LA COFRADÍA DE LA CARIDAD (VII)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana sin categorizarLeave a Comment

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LA CENTRALIDAD DE LA PERSONA DE CRISTO

«Puesto que todas las santas cofradías de la iglesia tienen la santa costumbre de proponerse un patrono a quien imitar y todas las obras toman su valor y su dignidad de la finalidad por la que se hacen, estas sirvientas de los pobres toman por patrono a Nuestro Señor Jesucristo y como finalidad el cumplimiento de aquel ardentísimo deseo que tiene de que los cristianos practiquen entre sí las obras de caridad y de misericordia, deseo que nos da a conocer en aquellas palabras suyas: «Sed misericordiosos como es misericordioso mi Padre celestial», y aquellas otras: «Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que se os tiene preparado desde el comienzo del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer; estuve enfermo y me visitasteis; pues todo lo que hicisteis con uno de esos peque­ños, a mí me lo hicisteis»27. Obedecerán «todo ello por amor a Nuestro Señor Jesucristo, que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz».

San Vicente cita a Jesucristo ocho veces en este primer regla­mento de La Caridad. Aquí Vicente de Paúl no hace más que poner una primera intuición, una semilla, un germen. En el pri­mer esbozo de reglamento del 23 de agosto de 1617 pone como patrona de la cofradía a la Santísima Virgen y como copatronos a San Martín y san Andrés, los patronos de la parroquia.

En el reglamento definitivo, ya más pensado y reflexionado, el patrono es Jesucristo. Esto es una gran novedad. Normal­mente los patronos de las cofradías de aquella época eran santos más o menos populares. Aquí Vicente de Paúl tiene una intui­ción que determina toda su actuación posterior. Y un Jesucris­to en su dimensión misericordiosa y caritativa a favor de los más humildes y de los más pobres. Un patrono en la cofradía es un ejemplo al que sus miembros tienen que imitar. ¿Qué han de imitar los miembros de la cofradía? Las obras de caridad y de misericordia en favor de los pobres. Es un Jesucristo que pro­clama: «Sed misericordiosos como es misericordioso mi Padre celestial». Y como las obras son valoradas y toman valor de la finalidad con que se hacen, imitar a Jesucristo en el amor al pobre hace que las obras de sus discípulos tengan una dignidad especial.

Topamos por primera vez con una primera intuición del Cris­to vicenciano, un Cristo evangelizador y servidor de los pobres. Un Jesucristo fuente y origen de toda caridad, «manantial y modelo de toda caridad», dirá más tarde.

Vicente se manifiesta como alumno brillante y entusiasta de la escuela francesa de espiritualidad, pero irá mucho más lejos. Esa escuela brindaba por cierto una doctrina teológicamente sólida, pero algo etérea, planetaria y abstracta. Para darnos cuen­ta de ello, basta leer por ejemplo, dice Morin, las «Elevaciones a Jesús sobre los principales estados y misterios», de Bérulle. ¡Qué elevaciones tan elevadas! «Y mientras tanto» —diría Vicen­te— «el pobre pueblo muere de hambre y se condena».

Los sucesos de 1617 marcaron definitivamente la fe de Vicente de Paúl en Jesucristo. El Cristo que se le reveló en Gannes-Folléville, y luego en Chátillon, fue —como no cesará él de decirlo— el que Dios envió para evangelizar y servir a los pobres: «nuestro lote son los pobres, los pobres: «Pauperibus evangeli­zare misit me». ¡Qué dicha, padres, qué dicha! ¡Hacer aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra, y mediante lo cual nosotros iremos de la tierra al cielo! ¡Continuar la obra de Dios, que huía de las ciudades y se iba al campo en busca de los pobres! En eso es en lo que nos ocupan nuestras reglas: ayudar a los pobres, nuestros amos y señores».

Así pues, Vicente de Paúl relacionó con los pobres, con la «pobre gente» de Dios, todas las elevaciones teológicas de BeruIle y de los grandes maestros espirituales. Jesucristo, enviado para evangelizar a los pobres: he ahí quién estaba en el centro de su fe. Con toda certidumbre nos topamos ahí el trazo fundamen­tal de la fe de san Vicente: su adhesión a Jesucristo… ¡Jesucristo enviado a los pobres!, dice Morin.

Es un elemento clave de toda la espiritualidad vicenciana. Sobre la cristología vicenciana se ha escrito mucho.

El carisma vicenciano nace de una experiencia viva y profun­da de Jesucristo. Jesucristo sale al encuentro de Vicente reitera­damente, cambiando sus propios proyectos y dándosele a cono­cer a través de acontecimientos muy precisos,

El Cristo vicenciano es fundamentalmente el Cristo evangeli­zador y servidor de los pobres. El que anuncia la Buena Noticia a los pobres y al mismo tiempo es el sanador de los pobres: «curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto». Este es el aspecto de Cristo que sedujo a san Vicente, el que vivió desde el momento que des­cubrió a los pobres. A este Cristo es al que siguió, al que amó entrañablemente, al que entregó toda su vida. En este Cristo san Vicente descubrió que «quiso nacer pobre, recibir en su compa­ñía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona». De ese Cristo es del que se enamoró Vicente de Paúl. Y ese es el Cristo al que tenemos que seguir los vicencianos y no a otro.

El Cristo vicenciano es un Cristo-Amor, que pretende ser el Hijo de Dios-Amor. Este Cristo se caracteriza por un «espíritu de caridad perfecta», que se traduce en una actitud fundamental de dependencia y amor en relación al Padre. «¿Qué es el espíri­tu de nuestro Señor? Se pregunta san Vicente. Él mismo se res­ponde. «Es un espíritu de caridad perfecta». Una caridad para con Dios, de amor entrañable para con su Padre. Pero también de amor lleno de ternura para con los hombres, para con los pobres. Exclama: «Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡Qué llama de amor! … ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? … Si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? … No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación de los demás y a su ayuda».

Afirma Ibáñez: «En una época, en la que predomina la dure­za de costumbres, la severidad, la represión en el trato dado a los niños, los dementes, los pobres y una espiritualidad impregnada de rigidez y ascetismo, el rostro del Cristo vicenciano está carac­terizado por dos rasgos fundamentales: «la compasión y la ternu­ra». Estos dos rasgos, tienen su origen tanto en la experiencia que Vicente de Paúl tiene de los pobres, a quienes «ha visto ser tratados como bestias», como por su experiencia del cuerpo místico de Cristo».

José Manuel Sánchez Mallo

CEME, 2008

 

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