24º Domingo de T.O. (Javier Balda)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año CLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Javier Balda, C.M. · Año publicación original: 2016 · Fuente: Provincia de Perú de la Congregación de la Misión.
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Dios quiere celebrar una fiesta contigo

Jesús nos habla hoy del dolor del Padre, de las preocupaciones del Padre, pero sobre todo, nos habla del perdón, de la misericordia, del amor y de la alegría del Padre.

Las luces de mil colores ya están encendidas, la mesa ya está preparada, los manjares y el vino ya exhalan su aroma, los músicos ya han afinado sus instrumentos, y el Padre espera mirando nervioso a un lado y a otro por si falta algo, pero su mirada no se separa de la puerta del fondo. El hijo, que se había marchado de la casa, que había destrozado su corazón, que había despreciado su amor, que había despilfarrado una fortuna viviendo perdidamente, había regresado, pero sin su presencia la fiesta no podía comenzar. Ya lo había abrazado. Ya había llorado de alegría sobre sus hombros caídos y su corazón roto. Ya le había regalado un vestido nuevo para su cuerpo semidesnudo, unas sandalias nuevas para sus pies heridos y llenos de barro, un anillo nuevo para sus manos manchadas y su dignidad despreciada, un perfume nuevo para su corazón adolorido, malgastado, pero arrepentido. El padre se siente feliz, y nervioso, sigue esperando. Su corazón está a punto de estallar en gritos de felicidad. Y cuando su hijo aparece perfumado, con su vestido nuevo, con sus sandalias nuevas, con un anillo nuevo, todo es música, alegría y gozo, abrazos y besos de amor. Hasta las luces y la música cantan una misma canción: la canción de la alegría y del amor. La fiesta ya ha comenzado y todos, todos se llenan de luz y calor, excepto aquel que no quiere compartir la alegría del padre.

Así es nuestro Dios, así nos quiere y nos ama el Señor, así quiere reír y cantar, gozar y disfrutar con nosotros nuestro Dios.

Por eso, mira hoy tu presente y haz realidad en tu vida el mañana que Dios quiere compartir contigo que eres su hijo y te ama. Mira la casa que has abandonado, mira el camino que tienes que desandar, mira en el espejo de tu alma y, pensando en tu vida, en el dolor causado a tu padre, pero sobre todo, en la alegría que puedes y debes proporcionarle, ponte en camino, regresa a la casa, llama a la puerta y abre tus brazos a los brazos de tu padre que ya hace tiempo los tiene extendidos esperando ese momento para abrazarte.

No cometas la mayor ingratitud, el mayor pecado, al rechazar y negarte a compartir la alegría de Dios.

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