Antonio Portail (Segunda Parte)

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CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Fuente: Noticias de los misioneros.
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II. (1626-1631). Homenaje rendido al Sr. Portail por san Vicente

Servicios del Sr. Portail a la Compañía: en la obra de los ordenandos, de las misiones y de las visitas. -Primeros éxitos de la Congregación.- Carta de san Vicente. –Misión de Vassy por san Vicente.- Misión de Croissy por el Sr. Portail –El Sr. Lebon ofrece San Lázaro a san Vicente.- Retiro de los ordenandos.-El Sr. Portail traduce y aumenta las meditaciones de Busée.- Prefacio de este libro. Método para los ejercicios espirituales –Conferencias eclesiásticas.

Entre estos hombres elegidos, el Sr. Portail quien, después de diecisiete años, se esforzaba por seguir las virtudes de  de su maestro se muestra el más perfecto de su discípulos. Por eso todos agradecían sus méritos. San Vicente dando un día avisos a los estudiantes de San Lázaro hizo él mismo públicamente su elogio en un homenaje a la ciencia y a la virtud. Aunque no le nombrara, fue fácil a cada uno reconocer los rasgos de este humilde y sabio misionero.

«Aunque todos los sacerdotes estén obligados  ser sabio, decía el santo institutor, no obstante, nosotros estamos de modo particular obligados, por razón de los empleos y de los ejercicios a los que la Providencia de Dios nos ha llamado, tales como los ordenados, la dirección de los seminarios, de los eclesiásticos y las misiones, si bien la experiencia nos hace saber que los que hablan más familiarmente y más popularmente recogen mejores frutos. Y de hecho, mis Hermanos, añadió, ¿hemos visto alguna vez que los que se precian de bien predicar hayan hecho mucho fruto?  Se necesita sin embargo ciencia y añadió además que los que eran sabios y humildes  eran el tesoro de la compañía, como los buenos y los piadosos doctores eran el tesoro de la Iglesia«.

El Sr. Portail era verdaderamente un tesoro para la Compañía y para san Vicente, de quien fue el brazo derecho en todo lo que emprendió. Iniciado en todas las obras de caridad y de celo del Maestro hasta la fundación de la Misión, fue su auxiliar dedicado en todas las que le suscitó después la Providencia. Durante los treinta años que van a seguir, el Sr. Portail no será extraño a  ninguna de las obras importantes de las que se ocupará san Vicente. Después de ser su elección, su primer discípulo y su primer compañero, , fue su primer asistente, por elección de la asamblea que, en 1642, daba a la Compañía un compendio de sus constituciones.

Cooperador de san Vicente en la formación de la [10] Por otra parte (¿), la obra de los Ordenandos encontraba en  el Sr. Portal  a un maestro; su enseñanza sólida y piadosa y el ejemplo de las virtudes sacerdotales que brillaban en él, daban una gran fuerza a sus lecciones; todo en le hacía verdaderamente útil a los que venían a San Lázaro a buscar allí el precepto y sobre todo el ejemplo.

Como ya se sabe, no había aún seminarios en Francia; y los que debían ser promovidos a las órdenes  conocían apenas las virtudes que debían practicar; el Sr. Portail se las daba a conocer y amar. Se necesita un misionero experimentado para dirigir una misión, el Sr. Portail es también designado por san Vicente, y el Sr. Olier mismo el futuro fundador de San Sulpicio se pone bajo su dirección. Contaremos a su debido tiempo esta misión de la que el Sr. Olier nos ha dejado  el edificante relato.

Por último cuando san Vicente quiere asegurarse que reina el orden en las casas de la Compañía, o devolverlo si ha desaparecido momentáneamente, se dirige al Sr. Portail, quien va como un cualquiera y como una regla viva a visitar todas las casas y a edificarlas. Este espejo de todas las virtudes (así le llamaba san Vicente) invitaba por la dulce eficacia del ejemplo a todos los misioneros a seguir el camino del deber.

Pero volvamos a la historia de los hechos a partir de 1625. Algunos años han transcurrido desde el día en que la Congregación de la Misión ha sido fundada; algunos sacerdotes han llegado poco a poco a aumentar el número de los Misioneros, se forman en el silencio y con el fervor propio de los institutos que comienzan, a convertirse en buenos obreros.

Esto es lo que san Vicente escribe de Beauvais donde se hallaba, a finales de 1628 al Sr. du Coudray a quien había dejado en su ausencia a la cabeza de  del colegio Bons-Enfants.

¿Cómo se porta la Compañía? ¿está todo el mundo en buena disposición y bien contentos? ¿Se observan los pequeños reglamentos? ¿Se estudia? ¿Se ejercitan sobre las controversias?  ¿Se observa el orden prescrito) Os suplico, Señor, que se trabaje cuidadosamente en eso, que se trate de saberse bien el pequeño Bécam, no se puede decir qué útil es este librito para este fin. Dios ha querido servirse de este miserable (es de él de quien habla) para la conversión de tres personas desde que me marché de París; pero he de confesar que la dulzura, la humildad y la paciencia, al tratar con estos pobres descarriados, es como el alma de este bien. He debido emplear dos días de mi tiempo  para convertir a uno; los otros dos no me han costado tiempo. Yo he consentido en deciros esto para mi confusión, con el fin de que la compañía vea que si ha sido del agrado de Dios servirse del más ignorante y del más miserable del grupo, se servirá también con mayor eficacia de los demás».

Todos eran por cierto fieles, también Dios bendecía sus empleos como lo prueba una carta que recibía san Vicente a finales de ese año cuyas últimas líneas cita Abelly:

«Nuestra misión de Vassy, le dicen,  ha recibido todas las bendiciones que se podían esperar; éramos ayudados por cuatro párrocos y por otro buen eclesiástico, todos capaces y virtuosos; dos de ellos se han adaptado tan bien al método de la Compañía en sus predicaciones que, aun sin tener disposición para hablar en público, lo hacen en el presente con tanta utilidad  y con tanta facilidad como conozco entre las personas de su profesión. Los católicos a quienes la herejía había oscurecido e infectado con varias máximas malas, las han abandonado y han sido conformados en los buenos sentimientos y puestos  en un tren de vida verdaderamente cristiana, y no sólo los habitantes del lugar, sino los de cuatro o cinco leguas a la redonda, han sacado un mejor provecho«.

A finales de junio de 1630, encontramos al Sr.Portail de misión en Croissy, adonde san Vicente le escribió en estos términos «Bendito se a Dios, Señor, por haberos subido al púlpito, y quiera su divina bondad dar bendición a lo que vos enseñéis de su parte. Habéis comenzado tarde, así lo hizo san Carlos. Os deseo parte en su espíritu, y espero que Dios os dé alguna nueva gracia  en esta ocasión: deseo de todo corazón que sea la del final de vuestra carta, que es servir de modelo a la compañía, en la que nos señala la dulzura, la santa modestia y el respeto nuestras conversaciones; la atención a la presencia de Dios y el medio de adquirirlas; yo las necesito el primero, ,m pedídselas a Dios, por favor para mí».

Era el deseo del Sr. Portail ser ejemplar en la Compañía, pero todos los miembros se sentían animados por un deseo parecido, ya que el ejemplo que daban los antiguos encontraba en los recién llegados nuevos imitadores. Asimismo, cuando un extranjero tenía la suerte de ser admitido en la casa, se sentía pronto edificado. Es lo que le pasó al Sr. Lebon, prior de San Lázaro.Este santo personaje había ensayado, sin lograrlo, tratar de que san Vicente aceptara la magnífica propiedad de San Lázaro. Se había pasado toda la mañana discutiendo cuando llegó la hora de comer. «Yo como con vos y vuestra comunidad», dijo el Sr. Lebon, y se fueron al refectorio. La modestia de los Misioneros, la lectura de la mesa, el hermoso orden que se observaba, todo ello produjo en el Sr. Lebon semejante edificación y tal respeto, que concibió hacia la Compañía y su institutor una nueva estima con  un deseo cada vez más ardiente de lograr su generoso proyecto.

San Vicente acabó por ceder a sus instancias y a las de sus amigos; el Sr. Portail, testigo del desinterés de su maestro, viendo realizarse la palabra de los libros santos: «cuando se busca en primer lugar el reino del cielo, el resto se da por añadidura». La comunidad no tardó en cambiarse a San Lázaro. En esta casa, más vasta y apropiada, las obras se multiplicaron rápidamente; el Sr. Portail tenía allí siempre, después de san Vicente, la parte principal. En 1631, comenzaron los retiros de los ordenandos. Al año siguiente, en 1632, San Lázaro abría sus puertas no sólo a los que se preparaban a las órdenes, sino a las que las habían recibido y a los laicos que querían trabajar en su santificación. En esta ocasión fue cuando san Vicente supo sacar buen partido de los conocimientos del Sr. Portail quien, por orden suya, tradujo y aumentó  considerablemente el libro de meditaciones de Busée. Hizo más todavía; lo rehizo por completo de manera que resultó una obra nueva, pero, al contrario de otros que saquean a los autores, sin decirlo, él enriqueció a Busée que continuó dando su nombre a un trabajo cuyo mérito y reputación acrecentó el del Sr. Portail. Muy pocos saben que este trabajo  se debe al humilde compañero de san Vicente. Véase cómo se expresa en su prefacio de la obra traducida al francés.

«Muy querido lector, no os sorprenda ver a Busée vestido de nuevo a la francesa: su hábito era la vieja moda, al haber sido hecho fuera de Francia  y por un extranjero. Si lo halláis un poco crudo y aumentado, atribuid la causa al buen trato que los franceses le han dado en consideración a los grandes servicios que él les ha prestado. Él  ha sido siempre un buen católico pero no perfectamente romano; quiero decir que el orden y los temas de meditaciones no estaban del todo conformes al uso de Roma como lo están actualmente.

«En él hallaréis más de noventa que yo he añadido, una parte de las cuales era necesaria y otra muy útil, como ustedes mismo verán, Verán también en algunas de las que se han traducido, algún rasgo añadido para dar más luz a los pensamientos del autor, y más calor a las oraciones del lector, en una palabra, para perfeccionar la obra.

«He puesto también  en favor de los principiantes una dirección familiar y una tabla metódica de la oración mental con su explicación, y luego un formulario de los afectos que se han de producir en la oración; todo según el espíritu del bienaventurado Francisco de Sales, obispo y príncipe de Ginebra. Y, con el fin de que hubiera más facilidad  para aplicar este método sobre todas clases de asuntos, y así lograr más utilidad, he hecho ver la práctica a lo largo  en alguna meditaciones de la segunda parte de este libro en particular en las de los beneficios de Dios, de los cuatro últimos fines del hombre y de la preparación el retiro espiritual, para servir de modelo a todos los demás que no contienen más que tres puntos de consideraciones.

«Aparte de las meditaciones marcadas para cada Domingo y fiesta del año, todos los días de cuaresma, de las cuatro témporas, y de algunas ferias y para el común de los santos, podrán ustedes tomar para los demás días los temas señalados en la segunda parte, escogiéndolos a medida que los encuentren conformes al tiempo o a sus necesidades. Por este medio tendrán ustedes meditaciones para todos los días del año.

«En cuanto a los ejercicios espirituales, si desean hacerlos o dárselos a otros, tendrán recurso a los consejos que hallarán al final de este libro donde se hallan también diversas piezas muy útiles para el mismo tema, en particular una  tabla y lista de meditaciones que se han de tomar en los retiros espirituales para cada día y cada clase de personas con varias meditaciones sobre esta materia, a saber  de los pecados capitales, de algunas virtudes más necesarias a los cristianos, y de algunas otras para los eclesiásticos, y otras para los religiosos y por último otras comunes a todos los que hacen los ejercicios espirituales.

«Después de todo, como este manual se ha elaborado  con un espíritu de sencillez cristiana, se debe pues usar con el mismo espíritu si se desea sacarle provecho. Suplico a su principal autor que les haga esta gracia, y que al darle su bendición se la dé también cada vez que lo lean, para que pueda ser más glorificado, que es cuanto deseo de esta pequeña tarea. Bendito sea Dios!»

A las meditaciones añadió sabios reglamentos que fueron seguidos en San Lázaro por todos los ejercitantes; y hoy incluso, no se podría hallar mejor método para ayudar a la santificación de las almas.

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