A imagen de la Santisima Trinidad

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: P. Allain · Año publicación original: 1975 · Fuente: Eco de la Casa Madre, 1975.
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En uno de los Consejos presididos por San Vicente y Santa Luisa el 19 de junio de 1647 (Coste 13), preparaban el envío de dos Hermanas a Montreuil­sur-Mer, para fundar un hospital: una (Ana Hardemont), atenderá a los en­fermos; la otra (María Lullen), se ocupará de los niños. Cada una es com­petente en su profesión.«Sin embargo, precisa la señorita, se ayudarán recíprocamente, una a «otra, de tal manera que, en caso de necesidad, una no diga a la otra: «Esto «a mí no me incumbe».

Tal reflexión no era inaudita… en el aquel tiempo.

Esa reflexión da rienda suelta a los pensamientos que San Vicente albergaba en su corazón:

«Hace ya algún tiempo que me sentía apremiado por decirles estas «cosas tan importantes»…

Y, en efecto, apremiaban y («todavía, todavía»)… apremian para llegar a reflejar el modelo de la Santísima Trinidad en las realidades comunitarias de todos los días:

—Entre ustedes hay una Hermana Sirviente y unas compañeras, pero

«Considérense iguales en unidad de corazón y de espíritu, a «imagen «de la Santísima Trinidad».

—Están ustedes en oficios distintos, pero que la Hermana que se ocupa de los enfermos no se desligue de la Hermana de niños, como tampoco se divide la Santísima Trinidad.

«por sus distintas operaciones».

—Trabajan juntas en el servicio de los pobres:

«Permanezcan, pues, unidas todas para producir obras de verdadera «caridad, que se puedan atribuir al Espíritu Santo, para que estén en rela­ción con la Santísima Trinidad.»

Así, no sólo cada persona, sino la comunidad de las Hijas de la Caridad como tal, «debe configurarse a imagen de Dios».

«Y en Dios, ¿qué hay, Hijas mías? En Dios hay igualdad de personas «y «unidad de esencia».

Esta intervención, profunda y espontánea de San Vicente, nos invita a reflexionar…

 

Nudo de nuestra reflexión:

La Comunidad se presenta corno una diversidad de personalidades, de oficios y también de funciones jerárquicas según la autoridad y la obediencia. Este pluralismo es, ante todo, un hecho necesario y un bien.

Implica un riesgo para la unidad. Y sin embargo, a partir de esa diversi­dad, y a causa de ella, se debe construir la unidad de la Comunidad «a ima­gen de la Santísima Trinidad».

 

I. Una mirada sobre la Santísima Trinidad

«¿Qué vemos en Dios? Igualdad de personas, unidad de esencia».

Pero, ante todo, ¿qué es una persona?

Es en el mundo de los seres un modo superior de existir. La palabra fundamental de la persona es «YO», sujeto.

«YO»: centro consciente de sí mismo, que se percibe interiormente como un espejo íntimo en que se manifiesta reflexivamente uno mismo, pose yéndose, perteneciéndose. Es el dominio de la vida interior, la fuente misteriosa del existir.

«YO»: foco de inteligencia, en donde se representa y se organiza el mundo exterior, el otro.

«YO»: polo de acción voluntario y libre, operante «por cuenta propia», según su proyecto, sin coacción ajena (alienación).

«YO»: nudo de relaciones con las demás personas.

¿La persona puede existir solitariamente? Sin duda es «única»: nadie pue­de decir «YO» en mi lugar… En el fondo, antes de vivir con los demás, vivimos solos… Morimos solos; es «un quehacer mío», cualquiera que sea el grado de amistad que me rodea. La persona es una presencia existente, más o menos firme, más o menos rica, más o menos unificada: es lo que llama­mos tener personalidad, «carácter». Sin embargo, no puede realizarse solitariamente.

El mismo término «persona» nos ayudará a comprender esto. En sus orí­genes, la palabra «persona» designaba en el pueblo romano la máscara del teatro y, al mismo tiempo, portavoz; por consiguiente, suponía un «perso­naje», un papel concreto. Ahora bien, un personaje, ¿puede uno imaginárselo sin la obra en la que es actor? Obsérvese que, etnológicamente, «carácter» designa originariamente la matriz con la que se imprime, se marca como con un sello, o simplemente un «carácter de imprenta». De ahí su sentido de marca, de efigie (recordemos este término) o impresión, como cuando de­cimos: un texto impreso en «hermosos caracteres». En Psicología es el con­junto de cualidades que «marcan» a un hombre, que le confieren su identidad en la escala de los valores humanos y su fuerza de impacto en la vida. Hay muchas clases de obras aparentemente con un personaje, porque el actor solitario utiliza el teléfono, o bien se dirige a Dios, la fatalidad… Le hace falta un compañero. Y en cualquier caso actúa para un público. Lo que constituye al personaje es el lenguaje, es decir, la comunicación.

Fijémonos bien en esto: la atención al otro —lo que San Vicente, en su época llama «respeto», en el sentido de consideración— el reconocer en el otro un valor; más todavía, el amor hacia el otro es lo que nos hace vivir con plenitud. Se oye decir, y ustedes lo oirán decir a menudo ejerciendo su mi­nisterio: «No existo para él… ¡Ni siquiera me mira!» Existen así pobres gen­tes que no cuentan para nadie, y eso es insoportable, es la pendiente que lleva al suicidio. Naturalmente, las hay también con una vida interior indigente, hasta tal punto que no saben existir sin los demás, haciendo así la contra­prueba del proverbio: «La soledad —y el silencio también— es la patria de los fuertes (de las fuertes personalidades)».

Por tanto, el «YO» supone un «TU», por consiguiente un «NOSOTROS». Es, pues, esencialmente social, comunitario. Esta ley humana fundamental tal vez nos aproxima al misterio de la Santísima Trinidad: ¿Dios no ha hecho al hombre «a su imagen»?

 

Según nuestra fe, Dios existe en una relación trinitaria.

Meditemos lo que nos revela la Sagrada Escritura, en particular San Juan:

«Al principio ya existía la Palabra y la Palabra se dirigía a Dios y la «Palabra era Dios» (Jn. 1,1).

El Verbo: la Palabra eterna (Logos); no la que expresa una idea fría, completamente cerebral; sino, la Palabra que es don de sí, como quien dice: «Te amo». Y porque te amo, existes ante mí como otro yo: deseo de unión, de fusión, de identificación, pero salvaguardando la intimidad de cada per­sona. Esa «expresión» del ser de Dios se designa como Palabra, pero induda­blemente se aproxima más a una mirada humana en que el amor brilla con toda intensidad en un diálogo sin palabras. Por eso, San Juan añade (según la enérica traducción de la TOB):

«Y la Palabra se dirigía a Dios».

La vida en Dios —»el Ser viviente por excelencia» (Santo Tomás)— es Palabra, don de sí, pero ante todo, antes de manifestarse en la Creación, Palabra interior. Como dice Romano Guardini (El mundo y la persona):

«En Dios, la Palabra no supone la persona, sino la intimidad del ser.»

En Dios, esa relación no es, como en nosotros, una necesidad psicológica; en Él es la realización de su Ser simple e infinito.

La Escritura nos presenta otras aproximaciones al misterio de la se­gunda Persona:

«Es reflejo de su gloria, impronta (carácter, efigie) de su ser» (Hb. 1,3)

La Palabra es, pues, «imagen» idéntica de Dios. Y cuando cumple su misión en el mundo y, asumiendo la naturaleza humana, se dirige hacia nos­otros, entonces es:

«la imagen del Dios invisible» (Col. 1,5; 2 Co. 4,4; I Tm. 6, 15-16).

El nombre de Hijo, según la noción paralela de generación eterna, subraya el amor inigualable de esta relación:

«Este es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias» (Mt. 3,17).

 

La tercera Persona es el Amor subsistente, quien, como un soplo perso­nal (Espíritu, de spiro = soplar, respirar), procede de esa comunicación re­cíproca entre el Padre y el Hijo, es una «aspiración de amor».

Las Personas divinas se nos revelan por sus manifestaciones o «misiones» respecto a nosotros, en su Unidad y en su Personalidad. Pero antes de revelar senos existen en sí mismas.

Ahora, con el Hijo en misión, bajemos a la tierra de los hombres. Ante todo, el Hijo está presente en la Creación como Sabiduría de Dios (I Co. 1,30):

«Porque en El fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, «lo visible y lo invisible. Todo fue creado por El y para El» (Col. 1,16; Jn. 1,3).

De ahí que el mundo creado hable a la inteligencia humana: «Los cielos pregonan la gloria de Dios» (Sal. 19, 2).

Mas es la humanidad la que ha sido creada de modo especial en el Verbo; y pregona por consiguiente también la gloria de Dios:

«Todos nosotros, a cara descubierta, reflejamos como espejos la gloria «del Señor» (2 Cor. 3,18).

Dios ha llamado a la vida, en su Hijo, a cada hombre, y esta «llamada» lo ha constituido como persona a imagen de su Hijo, envolviéndolo, por ese mismo hecho, en la red del amor trinitario, en esa respiración de amor que es el Espíritu Santo. ¡Quién podrá mc lir la grandeza de toda persona humana, su dignidad, la consideración que Dios le tiene, el amor que le expresa y el precio que está dispuesto a pagar por su salvación!

«El amor de Dios se hizo visible entre nosotros en esto: en que envió «al mundo a su Hijo único para que nos diera vida» (I Jn. 4,9).

«Vino a los suyos» (Jn. 1,11) a restaurar el Reino perdido, a reconciliar a los hombres con su Padre, a reintegrarlos al Amor que el Padre desea.

Reconciliación de los hombres con dos bienes esenciales:

  • Ø Con Dios Padre:

«Mas a cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios» (Jn. 1,12).

  • Ø Con los demás hombres, sus hermanos:

«Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros…» (Jn. 17, 21-26).

Así, el misterio oculto en Dios, «conforme al plan eterno que El ha rea­lizado en Cristo Jesús» (Ef. 3,11), y confiado al Espíritu Santo (Jn. 16,17), se revela en la Iglesia, en las células de la Iglesia, y más particularmente debe revelarse en nuestras comunidades religiosas.

He aquí cómo podemos aclarar muy brevemente —me parece— la idea de San Vicente, para comprender mejor:

  • la dignidad de nuestra vida personal, y también la grandeza de nuestra vocación religiosa (ver más adelante lo que sobre esto dice S. Vicente, parafraseando esta frase de la Sagrada Escritura):

«Nos eligió con Cristo antes de crear el mundo, para que estuviéra­mos consagrados y sin defecto a sus ojos por el amor» (Ef. 1,4).

  • Y la ley fundamental de nuestra vida social y comunitaria que integra a las personas en la red del amor trinitario:

«¡La gracia del Señor Jesucristo, la caridad de Dios, y la comunicación del Espíritu Santo, estén con todos vosotros!» (Co. II, 13-13).

 

II. La personalidad de la Hija de la Caridad

No puede decirse que San Vicente exalte el culto a la personalidad. «La humildad se conserva haciendo lo que hacen las demás» (cf. 18-11-1657).

Pero guardémonos de sacar la conclusión de que la humildad reduce a cenizas la personalidad, que la uniformidad comunitaria lamina los caracte­res, y que la obediencia impide su valorización. En la Santísima Trinidad, las Personas son infinitamente… personales. Se afirman sus propias personalidades tanto como su propia unidad esencial. Estos dos valores al­canzan lo Infinito, lo Absoluto.

Si San Vicente insistió tanto en la unidad entre sus hijas, permítasenos hoy, fieles a su pensamiento y, según el espíritu de las Constituciones, esbozar el retrato de la personalidad de las Hermanas, tal como la va definiendo con trazos al filo de sus conferencias y en sus apreciaciones sobre las personas. El valor de la Compañía se enraíza en el de sus miembros:

«La formación humana… se dedica a desarrollar la personalidad, a edu­car el juicio crítico…» (C. 44).

«La vida religiosa cristiana comunitaria debería ser el mejor crisol en donde se pudieran forjar y realizar verdaderas personas humanas, imagen y semejanza de lo que es la Vida de las Personas divinas en la Unidad de Dios» (Santander, «Le retour á Assise» P. 198).

 

Ante tan vasto y apasionante tema, las limitaciones de tiempo nos reducen a algunas notas, clasificadas con términos vicencianos:

  • Ø «jóvenes del campo»;
  • Ø «imágenes de Dios»;
  • Ø «hermanas bien preparadas»;
  • Ø «al servicio de los demás».

 

«Jóvenes del campo»

San Vicente, ante todo, nos impulsa a conseguir las virtudes naturales.

«Las aldeanas rebosan salud. Son modestas y serias», dice un historiador de la época. El ambiente rural es el preferido por S. Vicente como cantera de vocaciones:

«Hermanas, una de las cosas que debéis tener en cuenta y por máxima en la Compañía es que las jóvenes que recibáis posean dulzura y humildad; in­cluso yo diría como virtudes naturales. Porque es una gracia, aunque de orden natural; y debéis considerar esto como disposiciones necesarias para ser Hijas de la Caridad, que deben ser muy humildes… (Consejo 25-4-1659).

No incluyo el retrato que hace de las «aldeanas», por ser tan familiar, para recalcar que la vocación está íntimamente unida al misterio de la persona. La vocación es llamamiento de Dios:

«…Es el plan que en esa misma eternidad ha tenido Dios sobre vosotras; porque, hijas mías, Él os ha visto no sólo en general, como a todas las cria­turas, sino en particular a cada una de vosotras» (cf. 4-8-1658).

En la práctica, en cuanto a los signos, la vocación se reconoce por una es­pecie de armonía entre una personalidad bien equilibrada, por una parte, y por otra un ideal de vida compartida con otras personas al servicio de una causa, según un estilo y un mismo estado de vida institucional, del que la Compañía es un ejemplo. Las aspiraciones personales se revelan y realizan en un ambiente que parece hecho para ellas, de tal manera que uno puede decir: «Yo no podría ser feliz de otra manera.»

Así, Margarita Naseau «habiendo oído decir que en París se asistía a los enfermos, fue impulsada por el deseo de servirlos». De Juana Dalmagne —la primera Hermana que murió de las que habían hecho los Votos— dice una Compañera:

«Había respondido al primer llamamiento de Dios, que la destinaba al servicio de los pobres, y esto mucho antes de que ella hubiera conocido la Compañía de las Hijas de la Caridad; lo que demuestra bien claro que Dios la quería en esta vocación» (cf. 15-1-1645).

La vocación personal se presenta como un dinamismo (una fuerza) mis­terioso; porque, según la Fe, es obra del Espíritu Santo. El dinamismo de las Hijas de la Caridad es el amor a los pobres por amor a Dios, un impulso que parece predestinado al corazón femenino.

¡No fue el punto de arranque de la Compañía el ofrecimiento de Margarita Naseau y sus compañeras para servir a los pobres!

Es interesante una confidencia de San Vicente a Santa Luisa, en los comienzos de la fundación. Le escribe a Gournay, en donde ella está visitando esa Caridad. Le dice que había pensado colocar una Hermana en el palacio de la Duquesa de Aiguillon, en Luxemburgo, para servirla. Hacía una concesión, una excepción, para satisfacer la petición de esa insigne bienhechora. Pero veamos la reacción de esas buenas hijas:

«Hablé de este asunto con María Denis, pues me parecía la más indicada, pero me dio una respuesta digna de una joven que tiene vocación de Dios a la Caridad, que fue que había dejado a su padre y a su madre para entregarse al servicio de los pobres por amor a Dios, y que me rogaba la excusase si no podía cambiar de planes para ir a servir a esa gran dama».

San Vicente se dirige, entonces, a «Bárbara la Grande», la Alta (Angiboust): ¡idéntico fracaso, la misma objeción! Vicente de Paúl cede, evidentemente, no sin antes haber sacado una gran lección, una lección de confianza:

«¿Qué le parece, Señorita? ¿No la entusiasma ver la fuerza del Espíritu de Dios en esas dos pobres jóvenes y el desprecio que les inspira el mundo y su grandeza? No puede imaginar el ánimo que esto me ha dado respecto a la Ca­ridad, ni el deseo de que vuelva pronto y con buena salud, para trabajar aquí expresamente.»

Sí, «aquí expresamente», porque sabe ahora que puede seguir adelante. El Espíritu de Caridad sopla en esas almas sencillas, en esas jóvenes sanas, modestas y dignas. El Espíritu las ha llamado: él será quien las «reúna» y con Santa Luisa, las forme. Los dos fundadores, como ellas, han reconocido al mismo Espíritu: basta con serle dócil.

«¡Bendito sea Dios! Hemos de esperar que la Compañía seguirá haciendo mucho bien, con tal que siga confiando en al Providencia y no se separe de su dirección» (cf. 9-6-1658).

Dicho de otra manera: dejad actuar en ella al dinamismo del Espíritu; de­jad a la Compañía su identidad espontánea. (Algunos y algunas querrían en­cajarla en un marco preestablecido.)

Actualmente… Preguntémonos:

  • ¿Sabemos alimentar aquel dinamismo de nuestra primera vocación, que fue ante todo personal?

«Que el recuerdo de nuestros primeros deseos nos haga recuperar nues­tro primitivo fervor» (Oración de San Vicente, 6-1-1657).

  • ¿Sabemos integrar en nuestra vida religiosa los valores humanos, recibi­dos en nuestra juventud?
  • ¿Al trabajar en común, sabemos hacerlo personalmente: desarrollando todos los valores bajo la obediencia que hemos escogido libremente? (C. 18).
  • ¿Sabemos respetar el dinamismo de las demás y regocijarnos de ello?

 

«Una imagen de Dios»

Una de las últimas palabras de San Vicente a sus hijas fue (cf. 24-7-1660): «Veo en muchas de ellas una efigie de Dios…»

Y hablando de las Hermanas que mueren en olor de santidad:

«Se veía en ellas cierta irradiación de la Gracia, porque participaban de las virtudes de Nuestro Señor» (cf. 21-7-1658).

Hemos destacado ya la palabra «efigie» aplicada por la Escritura al Hijo de Dios, imagen del Padre. En eso consiste la santidad cristiana según la teo­logía del bautismo que San Vicente adopta con fervor. Esta efigie es esencial­mente interior, mística, pero, según sus propias palabras, cuando

«una joven de vida interior se ocupa de Dios (en el sentido de trabajar en la empresa divina)… se advierte en seguida».

«Se advierte en seguida» porque lo íntimo de la personalidad se manifiesta al exterior en la conducta, el estilo, en «señas particulares», como dicen los carnéts de identidad. Pues, precisamente, se trata de la identidad de las Hijas de la Caridad.

San Vicente insiste en esta identidad, llegando hasta la paradoja siguiente:

«No habéis de pensar en adquirir otras virtudes que aquellas que figuran en vuestras Reglas» (cf. 21-7-1658).

¿Por qué? Porque sabe muy bien que no se puede pretender reproducir «a lo vivo», es decir, al natural, las múltiples facetas de perfección que Dios proyecta en su Cristo. Ni la Iglesia entera, con toda su diversidad puede hacerlo. Hay que elegir, hay que especializarse, por así decir. San Vicente se fijará en Jesús pobre, siervo de los pobres:

«Hijas mías, las demás Compañías pueden practicar estas virtudes de caridad, humildad, paciencia y obediencia, pero vosotras debéis tenerlas por encima de todas, ya que es vuestra señal; esto os dará a conocer si sois hijas de la Caridad; de modo que las que lleven estas cuatro virtudes serán recono­cidas como verdaderas Hijas de la Caridad.»

De este modo la identidad queda bien definida.

 

 

Todo el mundo comprende que la caridad sea fundamental en este retrato, su dinamismo es la fuerza impulsora de las Hermanas. Pero, ¿por qué tal insistencia sobre la humildad? ;¡Extraña manera de hacerse «reconocer» des­apareciendo! ¡De ser uno mismo, obedeciendo!

La contradicción no es más que aparente; por el contrario, la armonía es profunda. Porque la caridad es un dinamismo de servicio y debe de ejercerse en comunidad. Humildad, modestia, paciencia y obediencia es el estilo que convienen al servicio de los pobres y en las relaciones de comunidad.

Ser humilde (de humus = tierra) es desaparecer ante el otro, sin dejar de ser para él una presencia bienhechora; es permitir al pequeño «yo» que sea él mismo, al pobre conservar su dignidad, a las Compañeras que sean libres, en resumen, que cada uno sea una persona, lo que en el fondo quiere: que se reconozca su personalidad.

Juan Bautista, designando a Cristo, dice: «Es necesario que El crezca y que yo disminuya» (Jn. 3,30). Y la Virgen María al Angel: «Yo soy la esclava del Señor.» La Virgen dice claro «Yo», porque ella está en el centro del misterio, pero envuelve su Yo en la entrega bíblica de Servidor de Dios.

Tal es, delante de Dios y de los hombres, la personalidad de la Hija de la Caridad. Personalidad amable por esto y gracias a esto…

«Todo el mundo la amaba —decían de Margarita Naseau— porque no había nada en ella que no fuera amable» (cf. 7-1642).

«La amabilidad atrae, nada gana tanto el corazón como la amabilidad. Preguntémonos también respecto a este punto:

  • Quiero ser «reconocida»… Es completamente legítimo. Pero, ¿en qué con­diciones lo seré, sin desfigurar mi identidad de «verdadera Hija de la Caridad»?
  • Quiero que me tengan en cuenta los demás, quiero ser amada. ¡No nos oponemos! ¿Estoy dispuesta a pasar por esto: por la abyección (término vicenciano), el silencio, la oscuridad? A dejar que los demás puedan ocupar el lugar que les corresponde, a concederles el tiempo necesario para ex­presarse, la ocasión de que su personalidad se desarrolle…?
  • Mas, ¡atención! Estas virtudes que se llaman —con razón o sin ella— «pasivas», ¿son para mí sinónimos de pasividad, coartada de la pereza, pretexto para rehusar las responsabilidades y apagar el dinamismo de la Caridad?

La vida del mismo San Vicente nos demuestra que se puede ser una «per­sonalidad», un gran hombre, reconocido por todos como tal, bajo las cenizas de la humildad. Pero, ¡qué ardor en el trabajo, qué dinamismo!

Como vernos en el Evangelio, renunciar a cierta apariencia de personalidad es encontrar otra, la única auténtica.

 

«Hermanas bien preparadas»

 

San Vicente dice a Santa Luisa:

«La verdad es que la necesidad que tenemos de hermanas bien prepa­radas me «llega al corazón»» (Carta 7-2-1641).

Es como si lanzara un anuncio: ¡se piden personalidades! Dios le envió algunas extraordinarias. Por ejemplo, Bárbara Angiboust, ya citada, de la que decía después de su muerte:

«Oh, Hermanas mías, ¡qué hermoso sería si toda la Compañía estuviera compuesta de Hermanas como ésta!»

A tales «Hermanas» quería colocarlas en todas partes; pero al no poder. las cambiaba a menudo, según las necesidades de las casas.

Pero, ¿qué entiende San Vicente por una Hermana «bien preparada»? San Vicente era muy difícil:

«El espíritu de Ana (Hardemont) es para temerlo un poco, y en Juliana (Loret) hay cosas que dejan que desear.»

Este estilo digno de los Proverbios pertenece a una carta dirigida a Santa Luisa (1651), en la que pasaba revista a algunos de los buenos miembros de la Compañía. Y, sin embargo, no dejaba de confiarles cargos importantes, casi desproporcionados a su capacidad; por necesidad, por supuesto, pero también porque sabía que el ejercicio de la responsabilidad forja los responsables y, por consiguiente, las personalidades.

Veremos en seguida la importancia que daba a las cualidades del espíritu, que se requieren especialmente para las responsables. En general se da pri­macía a la virtud, si juzgamos por las consignas que da a Juliana Loret, prime ra Directora de formación (Consejo 30-10-1647):

«Se trata de formar hermanas que puedan servir a Dios en la Compañía, de arraigarlas en la virtud, de enseñarles la sumisión, la mortificación, la humildad, la práctica de las reglas y de todas las virtudes.»

Si cuenta con las formadoras, cuenta mucho más con la oración, y es un homenaje que hace así al dinamismo de los corazones, una señal de respeto a las personas, una deferencia a la obra del Espíritu en las almas. Porque la oración es como «el espejo donde el alma se conoce» y, por consiguiente, se corrige y se perfecciona. En esa «conversación, Dios dice al alma lo que quiere que sepa y haga» (cf. ’31-5-1648).

«¿De dónde viene que una pobre mujer aldeana que viene a vosotras con toda su tosquedad, ignorando las letras y los misterios, cambie al poco tiempo y se haga modesta, recogida, llena de amor de Dios? ¿Quién ha hecho esto sino la oración? Es una fuente de Juvencia en donde se ha rejuvenecido…»

Hablando de la admisión en la Compañía, San Vicente pecha inca vocación cierta, es decir, un propósito firme que el tiempo, naturalmente, debía acla­rar, purificar y confirmar:

«Por el momento, no ven la grandeza de su vocación; pero la verán «si viven»» (cf. 19-7-1640).

El progreso de la personalidad religiosa, la generosidad misma de la res­puesta integran cada vez más íntimamente la vocación en la vida. Pero, desde el principio se necesitan mentes que sepan lo que quieren, no mentes «de humor variable… vacilante». «Espíritu infantil…», dice, para dar a entender la falta de suficiente madurez. Hoy día diríamos que la vocación segura supone la edad adulta, una personalidad relativamente formada.

No temía San Vicente a las que, con un caritativo eufemismo, se llama «personalidades fuertes». Dice a Santa Luisa:

«He visto a Magdalena. Creo que tendrá que trabajar sobre ella un poco, ya que sus pasiones son un poco fuertes. ¡Pero no importa! Cuando tienen la fuerza de superarse hacen maravillas. Así, pues, recíbala, por favor…» Finalmente, San Vicente no olvidaba que las Hijas de la Caridad son:

 

«Utiles a los demás»

«Por sus trabajos de caridad y vida ejmplar, son útiles al público.» (Sú­plica al Arzobispo de París, 1645.)

Para cada puesto de responsabilidad, San Vicente busca la persona com­petente:

Competencia profesional, según el carisma «de cada una»:

«Fijaos, mis queridas Hermanas, no podéis ser todas iguales; unas valen para los enfermos y otras para las escuelas. Les toca a los superiores mirar para qué valéis. Los dedos de la mano no son iguales en todas; por eso, no todas podéis ser semejantes» (cf. 27-7-1653).

Por ejemplo, para cuidar a los pequeños decía que si la Señorita pudiera pondría ángeles. En la dirección de Bicétre, donde los recibían, «se necesita una persona de consideración», dado la delicada función. Por ejemplo, Sor Tourgis, «persona de condición».

Pero, ¿qué decir cuando se trata de la dirección de una casa? ¿Qué Sir­vientes dar a las Hermanas? ¿Qué conviene para ello, mujeres inteligentes o más bien mujeres de corazón? Sobre esta cuestión, las opiniones se enfrentan. San Vicente las concilia, al formular un juicio sobre Juana Lepintre, Superiora en Nantes (a Santa Luisa, 28-4-1649):

«Juana, la Hermana Sirviente, es muy buena, juiciosa y mansa.» ¿No había dicho, un día, San Vicente: esta Hermana es un tesoro?

Si, finalmente, hubiera que escoger en este aspecto, San Vicente daría la prioridad a las cualidades de inteligencia y buen criterio.

«La señal para conocer a una buena oficiala es que sea sana de mente: una hermana juiciosa, paciente, mansa, prudente, razonable, que no se deja llevar por la pasión. Hay algunas personas que no se dejan arrebatar por la pasión, pero que tienen un espíritu tan variable que nunca, o muy pocas veces, parecen discurrir con razón. A esas personas no conviene elegirlas» (22-5-1657).)

Santa Luisa le dirá un día de consejo, en el que se prepara la fundación de Cháteaudun (11-6-1754):

«Es muy difícil, Padre, encontrar hermanas que posean todas las cuali­dades que acaba de decir.»

«—Señorita, es necesario que las tengan, o que haya muy poco que de­cir; además, que sean hermanas de buen espíritu, prudentes y de buena conducta; porque hay mucha diferencia entre devoción y llevar una casa… se podría encontrar un alma muy piadosa pero que no fuese a propósito. Por eso hay que tener esto en cuenta y escoger jóvenes que tengan esta disposición.

 

Conclusiones

La personalidad de la Hija de la Caridad forma un todo. Sin duda porque está marcada por la sencillez. Lo natural y lo sobrenatural —lo hemos visto ya— se avienen perfectamente. A nivel de experiencia, me ha venido a la mente con frecuencia esta reflexión y con ello he rendido a ustedes un fraternal homenaje: el «savoir vivre» religioso, es decir, la práctica del amor de Dios, de las virtudes de estado, de las prescripciones de la Regla, es además un «savoir vivre» humano sencillamente; pero hay que añadir también que es un «saber morir».

Decía un humorista que la vida con los santos es insoportable. Sincera­mente, no soy de esta opinión, cuando la santidad se da en la escuela de San Vicente.

Precisamente, hemos de ir más lejos, porque… se trata de vivir con los otros. No existe personalidad religiosa si no hay personalidad comunitaria. Personalidades fuertes, sí, pero que concurran a la Unidad del grupo.

Desgraciadamente, en este campo el fracaso acecha a las mejores. Recor­demos a la excelente Henriqueta Gesseaume, la decana de la Compañía (cin­cuenta años a la muerte de San Vicente (5/353, 10/548). En el Hospital de Nantes se encargaba de la botica y como farmacéutica tenía que relacionarse con todo el personal. San Vicente hace la visita a la Casa y escribe a Santa Luisa en su informe (de Nantes, este 28-4-1649 = 3/432).

«Enriqueta es una buena joven, llena de ardor y de caridad, pero…»

Sí, hay un «PERO» como ocurre casi siempre y aquí, como casi siempre, ¡es el «PERO» comunitario!

«PERO poco respetuosa, poco sumisa a la Hermana Sirviente (que era la juiciosa y dulce Juana) y con mal carácter respecto al médico y a muchas per­sonas, y poco regular; y como pienso que es la causa de la mayor parte de la poca regularidad de las jóvenes… es absolutamente necesario llamar a Enri­queta y enviar a alguna en su lugar, que sepa desempeñar bien la botica».

P. ALLAIN,

 

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