Se transfiguró ante ellos
En el contexto de las lecturas que se proponen para este domingo, el episodio de la Transfiguración de Jesús en el Tabor, parece que intenta confirmarnos en el acierto de haber elegido seguir a Jesús. Es como una luz que nos ilumina en los momentos difíciles, cuando las sombras amenazan apagar la luz de la fe. El ángel del Señor detuvo la mano de Abrahán y Dios proveyó la victima para el sacrificio (1ª lect). Y si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros? (2ªlect)
Recorriendo pueblos y aldeas, Jesús ha reunido un buen grupo de seguidores. De camino, les va presentando su mesianismo de siervo, que no responde al mesianismo triunfante que ellos imaginaban y esperaban. No les entra en la cabeza, que el Mesías haya de padecer y morir a manos de sus enemigos. Por eso, conforme Jesús va repitiendo los anuncios de la futura pasión del Mesías, el grupo de los seguidores se va enfriando. No todos le siguen con el mismo entusiasmo y la misma constancia. Y algunos le abandonan.
Jesús elige a tres de los más destacados entre sus seguidores para una experiencia que les confirme en su voluntad de seguirle. No son los más seguros en su fe, ni en su apertura a la aceptación de un Mesías Siervo. Son los tres que han presenciado la revelación de su poder sobre la muerte (Mc.5,33) y que presenciaran también su debilidad en Getsemaní (Mc.14,33). Con ellos sube a lo alto de la montaña y allí se transfigura ante ellos. Sus vestidos resplandecen con una blancura imposible de conseguir por medios humanos, signo de la gloria divina que se oculta en la condición humana de Jesús. Conversando con él aparecen Moisés y Elías, la ley y los profetas que habían hablado del Mesías futuro. La nube, signo de la presencia de Dios, los envuelve a todos y desde la nube se oye la voz: Este es mi Hijo amado, escuchadlo. Jesús es el Hijo de Dios, enviado a renovar la humanidad, a abrir a los hombres el camino de la verdadera libertad, a poner en marcha la nueva creación.
Ellos siguen sin comprender. Están tan a gusto, que no querrían moverse de allí. Jesús les vuelve a meter en el camino, encargándoles no decir nada de lo que han visto hasta que haya resucitado el Hijo del hombre. Los discípulos no entendieron eso de resucitar, pero el recuerdo de la visión del Tabor vino seguramente muchas veces a su memoria. Y así en la segunda carta de Pedro leemos: Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: «Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco». Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo. Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana.
La contemplación de este misterio encenderá esa luz que ilumine y aliente nuestro caminar con Jesús, sobre todo en los momentos difíciles, sabiendo que él es el enviado por el Padre para realizar su proyecto salvador de los hombres. Pero no podemos quedarnos atolondrados contemplando la belleza de la visión. Hay que bajar del monte y seguir el camino hacia la Pascua. A Jesús hay que seguirle en la oscuridad de la fe hasta que llegue la claridad de la visión. Sobre nuestra torpeza para entender, la nube de la presencia de Dios actuando en los sacramentos, animará la respuesta a nuestro envío a la misión.







