15º Domingo de T.O. (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Palabra que confronta

Uno de los temas más vibrantes en el contexto de la monarquía en Israel fue el rol de los profetas, hombres que de por sí alcanzaron un renombre público por su vinculación con Dios o con la voluntad de Dios muy necesario para regir los destinos del gobierno y la prosperidad de Israel. El problema se generó cuando el perfil carismático del profetismo empezó a convertirse en una especie de institución obligatoria como parte incluso del consejo del reino. Este conflicto se repite muchas veces en los escritos del Antiguo Testamento y Amós será uno de los que pondrá en el tapete la verdadera esencia del profetismo. El profeta Amós, probablemente habitante de la tierra de Judá, es llamado para ejercer su ministerio profético en el reino de Israel (Am 7,12). Esto ya de por sí encerraba un gran problema para Amós. Y es justamente lo que intenta reflejar este pasaje donde el sacerdote de Betel, Amasías, le ordena que prácticamente regrese de dónde vino. Amós plantea claramente por qué profetiza: él no asume su profetismo como una profesión, él ya tiene sus ocupaciones propias (pastor y cultivador de sicómoros); y le hace ver a Amasías que hay una voluntad superior que le anima a continuar su ministerio purificando la verdadera naturaleza de la vocación al servicio del pueblo. Por ello, molesta al rey y a los intereses del sacerdocio cismático de Betel que parece sí está emparentado con la institucionalidad de quedar bien con el rey desorientando del verdadero culto al pueblo. La fortaleza de Amós no se enmarca en una lucha de poder, sino en la búsqueda de la voluntad de Dios, del discernimiento de su acción en favor de su pueblo. No se enfrenta al sacerdote porque tenga un conflicto personal con él; es llamado por Dios a guiar al pueblo en la verdad y ésta muchas veces duele, afecta, desestabiliza; es que es la Palabra de Dios.

Es esta búsqueda de la voluntad de Dios, la que nos presenta san Pablo en su exhortación a los efesios como un plan misterioso de redención que se nos ha manifestado portentosamente en Cristo. Y en ello, solo nos queda bendecir y alabar la gloria del Padre, porque en su Hijo, el Amado, nos ha elegido para ser santos, para ser sus hijos por adopción. Cristo se convierte en el Mediador seguro de este plan de redención y de esta manera al recibir esta buena noticia de salvación somos marcados a una dignidad que aún no conocemos pero que pregustamos de alguna forma hasta el momento oportuno donde toda la creación sea recapitulado en Cristo. Sin duda, una maravillosa reflexión del misterioso plan de redención del Padre que redunda en la fidelidad de los santos unidos en Cristo en el discernimiento cotidiano de esta voluntad salvífica.

El evangelista Marcos nos relata este primer envío de sus discípulos en medio de una controversia inicial: la lucha contra el poder del mal. Marcos insiste en la manifestación del poder de Dios en Jesús con la expulsión de los espíritus impuros, las sanaciones de las enfermedades y la enseñanza. Se van suscitando dos reacciones: la de asombro por parte del pueblo y de sus propios discípulos y la de rechazo y resistencia por parte de las autoridades religiosas judías. No parece ser el momento indicado, pero es preciso que el discípulos vaya experimentando la tarea misionera sin llegar aún a tocar propiamente el tema del conflicto mayor, que sobrevendrá luego con el dilema de la cruz. Por ello quizá el evangelista quiera resaltar la euforia de este primer envío, exagerando incluso en el quehacer del discípulo en algo que no estaba precisado en el mandato de Jesús; pero que es parte justamente de este deseo inicial de hacer lo que hace Jesús.

No es fácil discernir la voluntad de Dios en tiempos de conflicto. Nos resulta siempre muy oscuro hacer el esfuerzo de encontrar juntos lo que Dios nos pide. No está mal motivarnos a emprender proyectos que nos beneficien y que ayuden también a los demás; pero a veces es necesario, guardar momentos de pausa, para saber si realmente esto que vamos haciendo realmente nos ayuda a ser mejores personas, a ser santos. Por ello, el tema no está tanto en los protagonismos, sino en lo que nos pueda ayudar a discernir mejor la voluntad de Dios. La cerrazón y la terquedad; la intolerancia y la violencia nunca ayudarán a ello; pero tampoco el desánimo y el conformismo. Hay un deseo divino latente; y en Cristo todo esto cobra sentido. Nosotros los cristianismo tenemos la exigencia porque conocemos esta verdad; no hagamos de esto un patrimonio de pocos, ayudemos, provoquemos el diálogo y seamos colaboradores en las buenas ideas de hacer esta realidad cada vez más cercana a la realidad del Reino. Aún a pesar de ello, aunque nuestras fuerzas se agoten en ello, hay una esperanza de saber que la semilla del evangelio anunciada por el mundo, hará posible que se continúe. Este es nuestro ministerio y vocación. Para esto hemos sido llamados. No olvides que también en ti: «Dios habla de paz a su pueblo y a sus fieles» Que este deseo de paz y salud de parte de Dios que nos habla el salmo responsorial sea de verdad nuestra motivación para orientar siempre nuestras decisiones.

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