Tan pronto leo y escucho el libro de Job siento el inevitable desafío de contrastar mi vida cotidiana con el deseo de sentirme feliz con ella y, sobre todo, si con el desarrollo de la misma confirmo mi fe en Dios. Cada vez me voy convenciendo que es en lo cotidiano de la vida donde un creyente confirma más su fe en Dios y donde uno va teniendo aquella experiencia particular que te hace ver a “Dios” de cerca y, esto, nos causa muchas sorpresas unidas a sentimientos de todo tipo. Hoy en la primera lectura se nos presenta un pequeño fragmento de la respuesta de Job a la intervención de su amigo Elifaz, habida cuenta de que Job había maldecido el día de su nacimiento recriminando el hecho de sufrir injustamente y descargando su malestar ante la fatalidad de la vida. Sin duda, la configuración final del libro de Job, significó un gran replanteamiento de la fe en Dios; en aquel Dios retributivo, “el que premiaba a los buenos y castigaba a los pecadores”. Pero resultaba que Job, siendo un hombre justo y bueno, sufría los dolores de una terrible enfermedad y la desgracia de haberlo perdido todo, y con ello, la confirmación de que había sido bendecido por Dios y que de la noche a la mañana pasaba a ser un maldito. Sin duda, una reflexión muy fuerte pero respetuosa de esta experiencia límite de la fe. Solo en este fragmento se ve un cuestionamiento vital: ¿Qué tanta importancia le tenemos que dar a nuestra vida? ¿Por qué Dios puede interesarle tanto nuestra vida que se preocupa de ella, si al parecer no hacemos nada relevante en ella? Estas preguntas trascienden el tiempo y, en el corazón de todo creyente, se van suscitando en diferentes etapas de la vida.
Pablo, desde la fe en Cristo, ha puesto una prioridad en su vida. Él siente que su realización como persona y como creyente es compartir su fe: el evangelio. Hay una motivación en toda esta intervención de Pablo dirigida a los corintios y es que se empiezan a dar cuestionamientos en torno a su condición de ser “apóstol”. Pablo pone en la mesa un tema de fondo (y aún lo hará más en la segunda carta a los corintios) en el discernimiento del seguimiento de Cristo: ¿qué significa ser apóstol? Nuevamente, una experiencia límite lo lleva a confirmar su fe y su convicción de que se siente llamado a una responsabilidad mayor que la de simplemente vivir o estar bajo la realidad circunstancial de pasar el tiempo en sus habituales labores. Pablo distingue claramente que su tarea evangelizadora es su vocación y no pretende hacer de la misma una profesión de la cual sostenerse. Por ello resulta verdaderamente beneficiado, no por lo material, sino por aquello que le hace estar convencido de que su vida tiene importancia. De esta manera no existen barreras para detener el evangelio (y lo vemos hasta nuestros días en el testimonio de los misioneros): si hay que hacerse esclavo pues pasa como esclavo; si hay que hacerse débil con los débiles pues lo hace; si hay que cumplir la ley para estar cerca de los judíos lo practica; si tiene que estar cerca de los que no tienen o no conocen la ley pues él les da a conocer la ley del amor sin menospreciarlos. ¡Qué tarea apasionante! ¿Siento que con mi convicción de fe cristiana puedo lograr hacer lo mismo?
La propuesta del evangelio de Marcos en este pasaje es configurar como sería un día cotidiano en la vida de Jesús. Se unen a modo de sumario las actividades propias de Jesús: sanar, enseñar, orar. El punto de referencia como veréis es el tiempo cronológico: introduce en el contexto del día sábado después de estar en la sinagoga de Cafarnaúm (1,21.29) la curación de la suegra de Simón (1,30-31); luego al atardecer las diversas sanaciones y exorcismos (1,31-34); de madrugada estando oscuro la oración en solitario (1,35) y supuestamente al amanecer la aglomeración de gente que lo buscan para escucharle (1,36-39). Jesús hizo de su vida una entrega de lo que podía hacer por los demás y procuró que sus discípulos fueran testigos de ello. ¿Habría alguna intención? Creo que la respuesta es obvia. Quizá lo que llama la atención más súbitamente en esta pequeña narración sea aquel momento particular de oración. Que Jesús sane (la fiebre es personificada como una fuerza maléfica pues sale de ella) y expulse espíritus impuros (manteniendo el modelo del endemoniado de Cafarnáum) ya era algo anotado desde el principio por el evangelio: la lucha contra el poder del mal. Que Jesús enseñe y predique la buena noticia; estaba causando una sensación extraña en la multitud y a la vez un deseo ávido de atenderlo porque tenía “autoridad” (1,32). Pero eran cosas externas a él. Jesús necesita unirse íntimamente en diálogo con el Padre y no puede esto estar tan ajeno a sus discípulos. Es, sin duda, una manera de recalcar algo necesario e importante para el discípulo y todo aquel que quiera iniciar este camino de fe: orar. Una advertencia clara a no quedarnos tanto en lo que podamos hacer y que de seguro lo hacemos bien. Hay que dar un paso más; el de la intimidad con el Padre, el del espacio solitario (desierto) con Dios. Esto es lo que hace verdaderamente extraordinaria nuestra vida. Esto es lo que rompe lo cotidiano de la vida. Esto es lo que le da sentido a la vida. Y en ese encuentro solitario está el creyente ante Dios. Allí brotan y deben brotar todos los sentimientos verdaderos del creyente; cuestionando como Job; desafiando como Pablo; agradeciendo como Jesús. Tú conoces y sabes cuántas más cosas podemos decirle a Dios en esos momentos. Por ello, construyamos en esos momentos de oración, nuestra alabanza armoniosa y pongamos en la partitura musical los graves y agudos momentos; los bemoles adecuados y las notas exactas y precisas, haciendo de nuestra vida una música buena, porque nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. Ah me olvidaba…pero siempre la misericordia de Dios será tan grande que no se conformará con escucharla; sino que sanará los corazones destrozados y vendará nuestras heridas.







