El milagro, signo de fe
Ante el problema del dolor, de la enfermedad y de la misma muerte, miles de preguntas han revoloteado y cuestionado el pensamiento humano y seguirán revoloteando por muchas mentes intentando encontrar una razón convincente para sus inteligencias. Y, al no hallarla, seguiremos sin entender, seguiremos rebelándonos, seguiremos dudando de un Dios que queremos encerrarlo en nuestros razonamientos intelectuales o filosóficos. Sólo desde una fe verdadera y auténtica, plena confianza en un Dios que nos ama, que no nos abandona y que nos salva, sólo desde esa fe que nos ilumina ante los Misterios que la razón no comprende y que no siempre soluciona los problemas como nosotros pensamos o queremos, podemos encontrar la respuesta.
El evangelista, iluminado por la luz del Misterio pascual, nos presenta a Jesús, que pasó por el dolor, la pasión y la muerte en cruz, como el vencedor de la enfermedad y de la muerte. La curación de la enfermedad de la mujer que lo toca y la resurrección de la niña que “está dormida” son “signos milagrosos” realizados por Jesús que nacen de la fe y conducen a la fe. Son signos del amor de Dios que deben conducir a la transformación de los hombres, pues sin ella no se daría el verdadero milagro del Señor. Son signos probatorios de la verdad que Cristo nos manifiesta y nos entrega. Por eso, ante estos signos, el mismo Jesús proclama: “Si no creéis a mis palabras, creed a mis obras”. Por eso San Juan nos dirá en su evangelio: “Los milagros del Señor son signos realizados por el mismo Jesús para que creamos que Él es el mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengamos vida en su nombre”.
Por eso, solo desde la fe y el amor, solo desde la mirada al Cristo doliente y triunfante, solo desde la aceptación de que el cristiano “tiene que poner lo que falta a la redención obrada por Cristo”, comprenderemos y aceptaremos que la enfermedad y la misma muerte no son la última palabra de la existencia humana sino el camino misterioso hacia un nuevo amanecer de vida. Por eso, repitamos como aquel personaje del evangelio: “Creo, Señor, pero aumenta mi fe”.







