24º Domingo de T.O. (Tito Romero)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año CLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Tito Romero, C.M. · Año publicación original: 2016 · Fuente: Provincia de Perú de la Congregación de la Misión.
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Homenaje a la misericordia de Dios

El capítulo 15 de san Lucas que leemos este domingo es muy especial. Contiene tres parábolas que la Iglesia denomina “parábolas de la misericordia” por el tema central que las identifica. Gracias a la ágil pluma de Lucas, que supo agrupar en un mismo capítulo estas tres narraciones y darles un contexto adecuado, nosotros podemos deducir una característica básica de Dios: su compasión por los seres humanos, sobre todo por aquellos que se han alejado de él. San Lucas, a su manera, en este capítulo le rinde un homenaje a la misericordia de Dios. Veamos en qué consiste este tributo.

Según nos cuenta el evangelista, Jesús aparece rodeado en esta escena por dos grupos de personas. El primero estaba formado por publicanos y pecadores que se le acercaban para escucharle (Cf. Lc 15,1). Este grupo quizá andaba siguiendo a Jesús desde hacía tiempo, porque encontraban en él no solo la acogida que el resto de su sociedad les negaba, sino también porque escuchaban de él palabras novedosas: que son los preferidos de Dios y que los ama. No debe sorprendernos ver aquí a Jesús rodeado por gente de mala reputación; más bien, ésta fue una constante en su vida. Él mismo lo explica claramente en otra parte del evangelio: “No he venido para llamar a los buenos, sino para invitar a los pecadores a que se arrepientan” (Lc 5,32). Esta novedad de Jesús de rodearse de gente pecadora con el afán de llevarlos a Dios, fue lo que indignó al segundo grupo de personas que aparecen en el evangelio de hoy, formado por fariseos y maestros de la Ley (Cf. Lc 15,2a). Ellos, supuestos ejemplos de vida religiosa y fidelidad a Dios, no podían concebir que un hombre considerado santo se rodeara de tan mala compañía, y lo criticaban: “Este hombre da buena acogida a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,2b). La hipocresía de los fariseos y escribas no dejó quieto a Jesús, sobre todo porque estaban atacando un punto central de su misión: “He venido… para invitar a los pecadores a que se arrepientan”. Y, como fue su costumbre, Jesús reaccionó usando su mejor arma: sus palabras.

Tal como san Lucas redactó este capítulo, Jesús responde a la crítica de los fariseos y escribas contando tres parábolas muy similares: la parábola de la oveja perdida (Lc 15,4-7), la parábola de la moneda perdida (Lc 15,8-10) y la parábola conocida como la del hijo pródigo (Lc 15,11-32). Las tres historias tienen en mismo esquema: una pérdida, una búsqueda intensa y un gozoso hallazgo; y las tres nos conducen hacia un solo mensaje.

¿Qué es lo que se pierde en estas parábolas y qué significan estas pérdidas? Según las historias, la oveja, la moneda y el propio hijo menor de la parábola del hijo pródigo, representan a todas aquellas personas que se alejan de Dios, básicamente por el pecado. ¿Quién realiza la búsqueda y por qué? Es claro que Jesús, cuando habla del pastor que busca a su oveja perdida, de la mujer que hace lo mismo con su moneda extraviada y del padre que espera pacientemente a su hijo perdido, está hablando del mismo Dios. El Dios que Jesús presenta ante sus oyentes tiene características especiales y novedosas: es un Dios que respeta la libertad del ser humano, aun sabiendo que quizá no la sepa usar y termine alejándose de él (Cf. Lc 15,12b); está más interesado por la conversión de uno que por la fidelidad de noventa y nueve (Cf. Lc 15,4b); no espera que el hombre se arrepienta y regrese a él, sino que él mismo toma la iniciativa (Cf. Lc 15,20b); recibe al hombre arrepentido con el mismo cariño con el que un pastor carga sobre sus hombros a su oveja recién hallada (Cf. Lc 15,5). Sin embargo, hay una característica de Dios que Jesús resalta sobre las otras y que aparece en las tres parábolas: es la alegría de Dios. En los tres casos, la reacción de aquellos que encuentran lo que se les había perdido es de una gran alegría que tratan de contagiar a todos (Cf. Lc 15,6.9.23.32). Esa misma alegría es la que siente Dios cuando un pecador se arrepiente y decide volver a él; es una alegría compartida hasta por los ángeles y, en fin, por todo el cielo (Cf. 15,7.10).

Pensemos un momento en las personas que escucharon estos tres relatos por primera vez de la boca del mismo Jesús. ¿Qué habrán sentido aquellos publicanos y pecadores al escuchar las palabras de Jesús? Precisamente ellos habían acudido a él por sus palabras esperanzadoras y ahora él mismo los sorprende con este mensaje nuevo: Dios los ama a pesar de su pecado, los ama y los busca, los ama y los perdona, los ama y se siente alegre por su conversión, hasta el punto de hacer una fiesta en el cielo. ¡Qué emoción habrán sentido en ese momento! ¡Qué ganas de volver a Dios y de procurarle esa alegría! Por otro lado, ¿cómo reaccionarían aquellos que criticaron a Jesús por acoger a pecadores, después de haber escuchado de la alegría de Dios por la conversión de los pecadores? Quizá no sabrían dónde esconderse, quizá sus rostros se encendieron, quizá ellos mismos pasaron de considerarse parte de los noventa y nueve justos a sentirse también pecadores. Jesús les había dado una verdadera lección, y a nosotros también.

No sé donde deberíamos colocarnos nosotros: si en el grupo de los pecadores, en el grupo de los que critican a los pecadores o en el grupo de los justos. Cada cual júzguese. Lo cierto es que para cada uno hay un mensaje claro. Si nos sentimos pecadores, debemos saber que Dios nos está esperando con los brazos abiertos para perdonarnos y con una fiesta preparada. Si nos sentimos capaces de juzgar el pecado de los demás, recordemos que Dios siente un gran amor por ellos, que tiene cierta preferencia por los de voluntad débil, y que precisamente por considerarnos jueces del comportamiento pecaminoso de nuestros hermanos, pasamos a formar parte de ellos. Por último, si somos parte del grupo de los justos, debemos sentirnos contentos de brindarle muchas alegrías a Dios, y debemos comprometernos a darle otras haciendo que las ovejas perdidas regresen donde su pastor. En cualquiera de los tres casos, no debemos olvidar que Dios es compasivo con nosotros; nosotros, entonces, seamos compasivos con los demás. Este sería un verdadero homenaje a la misericordia de Dios. San Lucas ya rindió el suyo; ahora nos toca a nosotros.

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