Al servicio de los pobres (VI)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Margaret Flinton · Año publicación original: 1974 · Fuente: CEME.
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Formación moral

Las que empezaban, secundando a las antiguas, se ini­cian poco a poco en el contacto con el pobre enfermo. Apren­den de este modo, por la fuerza de las cosas, el valor de ser sufridas, cordiales, sumisas las unas con las otras, conser­vando el espíritu de dulzura y caridad» 123; esto, para ayu­darlas a ejercer.

«una gran dulzura hacia los pobres, un gran respeto hacia los sacerdotes, los señores médicos y las damas; sin esto, os he advertido que nos volveremos insolentes hasta tal punto que las damas se verán obligadas a alejarnos de sí».

Respeto y obediencia «a cada uno según sus cargos» se recomiendan constantemente. Según Luisa, ese respeto se le debe a todo el mundo.

«a los pobres porque son nuestros dueños; a los ricos porque nos proporcionan el medio para hacer bien a los po­bres».

La experiencia real con el enfermo, al ser el método de enseñanza más frecuentemente empleado, hace que Luisa ponga en guardia a las hermanas contra los peligros del poco saber que las puede llevar a intentar demasiado.

«Que la costumbre de tratar a los enfermos, escribe, y lo que habéis aprendido de los médicos no os hagan demasiado atrevidas, no haceros las entendidas para no escuchar las or­denanzas y obedecer las órdenes que se os puedan dar… ¿Qué tenemos que no se nos haya dado? ¿Y qué sabemos que no nos haya sido enseñado ?».

La costumbre sólo se adquiere, sin embargo, muy lenta­mente y el trabajo no puede esperar; hay que poner a las hermanas al lado de los enfermos antes de acabar su prepa­ración profesional. En estos casos Luisa coloca a las no- experimentadas al lado de una hermana enfermera bien for­mada, pidiéndole que si puede «acabe de enseñar a una hermana a hacer las composicio­nes, que ya sabe hacer las medicinas y otros remedios, porque tenemos gran dificultad en enviarle una ya instruida, al menos por ahora».

A otra le confía la vigilancia de las «hermanas que sir­ven a los enfermos de Saint-Laurent», que tendrán que dar cuenta

«de la manera en que les sirven, de cómo se comportan con las damas, y si tienen cuidado de darle cuentas, y sobre todo que hagan bien las curas y conserven sus drogas».

La educación de las hermanas se hacía así, en el sitio y por correspondencia, día a día y durante años, y todo era material de enseñanza.

Luisa sigue con solicitud los esfuerzos de las hijas en provincias. «Si tenéis necesidad de lancetas, pedídmelas», les escribe. En otra ocasión anuncia el envío de «jeringas por medio de la señorita duquesa».

A veces son consignas y enseñanzas, pues su corazón maternal comprende «que los cambios son siempre difí­ciles y… que se necesita tiempo para aprender las costumbres y el medio de servir bien y acertadamente a los pobres».

Una vigilancia discreta pero activa se practica con las hijas en sus puestos, para prevenir las desviaciones y corre­gir los errores. Consejos como los siguientes se repiten en los escritos de la santa

«que vuestra conducta con los enfermos. ¡oh!, exclama, que no sea por cumplir, sino muy afectuosa, hablándoles y sir­viéndoles de corazón, informándoos particularmente de sus ne­cesidades, hablándoles con dulzura y compasión, procurándoles sin ser inoportunas ni apremiantes, la ayuda a sus necesidades, pero sobre todo de su salud, no saliendo nunca de casa de un pobre sin haberle dicho una buena palabra».

A las hermanas de los pueblos sin médico les hará la re­comendación de ir «a ver ellas mismas las necesidades de los enfermos» y según sus enfermedades aplicar los remedios «como sangrías, lavativas, medicinas». En cambio, las hermanas de parroquia tienen que dar los remedios «en la forma y a la hora que ha ordenado el médico».

Las hermanas veían regularmente a los enfermos, ya que debían asegurarse de la observancia exacta de las prescripcio­nes del médico y darse cuenta de las complicaciones que podían ocurrir. Se trataba de una vigilancia análoga a la que se hacía con un enfermo en el hospital.

Enfermera de hospital

El pasar del servicio de los pobres a domicilio al de los hospitales fue bastante natural. Aunque la obra hospitala­ria no parece que en principio entrara en la idea de su fun­dación, les fue atribuida a las hijas de la caridad, parcial­mente, en el hospital de París en 1634; y completamente en Angers, en 1640.

El acto cumplido por la señorita Le Gras en el hospital de Angers, «obra maestra de razón y de sentimiento», por la que las hijas de la caridad, hasta entonces auxiliares de las damas de la caridad, aceptaban tomar totalmente a su cargo un establecimiento hospitalario, este acto tenía un contenido más grande de lo que ni siquiera preveían quizás Luisa y Vicente de Paúl.

Incluso hoy en todo el mundo miles de hospitales son confiados a las hijas de la caridad y prosperan por la aplica­ción de las reglas y principios inaugurados por Luisa de Marillac en Angers.

Cuando los administradores del establecimiento reclama­ron a las hermanas para servir en el hospital, aunque Luisa estaba enferma y se le advirtió que la peste reinaba en la ciudad y en los alrededores, nadie la hizo desistir de este viaje. Había que efectuar una reforma completa allí donde existían «muchas faltas y desórdenes con respecto al bien y al servicio de los pobres» Una memoria de 1675, con­servada en los archivos Nacionales, dice así:

«Había alrededor de treinta o cuarenta enfermos, a la lle­gada de las hermanas, y tres docenas de camisas en total. Ha­bía muy pocos pobres; los de la ciudad no se dejaban llevar gustosos al hospital…».

Después de haber pasado unos veinte días, Luisa podía volver a París, pues la obra del hospital estaba organizada. Pero, desde la capital, ella cuidaría con san Vicente de todo lo que ocurría en esta fundación.

Del reglamento de Luisa no reproducimos más que un extracto, en el que se muestra la forma cristiana y maternal en la que las siervas de los pobres deben acoger a sus dueños, los pobres:

«La que está encargada de acostar a los enfermos tendrá cuidado de recibirlos después de que los haya visto el sacer­dote, y los recibirá, como la regla le ordena, con el pensamiento que ella es su sierva y que ellos son sus señores y dueños, y tendrá en la pequeña cocina agua caliente con la que les lavará los pies, los cambiará de camisa, les dará gorros de dormir siempre que haya en el hospital.

Tendrá cuidado cuando estén acostados de guardar sus ro­pas y dinero si tuvieran, después hará que cuanto antes se les dé un caldo».

En el hospital de santa María de Angers, tres mil enfer­mos están aún hoy rodeados por las siervas de los pobres, por sus cuidados más respetuosos y más diligentes.

Siguiendo siempre a la caridad allí donde vaya, las hijas de Luisa ven extenderse rápidamente su campo de acción. En tiempos de la Fronda, en Chálons, en Sainte-Menehould, en Calais, en Arras, los soldados heridos se convierten, tam­bién ellos, en «señores y dueños». Pero el espíritu de las her­manas se ha formado a base de la práctica. A pesar de la va­riedad de obras a las que se dedican, saben, gracias a su fundadora, mantener a la vez lo esencial y modificar lo acci­dental de las costumbres y preceptos establecidos. Su apos­tolado se inspira en las circunstancias de tiempo y lugar.

Reglas definitivas

Luisa veía a lo que estaba expuesta la vida espiritual de una joven hermana que aún no ha tenido experiencia. Ha reconocido, por otra parte, que ésta observará más fielmente una regla cuyo valor y necesidad ha comprendido primero. Esto explica en parte la redacción de reglas escritas sólo des­pués de unos años de observación. Sus detalles se ajustan incluso hoy a las necesidades que se presentan. Modeladas sobre el conjunto de las necesidades de los pobres enfermos, estas reglas miran a una dedicación práctica, efectiva, que no es otra que el fruto del afecto sobrenatural que toda hija de la caridad debe tener a sus señores y dueños.

Unidad de dirección

Sólo faltaba, para asegurar la perpetuidad de la obra y su estabilidad, erigir unas constituciones y regular el buen funcionamiento del instituto. En varias ocasiones Luisa hizo observar a Vicente que el espíritu de la fundación podría alterarse como consecuencia de criterios diferentes y arruinar así la unidad de la compañía. Sólo veía una solución: que Vicente de Paúl fuese el superior de las hijas de la caridad, durante su vida y que después los sacerdotes de la misión, que conservaban su espíritu, quisieran encargarse de su di­rección 140. Luisa veía en ello el medio de dar al cuerpo del instituto un alma capaz de vivificarlo durante siglos, a pesar de los profundos trastornos de las sociedades y las persecu­ciones que renacen sin cesar. Por sus gestiones y su perseve­rancia en conseguir este fin. Luisa de Marillac ha asegurado a sus hijas los auxilios de los mismos consejos y a la compa­ñía la perpetuidad del mismo espíritu.

Últimas palabras de Luisa: «Preocupaos mucho por el servicio de los pobres»

La idea de mejorar y perpetuar el servicio de los pobres preocupó a Luisa hasta los últimos momentos de su vida. La última de sus cartas está fechada el 2 de febrero de 1660; a los dos días se metía en cama para no levantarse más. Es probable que los consejos que dirige a sor Juana de la Cruz sean sus últimos escritos. Se encuentra en ellos precisamente la expresión de su pensamiento dominante

«Las acciones externas, repite por última vez, aunque va­yan destinadas al servicio de los pobres, no pueden agradar mucho a Dios, ni merecernos una recompensa, si no están uni­das a las de Nuestro Señor, que trabajaba siempre con miras a su Padre».

El 15 de marzo de 1660, entre las once y las doce del día, Luisa de Marillac rendía su alma a Dios. Sin apenas poder hablar, encontró sin embargo la fuerza de legar a sus hijas espirituales el deseo supremo de su corazón: «Preocupaos mucho por el servicio de los pobres». Para sus funerales, se puso en práctica la disposición que había escrito en su testamento. No quería más gasto que el que se hacía para el sepelio de cualquier hija de la caridad, alegando que «si se hiciese de otra manera, sería declararla indigna de haber muerto como una verdadera hermana de la caridad y sierva de los miembros de Jesucristo, ya que esta cualidad era lo que tenía por más glorioso».

Primeras siervas de los pobres

Harían falta muchas páginas para evocar, aunque fuera brevemente, la vida de las primeras hermanas formadas en la escuela de Luisa y de Vicente. La dedicación, el heroísmo, la santidad de estas «buenas hijas» tiene algo que sobrepasa toda admiración. El mismo san Vicente estaba tan encan­tado al ver hasta qué punto el sentimiento de privilegio y de honor se había asociado con el servicio de los pobres, que les citaba a las damas de la caridad las palabras que la pequeña sor Andrea había pronunciado en su lecho de muerte.

«A una pregunta que le planteé, cuenta, sor Andrea con­testó: «La única pena y el único remordimiento que tengo es el de haber encontrado mucho placer en el servicio de los pobres». Y como yo le seguí preguntando: «¡Cómo!, hermana mía, ¿no hay nada en su pasado que le haga temer?». Repuso: «No, señor, nada en absoluto, a no ser que he hallado mucha satisfacción cuando iba por los pueblos a ver a las buenas gentes; yo volaba, tanta era la alegría que experimentaba al servirlos».

Otro día, san Vicente se recreaba contando la aventura de una buena hermana que se hallaba en difícil equilibrio sobre una pared de una casa que acababa de derrumbarse, aplastando a cuarenta personas. Los espectadores le grita­ban que se arrojara en sus brazos, pero la hermana «les ofreció primero su olla que ellos rescataron con un gancho adosado a una vara de mediana longitud; después se arrojó ella, a merced de la providencia de Dios, sobre dos mantos que le tendían». Fuera de peligro, ¿qué hizo? Acción su­blime… «temblando de pies a cabeza, se fue a servir a los enfermos que aún le quedaban».

Siervas de los pobres, éste era su título; su tiempo y su dedicación pertenecían a los necesitados. San Vicente y santa Luisa apreciaban en mucho esta observancia, que un día será puesta a la cabeza de las reglas comunes.

La duquesa de Aiguillon, sobrina de Richelieu, había empleado toda su influencia para tener una sierva de los pobres junto a ella. Después de una larga deliberación de­cidieron prestarle una con la condición de que la hermana pudiera consagrar una parte de su tiempo a los pobres de la parroquia. Fue elegida la pequeña Marie-Denise, pero ésta no pudo resignarse a ello.

«He abandonado a mi padre y a mi madre para darme al servicio de los pobres, respondió; nada me aportará de mi pro­pósito; excúseme si no puedo ponerme al servicio de esa gran dama».

Se fijan entonces en Bárbara Angiboust. «Grandes lá­grimas rodaban por las mejillas de Bárbara; ésta fue toda su respuesta». Sin embargo partió con la promesa de que es­taría en compañía de una persona que amaba mucho a los pobres y que «si, a los cuatro o cinco días, sigue usted de­seando su vuelta a San Nicolás, se la volverá a admitir».

A la duquesa que le preguntaba por qué no estaba a gusto con ella, Bárbara le contestó:

«Señora, he salido de la casa de mi padre para servir a los pobres, y usted es una gran señora, poderosa y rica. Si usted fuera pobre, señora, le serviría con gusto».

Fue preciso volverla a traer. Vicente y Luisa se alegraban sin embargo al ver en qué gran medida el amor a los pobres llenaba el corazón de las hijas. «¿Qué le parece ?», escribe él.

«¿No está usted encantada al ver la fuerza del espíritu de Dios en estas dos pobres hijas y el desprecio que sienten por el mundo y por sus grandezas? No se puede imaginar el coraje que esto me ha dado para proseguir con la caridad».

Fijémonos en sor Juana Dalmagne, cuyo corazón estaba lleno de caridad. Enviada a Nateuil, iba a vendar y cuidar las llagas de una pobre chica plagada de escrófulas. Su mal despedía un olor tan infecto que nadie se atrevía a acercarse a ella. El corazón de Juana se sublevaba; sentía náuseas y a veces perdía el conocimiento, pero volvía animosamente a su trabajo.

¿Cómo no citar también la admirable dedicación hasta su muerte de una hermana llamada María José? Esta hermana que estaba agonizando, viendo a una pobre persona que ne­cesitaba que la sangraran, «se levantó de su cama, la sangró, y después de haber hecho esto se desplomó y murió en se­guida».

¿No tenía razón san Vicente al llamar a estas hijas «már­tires de la caridad»? Haber sabido atraer, formar y sostener tales modelos de entrega, ¿no es la característica, a ojos de Luisa de Marillac, de una «vocación social» tanto más si igual cuanto que tres siglos después, por todo el mundo, las siervas de los pobres continúan su misión, sea previ­niendo (educadoras), sea remediando la miseria (enfermeras- asistentes sociales)?

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