esta enseñanza doctrinal del «catecismo» se completaba cotidianamente con la «predicación que trataba temas con predominio moral. Se abordaban todos los aspectos de la vida personal familiar y social, para que la conversión pasase a todos los dominios de la vida concreta, y no se quedase en un amor afectivo a Dios, que si se olvidaba del amor efectivo en el servicio de los hermanos pobres y enfermos, sería muy sospechoso.»Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestras frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo ( XI, 733). En cuanto a san Vicente, no se puede sospechar de su huida en lo espiritual pues siempre tuvo el sentido del compromiso concreto al servicio del prójimo, y supo unir íntimamente, el amor de Dios y el amor del prójimo, anuncio de Jesucristo y servicio corporal de los pobres. Él nos invita a hacer lo mismo.

¿Y nosotros, hoy, que anuncio hacemos de Jesucristo, muerto y resucitado, único salvador? ¿Qué inteligencia de la fe proponemos para el mundo de hoy? ¿Nos encontramos a gusto para anunciar el kerigma, el centro de nuestra fe, como los apóstoles el día de Pentecostés? ¿Qué dificultades encontramos con las gentes a las que evangelizamos? ¿qué resistencias podemos encontrar en nosotros mismos?

Dentro de poco continuaremos nuestra reflexión escuchando al equipo misionero de Irlanda quien nos hablará del anuncio de Jesucristo en el contexto cultural de su país.

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