30º Domingo de T.O. (Rosalino Dizon Reyes)

Ross Reyes DizonHomilías y reflexiones, Año CLeave a Comment

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Publicanos confesantes y suplicantes

Jesús personifica la actitud de los publicanos confesantes y suplicantes parecidos al publicano de la parábola del fariseo y el publicano.

Esta parábola indica que Jesús no es parcial contra los necesitados, los marginados, los excluidos.  Y entre éstos, claro, se incluyen los publicanos, agentes del  odiado imperio romano.

Aunque judíos ellos mismos, los publicanos son considerados como gentiles por sus compatriotas.  A los ojos además de los observantes religiosos, de los fariseos en particular, los publicanos son pecadores públicos.  Por eso, hay que evitar la compañía de ellos.  Se escandilizan, por tanto, los fariseos, pues Jesús acoge a los publicanos y los pecadores, y come con ellos.

Pero Jesús no se deja vencer por la crítica de parte de los autosuficientes que desprecian a los demás.  Les advierte:  «Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».  Seguramente, da a entender también que él, al igual que su Padre, mira el corazón y no las apariencias.  Y Jesús deja bien claro, desde luego, qué postura ante Dios se debe tomar que lleve a la justificación.

La postura  que lleva a la salvación no es la del que se alaba a sí mismo (véase RCCM XII, 3).  No queda justificado quien se enaltece so pretexto de dar gracias a Dios y a expensas del prójimo.

Son los humildes, más bien, que se confiesan pecadores quienes agradan a Dios y llaman la atención del Creador misericordioso.  Se estremecen ante la palabra tajante, penetrante y purificadora de Dios.

Y esta postura humilde es propia de Jesús.

Jesús no solo se ha hecho pecado por nosotros, sino maldición también.  Afirma:  «No hay nadie bueno más que Dios».  De esa manera cuestiona incluso al que le llama bueno.   Y al que lo puede salvar ofrece Jesús súplicas a gritos y con lágrimas. Al final, se rebaja hasta el punto de sacrifcarse en la cruz.  Por eso Dios lo levanta sobre todo y le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre».

Nos da ejemplo nuestro Maestro y nuestro Señor, para que los discípulos le imitemos.  De verdad, el discipulado entraña un compromiso en favor de la humildad de los publicanos confesantes y suplicantes.  Ser discípulo es también mirar las cosas como Jesús las mira. La digna celebración de la Cena del Señor requiere además que cada comensal confiese desde el principio:

¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

23 de octubre de 2016
30º Domingo de T.O. (C)
Sir 35, 12-14. 16-18; 2 Tim 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14

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