Releer las Escrituras y ser testigos de Cristo

Hay una constante en este pasaje del evangelio de Juan y es que si no estamos unidos en Cristo como los sarmientos a la vid no podremos dar “mucho fruto”. Es realmente muy ilustrativa esta imagen del campo tantas veces vista por Jesús y sus contemporáneos en una tierra que ofrece buenas cepas y buen vino (zona mediterránea). Pero es justamente en esta insistencia en la que deseo detenerme. Lo primero es que todo discípulo de Cristo no puede vivir desarraigado de Cristo; no puede vivir ni dar fruto sin Cristo. Por ello, hay una clara insistencia a “permanecer” – 7 veces pronunciado en esta perícopa – unidos a Cristo como los sarmientos a la vid. Pero el evangelio va más allá: “porque separado de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Esta es una afirmación tajante y que cobra sentido con la exigencia de ser discípulos de Cristo. No podemos estar solamente unidos a la vid como parte de ella; como un recurso de presencia o simple apariencia; sino que tenemos que ofrecer lo mejor de esta unión en Cristo y debe traducirse no en dar fruto, sino en “dar mucho fruto” (Jn 15,5.8). Aquí está la fuerza de este mandato que Jesús deja a sus discípulos. Si lo encajamos en este testamento joánico tiene mucho que ver con nuestra esencia de discípulos y lo que espera Jesús de nosotros (Jn 15,8).
¿Cómo podemos permanecer en Cristo? La primera carta de Juan, dentro de esta tradición joánica, ayuda a entender mejor el panorama. Obviamente, ante el desarrollo de las comunidades cristianas y recurriendo a un lenguaje mucho más cercano a nuestro pensamiento occidental empieza a hablar en términos más conceptuales, pero manteniendo el sentido bíblico semítico. Marca una distinción en el amar: no solo debe quedarse en el hablar, en el ámbito de la palabra sino que debe llegar a plasmarse en las obras y en la verdad (1 Jn 3,18). Introduce el lugar donde se gesta esta verdad: “nuestros corazones”; que para el lenguaje bíblico es la sede de las decisiones más importantes; obviamente, allí donde solo puede entrar uno y, definitivamente, Dios. Pero es allí mismo, donde hasta podemos sentirnos traicionados y hasta sentirnos condenados por nosotros mismos; pero desde Cristo, hay una verdad que nos ayuda a superar esta realidad de incomprensión y desazón: tenemos libertad plena, confianza total en Dios (1 Jn 3,21). Justamente, allí en el corazón, se mantienen vivo el deseo de confiar y hacer lo que le agrada a Dios.
La clave del “permanecer en Cristo” se resume en esta exhortación en el recuerdo del precepto fundamental de la vida del cristiano y, atención en ello: “que creamos en el nombre de su hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros” (1Jn 3,23). Esta es una notable marca joánica y es que no es simplemente una cuestión de sentimientos y afectos humanos; es algo que viene desde la vid y que hace posible que todos los sarmientos puedan producir mucho fruto. Es desde Cristo donde este precepto del amor cobra sentido. Y esto lo hacemos porque es su Espíritu el que pulula en nosotros como la savia que transmite la vida a todos los sarmientos de la vid.
Justamente, es esto lo que intentó vivir la primera comunidad cristiana como narra el libro de los Hechos de los apóstoles y como también lo intentamos vivir hoy, en nuestro tiempo. Fíjense como se hace necesario apelar al discernimiento del Espíritu desde la propia experiencia de Saulo o Pablo y lo que estaba ocasionando en las comunidades de Jerusalén sobresaltados ante su predicación; cómo se pasa a entender esa profunda experiencia del camino a Damasco; cómo a pesar de los riesgos que corre su vida, las “columnas de la Iglesia” deciden enviarlo a su tierra natal para esperar la acción del Espíritu. Todo esto en vistas a crear un ambiente propicio para el desarrollo de las comunidades que buscan vivir en paz y en la búsqueda de las inspiraciones del Espíritu para tomar decisiones adecuadas.
Hermanos, este es “el medio” y, resulta ser muchas veces el más difícil, para asegurarnos que estamos unidos a la vid: dejarnos guiar por el Espíritu. Cuando nos olvidamos que todos somos discípulos, empiezan los problemas. Solos no vamos a hacer nada. Impidiendo que el Espíritu haga lo suyo quizá estaremos allí en presencia pero no produciremos fruto. Es preciso ser podados una y otra vez porque la exigencia está en dar mucho fruto. Pero cuidado; no esperemos a que nos sequemos. Ese no es el camino del discípulo. Cuesta dejar nuestros
pareceres; molesta escuchar los pareceres de los demás; nuestras pasiones nos traicionan y desvirtuamos las inspiraciones del Espíritu. De esto se puede hablar mucho, pero lo cierto es que jamás el Espíritu dejará de correr cual savia en la vid. Afirmamos que somos de la verdad; no nos quedemos en las palabras; afirmamos que somos los sarmientos de la vid que es Cristo, no permitamos que nos sequemos; afirmamos que sin él no podemos hacer nada; ¿qué hacemos dejándonos llevar por nuestros deseos?
Es tiempo de Pascua pero es también tiempo del Espíritu. Menos mal que hoy como ayer hay voces como la de Gamaliel: “si es asunto de hombre esto se destruirá; si es asunto venido de Dios no podréis destruirlo no sea que os encontréis luchando contra Dios” (Hech 5,38-39). Cristo resucitado es la vid y en él tenemos vida y amor para darlo fecundamente. Hagamos vida de discípulo y dejémonos remover por las inspiraciones del Espíritu. Así, unámonos a “quienes alaban al Señor, los que lo buscan, y viva su corazón por siempre”.







