13º Domingo de T.O. (reflexión de Mario Yépez, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año BLeave a Comment

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Fe que puede todo, fe que sana

El libro de la Sabiduría, escrito por un judío sabio en la segunda mitad del siglo I a.C., busca aferrarse a la sabiduría de los antepasados para fortalecer la fe de sus compatriotas en el Dios de los Padres, pues éstos se están viendo acosados por el influjo cultural del mundo heleno con sus filosofías, el desarrollo de las ciencias y las religiones mistéricas. Desde los aportes del vocabulario y el pensamiento griego, el autor sigue proponiendo la fe en el Dios de Israel, que ahora también puede ser escuchado y entendido por aquellos buscadores de Dios de todos los pueblos. El sabio entiende que la muerte ha entrado en la historia de la humanidad por el pecado, así esa muerte espiritual se halla ligada a la muerte física pero ésta no puede rebatir a la infinita voluntad de Dios que ha creado a la humanidad para una realidad que trasciende este mundo. El sabio hace esta disertación en el marco de una experiencia límite: la muerte del justo por manos de los impíos (los que han tomado partido por el mal). ¿Es que prevalece la decisión del malvado que somete a prueba al justo creyente que confía en Dios? No. Definitivamente, para el sabio, el hombre ha sido creado para la inmortalidad (recurso a contemplar la creación del hombre como imagen de la eternidad). Y aún con la muerte como límite de la vida en esta tierra es preciso confiar que Dios, autor del bien y jamás del mal, salvará al justo y lo llevará consigo, prevaleciendo su justicia por sobre la realidad del mal. Sin duda, es un avance en la concepción de Dios del Antiguo Testamento, pues la teología de la retribución ya no ofrecía una respuesta satisfactoria a estas experiencias conflictivas y límites de la vida del justo, que obligaban a repensar y reflexionar mejor el designio salvífico de Dios en el marco de estas realidades que atravesaba el ser humano que había puesto su confianza en Dios.

Pablo continúa su exhortación acerca de la generosidad, en el marco de la colecta que propone que los corintios realicen a iniciativa de Tito. Considera que los corintios pueden destacar también en su generosidad para con las comunidades pobres de Jerusalén como lo hacen en otros aspectos de su vida de fe. Pablo sustenta esto desde el propio ejemplo del mismo Cristo, quien “se hizo pobre para enriquecer a muchos”. Por tanto, su muerte es vista por Pablo como la aceptación del empobrecimiento mayúsculo en su humanidad, pero que se convierte luego en la mayor riqueza ofrecida a los hombres: la comunión con Dios. Pablo considera que este testimonio de generosidad no genera división sino más bien una relación de igualdad, porque lo que en este momento puede ser de utilidad para los hermanos judeocristianos que carecen de lo necesario, más adelante quizá puede hacer que la situación cambie y la retribución generosa se revierta en favor de los que ahora son donantes. Así se cumple el ideal comunitario de que “nadie pase necesidad”. Este es un signo de la presencia de Dios en la comunidad, pues el Dios providente cuida de sus hijos a través de sus propios hijos que ejercen la caridad.

Este pasaje del evangelio de Marcos nos presenta dos narraciones de milagros que se han unido en un solo relato. Así, podemos constatar que la curación de la mujer que padecía flujos de sangre (Mc 5,25-34) se ha insertado en la narración de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,21-24.35-43). Esta forma de presentar la narración resulta para el lector una llamada de atención en busca de una clave que haga posible leer ambos relatos en relación. Hay un término que se repite en ambas narraciones que puede ser una pista para lograr este objetivo: la primera en sustantivo: “Hija tu fe te ha salvado” (pistis) referido a la mujer hemorroísa, y la segunda en verbo imperativo: “No temas, ¡solo cree!” (pisteue) manifestado por Jesús a Jairo. Por tanto, está en juego el tema de creer, y en Marcos esto significa ser verdadero discípulo de Jesús. Encontramos otros elementos que las vinculan: ambas son “mujeres”, una niña y una mujer; “doce años”, la edad de la niña y los años que padecía aquella mujer; ambas se encuentran en situación de riesgo de perder una característica que les lleva a la plenitud de su condición de mujer, pues la niña está a punto de morir sin poder tener la oportunidad de ser madre o aquella mujer que por el flujo de sangre no puede concebir. Este es un elemento contextual que no deberíamos perder de vista, puesto que estamos en una propuesta de redefinir las relaciones en la comunidad cristiana (“casa” en Marcos), lo que obliga la apertura del espacio familiar eclesial para las mujeres y los niños. También llama la atención en estos relatos que ambos personajes sean anónimos, solo se ha citado a Jairo, como padre de la niña; y es más aún sorprendente, descubrir que siendo un personaje secundario, pues solo es citada aquí esta mujer (Mc 5,34), es de los pocos de quien se resalta su fe (Mc 2,5; 10,54; 9,24; cf. 7,29; 11,22), en contraposición de quienes deberían ser los adalides de esta virtud, sus propios discípulos, personajes principales de la narración de Marcos (Mc 4,40; 9,19). Todo esto lleva a pensar que estamos ante un pasaje importante en esta primera parte del ministerio público de Jesús.

Siguiendo la lectura propuesta, el drama de la hija de Jairo que está “en las últimas”, a punto de morir, se alarga de forma tal que genera cierta tensión, pues la premura de las circunstancias obligarían a correr directamente a la casa de Jairo. Pero ha surgido un nuevo drama, el de la mujer hemorroísa, por la que el autor se ha dado tiempo a especificar su penosa situación. Ahora bien, esta mujer así descrita, se resiste a ser conminada a tal situación de enfermedad, y su actitud es de valentía y de confianza en el poder de Jesús de que puede ser sanada. Es ella quien da los pasos de acercamiento: ha escuchado hablar de Jesús, y en medio de la multitud se ha abierto paso para tan solo tocar la orla de su manto para ser sanada. El diálogo con sus discípulos pasa ser el elemento necesario para sacar a la luz el acto de fe de aquella mujer, quien al verse recuperada de su salud, no tiene reparos en decir la “verdad” de su historia, es decir, proclamarlo públicamente. El elogio de Jesús acerca de la fe de esta mujer se convierte en la vinculación con el truncado camino hacia la casa de Jairo. Aquella mujer se convierte ahora en el modelo de discipulado, tanto para los discípulos, como para Jairo y como para la comunidad de Marcos. Ella supo entender que “todo es posible para el que cree” (Mc 9,23). Es vinculada así, a la nueva familia de Dios (“hija”).
Se retoma el camino hacia la casa de Jairo, pero las cosas han empeorado pues la niña ha muerto. Este es el momento donde cobra sentido el porqué de la narración de la sanación anterior. Jesús le pide a Jairo que tenga fe, tal cual como lo demostró momentos antes la hemorroísa, pero ahora en un cuadro mucho más terrible y exigente. Jesús advierte que el escenario de aquella casa no era el adecuado ante el portento que está pronto a realizar. Como haciendo eco de la curación de Elías en el Libro de los Reyes (1Re 17,17ss), Jesús revive a la hija de Jairo y el evangelista ha querido mantener este mandato en forma de palabra sanadora en su original arameo que recoge el evangelio (“Talitha kum”), en medio de la admiración de sus padres y discípulos. Una niña no puede estar postrada, le es devuelta la vida y la posibilidad de realizarse como mujer. En medio del asombro, aquella niña vuelve a recuperar las fuerzas y vuelve a formar parte de su familia.

Sin duda una narración paradigmática en relación a la fe. El poder del mal se opone a la soberanía del reino de Dios, y la enfermedad y la muerte se manifiestan como expresión máxima de esta realidad. Esta narración de sanación y resurrección manifiestan la verdad de la misión de Jesús: ha venido a instaurar el Reino de Dios, reino de una vida plena y auténtica, y ha redimensionar los vínculos de la familia de los creyentes. Hoy también la sombra del mal confunde y pone en peligro la fidelidad a Dios y su designio salvífico. La enfermedad y la muerte generan conflictos y crisis que nos obligan a un replanteamiento de nuestras convicciones más profundas. El sabio en el AT sintió la necesidad de confrontarse con la incomprensión de la suerte funesta del justo en manos del impío; la comunidad de Marcos buscó también acercarse a la concepción fatalista de que la enfermedad y la muerte pueden traducirse como un castigo divino a lo cual no quedaba sino resignarse. Pero la fe nos invita a confiar en un Dios que viene a salvarnos, a luchar porque no se estigmatice al enfermo y por ello quede también marginado de su familia y de la propia sociedad. Jesús que ha venido a salvarnos manifiesta generosamente su cercanía a estas realidades humanas y ofrece una sanación integral, total. Pero el discípulo tiene que buscar, tiene que motivarse, tiene que luchar frente a las manifestaciones contrarias al poder salvador de Dios. Pablo por eso ve necesario que la generosidad de los corintios surja del deseo de imitar a Jesús quien se entregó todo por la salvación de los hombres, haciéndose pobre para darnos de su riqueza. ¡Cuánto más unos con otros deberíamos mostrarnos generosos para que nadie pase necesidad sabiendo que en cualquier situación esperamos contar con nuestros hermanos que podrán ayudarnos cuando lo requeriremos! La fe de aquella mujer fue determinante para su vida y para la comunidad cristiana de Marcos; la confianza del sabio de que la última palabra no la tiene la muerte abrió un horizonte en la reflexión sobre el Dios de la vida; la generosidad de Jesús es modelo para la comunidad de Corinto llamada a vivirla desde la comunión de bienes. La voz del salmista puede resonar mucho más fuerte porque se halla unida a la nuestra y a la de tantos hermanos que luchan por su sanación integral y total: ¡Te ensalzaré Señor porque me has librado!

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